Wednesday, February 28, 2007

28/02/07

Sé que todo lo que esta ocurriendo ahora en un quirófano del hospital veterinario esta controlado por gente que sabe lo que se hace. Estoy nervioso, no te voy a engañar, pero sé que hoy no le va a pasar nada a nuestro Brus. Lleva unos días siendo el protagonista de tus escritos, pero él también forma parte de tu vida. Lo sé. Estoy convencido que cuando lleguemos al final de nuestros días, recordando cómo ha sido nuestra vida, sentados en una mecedora, viendo a nuestros nietos jugar en el jardín enorme de nuestra casa de verano; riéndose y jugando con los hijos o los nietos también que haya tenido Brus con alguna pareja ocasional que le toque tener como novia en los próximos años; en esos días de vejez recordaremos a nuestro primer perro con el mayor de los cariños. Ya sé que no será nuestro primer hijo, pero siempre lo tendremos guardado en la cabeza como la primera responsabilidad importante en nuestra vida en pareja. Vendrán niñas de China, niños biológicos, otra niña de China o de la India o de algún país sudamericano; no sé, vendrán muchas criaturas a las que querremos mucho, y a lo mejor, vendrá algún otro perro…pero Brus siempre será nuestra primera responsabilidad de pareja, de padres con un ser vivo que necesita de todo nuestro cuidado y cariño, y a él se lo vamos a dar durante muchos más años. Por eso estoy convencido que la pequeña intervención de hoy irá perfecta. Le tengan que quitar la muela del poco juicio que tiene este toro nervioso que tenemos de perro; o le consigan dejar la pieza entera, lo importante es que nos seguirá despertando (sobre todo a ti) de madrugada con sus paseos por el pasillo, dejando cada paso de sus pezuñas en el parquet como si fuera un golpe de afirmación, un “¡Aquí estoy yo!” en cada paso que da por la casa. Nos faltan tantas cosas por hacer con él que no le puede pasar nada. Esto lo escribo antes de que el veterinario me llame para decirme que todo ha ido bien. No me gusta avanzarme al futuro en algo así, pero la vida no nos va a quitar lo que más queremos por una muela picada. Y sé que cuando leas esto ya lo tendremos por casa correteando detrás de alguno de sus muñecos de goma, o lo tendremos levantado sobre sus patas traseras para pedirnos de comer algo bueno, “algo de lo que coméis vosotros”, nos parece decir con sus ojitos pícaros y dulces a la vez. Además, hoy es un poco su día. Hoy es la fiesta de Andalucía, y no podemos olvidarnos que él es un auténtico andaluz de la misma bahía de Cádiz, donde tiene a sus hermanos (por cierto, ¿cuántos hermanos tenía Brus? Tres o cuatro más, no), donde tiene a los amigos que hicimos en el viaje más maravilloso de mi vida. Aquella luna de miel por las calles de Venecia que también recordaré durante toda mi vida, sentado en una mecedora, al calor de un verano lejano de nuestra vejez, viendo cómo juegan nuestros nietos con los nietos de nuestro querido Brus, en esa casa de verano junto a la playa que algún día tendremos, o en el jardín de nuestra casa. La mejor casa del mundo. El hogar de nuestro querido Brus.

Tuesday, February 27, 2007

27/02/07

Anoche, justo un segundo antes de cerrar los ojos para dormirme, noté que tu cuerpo se acercaba al mío. Me sellaste la boca con un beso dulce y me apreté con tanta fuerza al tuyo que dejé tu pobre brazo dormido sin posibilidad de despertarlo en toda la noche. Luego nuestro querido Brus se dedico a despertarnos a los dos cada media hora con sus paseos alterados de una punta a otra de la casa. Parecía un padre a punto de tener su primer hijo, fumando como un desesperado, sin saber nada de su esposa que estaba en el quirófano a punto de tener su primer bebé. Pero yo me quedo con ese segundo de felicidad al notar tu cuerpo acercarse al mío. Me había afectado un poco que me dijeras que habías llorado un poco con mi escrito de ayer. “No me puedo permitir que mi mujer llore por mi culpa”, me dije, y ya quería pensar en contarte algo divertido para hoy. “Le tengo que escribir un cuento que le haga reír, o hablarle del futuro feliz con nuestra pequeña chinita”, me iba diciendo antes de cerrar los ojos. Pero justo en el momento en el que me iba a concentrar en el cuento de risas de hoy, noto que te acercas a mí y me pides que me abraces. Nuestros cuerpos para siempre unidos en un segundo de felicidad que me desveló y que hizo que mis ojos volviesen a despejarse, pero me daba igual. Hubiese estado toda la noche pegado a ti de esa manera. Tuve mala suerte con la postura de tu brazo, que se quedó dormido en el peor momento y que hizo que te tuvieras que mover un poco para dejarlo respirar. Si no hubiese sido por eso, quizás esta mañana nos hubiésemos despertado unidos en un abrazo de amor. O seguramente no. Porque nuestro querido Brus seguía paseándose por el pasillo como ese padre nervioso que espera noticias de la enfermera. “Ha ido todo bien”, le preguntaría a la enfermera nada más salir. Lo mismo que hicimos nosotros cuando llegamos ayer por la tarde a buscarlo al veterinario y teníamos tantas ganas de verlo. Tu me decías que no serías capaz de soportar ninguna enfermedad de nuestra pequeña. Tener que dejarla en manos de un desconocido, por muy buen médico que sea, para que le haga cualquier operación o prueba a la mínima que se encuentre mal. Debe ser muy complicado y sacrificado ser padres. Nosotros ya lo somos desde que fuimos a buscar a Brus a Cádiz. Es nuestro primer hijo. Peludo y con el aliento que apesta a pescado frito (de algo se tiene que notar que viene de donde viene), pero que lo queremos como a un hijo. Y sí, seguro que cuando nuestra pequeña se ponga mala sufriremos mucho, pero tenemos que tener fe o invocar al buen karma para que todo nos vaya bien a partir de entonces. A partir del momento de cruzar medio planeta para recoger a nuestra primera hija. Sin que sea demasiado peluda, y espero que sin que le huela el aliento a pescado frito. Quizás, viniendo de donde viene, le huela a arroz tres delicias, a cerdo agridulce o a tallarines con gambas. Creo que yo me quedo con los tallarines con gambas, y tú, mi amor, la mejor madre del mundo, con qué sabor te quedas.

Monday, February 26, 2007

26/02/07

Ver a la criatura que más quieres, (después de ti que eres mi vida entera), sin que te diga nada, andando, tirando de la veterinaria con el arné estirándole hacia el quirófano, sin saber dónde va, feliz y sin preocuparse de lo que le iban a hacer; y yo, quedarme con los ojos clavados en sus patas rápidas y fuertes que ni siquiera se molestan en girarse para decirme adiós con la cola. Así se metió dentro de la sala de radiografías para que un grupo de veterinarios jóvenes lo durmieran para hacerle una fotografía de su boca y me dijeran luego que todo ha salido bien. Y yo, con el estómago temblando por no saber qué hacer, por no saber si preocuparme o estar tranquilo por dejarlo en buenas manos. Ir con la cabeza en blanco hasta casa de mis padres después de haber hablado contigo y tranquilizarme diciéndote que “todo iba a ir muy bien”, porque eso funciona. Decirle a la persona que más quieres que todo va a ir bien, al final acaba funcionando en tu interior, y todo acaba yendo bien.
Nunca me imaginé que se pudiese querer tanto a un bicho con pelo enredado, dientes afilados, aliento a pescado frito y patas que te despiertan a las tantas de la madrugada paseando por el parquet de casa, como quiero a este Brus que yo, al principio, no quería demasiado tener en casa. Pero no lo quería porque no lo conocía, claro. No sabía qué suponía tener un perro en casa; me imaginaba los paseos pesados bajo la lluvia, las obligaciones de pasear cada día con él, hiciese frío o calor…pensaba que sería muy duro tener que cuidar a un perro, pero nunca pensé que iba a quererlo tanto. Es parte de nuestra familia y no me imagino la vida sin él. Y después de saber que uno de sus pocos amigos del barrio, el pobre Set, hacía poco que se había muerto, me dio por pensar que le iba a pasar algo y no el estómago no dejaba de darme vueltas, esperando la llamada del veterinario para decirme que todo había ido bien. Por fin la escuché y sabía que nuestro querido Brus estaba bien. Esa parte tan importante de nuestra familia que es nuestro perrito pesado que se pasea cada noche por el pasillo y nos despierta. Solo falta que la pequeña bicho de ojos rasgados se junte con él y nos despierten cada día uno. Pero no me importará, porque sé que tengo la suerte inmensa de tener la mejor familia del mundo. Y tú eres la parte más importante. Te quiero.

Saturday, February 24, 2007

24/02/07

Supongo que el hecho de que me guste escribir no tiene nada que ver con mi poca capacidad de dar consejos por teléfono. No me gusta verte triste. Ni que estés deprimida por culpa de nada ni de nadie. Me quedo con la boca cerrada y no sé qué ánimos darte. No eres fea; eres la mujer más guapa que he conocido; eres inteligente, simpática, sabes estar en cualquier situación y circunstancia y te adaptas como un guante a las circunstancias más adversas. Eres la mujer ideal y no tienes defectos. Bueno, uno solo: tu marido. Pero eso ya me lo dijiste tú una vez, demostrando que eres ingeniosa, cínica, con un punto de mala leche que me encanta; y que no hay nadie que se meta conmigo mejor que tú. Nunca. Pero de vez en cuando te vienen éstos bajones que no sé solucionar rápidamente y me quedo colapsado con el móvil en las manos, escuchando tu voz triste y decaída, y suspiro sin que me oigas para inventarme algo que te haga sonreír.
Sé que la mayor ilusión en tu vida es tener un hijo. Y sabemos que eso pronto va a pasar. Cada vez queda menos para que nuestra realidad lejana se acerque hasta la puerta de nuestra casa y corretee por el pasillo, quitándole los muñecos mordidos y llenos de babas del Brus; diciendo que “eso es suyo” y que todo lo que vea por la casa es suyo. Haciendo que el tiempo pase tan rápido que no nos dé tiempo ni siquiera de darnos cuenta de que podemos estar tristes. Estaremos alegres y atentos a que para nuestra pequeña diablillo de ojos rasgados todo sea perfecto. Ella nos traerá la alegría que a veces parece faltarnos. Estoy convencido. Pero tienes que ser fuerte y pensar en todas esas cosas buenas que nos traerá este diablillo de ojos rasgados que nos va a robar más que el corazón. Mientras tanto, sigue bajando de peso hasta que te veas tan guapa que sea imposible salir contigo sin tener que quitarte de encima a los moscones y los mirones se girarán hasta tropezarse con las farolas de la calle, frotándose los ojos al ver tanta belleza. Me imagino eso dentro de un año, en China, con nuestra pequeña en brazos y los chinos mirándote con los ojos desorbitados (y eso que debe ser difícil verle los ojos desorbitados) al verte pasar. Mi familia perfecta con la madre más guapa y la hija más querida. Anímate mi amor, que te lo mereces por ser la mejor del mundo en todo.

Friday, February 23, 2007

23/02/07

Toda nuestra vida acaba siendo un cúmulo de preguntas y respuestas que nos llevan hacia un lado o hacia otro. Desde pequeños nos tenemos que responder a un montón de preguntas que entonces parecen vitales y que de mayores nos producen una sonrisa cómplice. “¿Cuántos son tres por siete?”, o “¿Cuál es el pretérito pluscuamperfecto del verbo jugar?”, o “¿Qué fue antes o el huevo o la gallina?”. Hay preguntas que todavía nos la seguimos haciendo y no encontraremos nunca la respuesta. Vienen de nuestra niñez y nos acompañarán hasta la muerte. Luego te vas haciendo mayor y tienes que volverte a responder preguntas que suponen averiguar qué vas a ser en el futuro: “¿Qué carrera elijo para estudiar?”, o “¿Le digo si quiere salir conmigo cuando nos crucemos en la estación de metro?”. Si esas preguntas hubiesen tenido otra respuesta de la que le dimos entonces igual no estaríamos aquí. Hubiésemos escogido otro camino y nos hubiésemos dado cuenta que era mejor no pedirle para salir a esa persona en la estación de metro o que seguir estudiando una carrera tampoco era lo primordial para ser feliz.
Sigues creciendo y vienen otras preguntas que ya sí que son del todo importante. Que hubiera pasado si a aquella pregunta que te hice en el parking de casa de tus padres, un día de mi cumpleaños no me hubieras dicho que sí. O cuando tuve que responder yo que sí en aquella habitación de un hotel de Londres, cuando preparaste el mejor cumpleaños que jamás he tenido y me regalaste un reloj de pulsera que certificaba el “Sí” que nos habíamos preguntado mutuamente. Un sí que te lleva a recorrer un año de contratiempos, tardes eligiendo el mejor restaurante para celebrar una boda, tardes de ir a una ferretería y escoger los pomos de las puertas de casa; o decidir qué canciones tienen que sonar primero en la entrega de unos novios a parejas que también quieren casarse; o elegir el color de las paredes de la habitación, los cuadros del comedor, los armarios de la biblioteca…un año que te lleva a responder muchas preguntas para llegar a la pregunta definitiva. La que nos hizo el cura en el altar de la iglesia de nuestro barrio y que los dos contestamos que Sí. Es el sí del que estoy más seguro que no me arrepentiré nunca de haber contestado. Por mucho que vengan días malos, que te enamores de amores platónicos a los que no pediste para salir en la estación de un metro y no sabes si tu vida hubiese sido mejor o peor. Ya te digo yo que la vida que elegiste al decirme que si va a ser buena. Te lo prometo. Te prometo fidelidad, risas, amor, cariño, comprensión, oídos para escucharte, ojos para verte cada día más delgada y más guapa… Un sí que ha sido el más importante de mi vida.

Thursday, February 22, 2007

22/02/07

Paseando esta mañana por el laboratorio me he acordado de mi antiguo jefe. Era un tipo raro que tenía gracia. Una especie de científico loco que no acababa de tener ni idea de qué se hacía en el laboratorio, pero que sabía vender perfectamente que lo dominaba todo como nadie. Pues en uno de esos paseos por el laboratorio me acordé de aquel día que vino desesperado hacia mí y me soltó algo que no he olvidado desde entonces.
“El otro día vi a un tío en el mercado de Mataró que era idéntico a ti, con un pedazo de rubia...impresionante...”, lo dijo sabiendo que era yo el tío ese, y la rubia, por supuesto, se refería a ti. Me acuerdo que eran épocas navideñas. Quizás las primeras Navidades que pasamos juntos y que en uno de esos sábados de invierno anteriores a esas Navidades, nos fuimos a pasear al mercado de Mataró. Con los puestos de belenes, figuritas, árboles de Navidad y demás artilugios para las fiestas. Me acuerdo con nos cruzamos con él y su mujer. Nos saludamos con alguna palabra de cortesía y vi en sus ojos cómo te miraba. Las gafas de científico loco que se supone que lleva dieron tres vueltas de campanas y aterrizaron en su cabeza porque no había otro lugar mejor para hacerlo. Se le pusieron los ojos como platos y no pude comprobar algo que seguro que hizo: girarse descaradamente para ver qué culo tenías, o cómo estabas de espaldas. Me imagino que la mujer le dio un par de codazos de consideración en el estómago para avisarle que eso no se hace. No tardo mucho el lunes siguiente a nuestro encuentro en el mercado de Mataró para decirme aquello. Seguro que se pasó todo el fin de semana dándose golpes en la cabeza contra la pared maldiciendo su mala suerte y envidiando mi tremenda buena suerte. “Qué maricón éste Sam, y parecía tonto cuando empezó aquí; y mira qué pedazo de tía que lleva a su lado…”, y venga a darse golpes contra la pared, mirando a su mujer o a cualquier otra mujer que pasase por la calle y no encontrando ninguna que te superase.
Ahora vuelvo a pasear y me acuerdo de la cara de satisfacción con la que me lo dijo. En el fondo estaba orgulloso de que uno de sus trabajadores tuviera tanta suerte, pero creo recordar que aquel lunes tuve mucho más trabajo de lo normal. La envidia le seguiría corriendo por las venas y de alguna manera se lo tenía que cobrar: “Esta bien, tú tienes una pedazo de mujer a tu lado, pero yo soy tu jefe y te voy a fastidiar”, seguro que pensó aquel lunes que me mandó hacer todos los análisis del día en menos tiempo de lo normal.
Y tú, que cada vez estás mejor. Bajando tanto de peso ni mi antiguo jefe te conocería. Estás cada vez mejor. A mí me gustas incluso más que entonces. Has madurado, eres la mujer más bella del universo y cada vez pesas menos. “81.7 y bajando”, madre mía, pronto tendré que ir por la calle con un bate de béisbol o con una escoba para ahuyentar a los moscones que se girarán para mirarte el culo, como seguro que hizo mi antiguo jefe hace unos años cuando me dijo que “un tipo parecido a mi iba con una tía impresionante”.

Wednesday, February 21, 2007

21/02/07

Imagínate que el Doctor Saura decidiera venirse con nosotros. O que nosotros le propusiéramos que fuese nuestro médico personal y que estuviera siempre disponible solo para animarnos.
“Doctor Saura, queremos que se venga a vivir a casa y nos diga que tenemos una salud de matricula de honor cada mañana”, le diríamos en esa hipotética visita. Él no sabría qué contestar, pero enseguida analizaría lo que supone llevar una clínica de fertilización in vitro, tener una consulta en otra ciudad, tener que desplazarse de un sitio a otro sin tiempo casi para comer.
“Y el tema monetario”, nos preguntaría como buen catalán.
“Tendrá derecho a cama y comida y el dinero que necesite para sus gastos”, le diríamos.
Y él, como es tan buena persona, no tendría más remedio que aceptar la propuesta y venirse a casa. Le prepararíamos el sofá-cama de la biblioteca para él. “No se puede quejar, tiene la mejor música, los mejores libros, y tiene toda la sabiduría que nos ofrece Internet”, le diríamos nada más llegar a casa. Él estaría un poco estupefacto al principio, pero poco a poco se iría acostumbrando a nuestras propuestas.
Que una mañana nos levantamos con dolor de cabeza y un poco mareados. No tendríamos más que llamar al Doctor Saura y pedirle que nos diera la pastilla que él crea más oportuna. “Para un dolor como éste, lo mejor es una Aspirina”, y nos la daría en la boca como si fuéramos niños pequeños. Que te baja los niveles de azúcar y necesitas que te den un caramelo de fresa; pues allí estaría el Doctor Saura para abrir la cajita de caramelos de sabor fresa y entregarte uno. “Este es el mejor caramelo para ti, que tienes una salud de Matrícula de Honor”, te diría. Por supuesto que tendría todo el material necesario para hacernos de médico de casa. El fonendoscopio, los palitos de madera para mirarnos la garganta, un termómetro último modelo, un aparato para medir el azúcar, otro para medir la presión. En fin, todos los utensilios que él crea necesarios. Y por supuesto, un aparato para hacer ecografías cuando nos apeteciese tener un niño. Él te miraría los niveles de Estradiol, FHG, o las hormonas que sean y te diría cuándo el folículo está en su momento adecuado para fecundar. Nos diría: “Esta noche es la noche, os toca hacerlo con amor y cuidado, porque ésta noche seguro que te quedar embarazada”, y nos pondríamos manos a la obra para hacer a nuestro hijo. Él estaría en la biblioteca controlando el tiempo exacto de cópula para no pasarnos demasiado y que el óvulo esté en su punto. Que mis espermatozoides sean los mejores corredores de fondo (no como yo, que vuelvo a tener los tobillos mal) y conseguirán llegar a la meta. Te quedarás embarazada y tendremos a nuestros embriones congelados en nuestro congelador, junto a la verdura y los platos precocinados, cerca de los helados de fresa y limón. “Aquí estarán como en casa y el día que os lo queráis poner, será sacarlos del congelador y meterlos en su sitio”, nos dirá el Doctor Saura…
Sería bueno tenerlo en casa como doctor de cabecera personal para que el día que estemos bajos de moral nos diga eso de: “Tenéis una salud de Matrícula de Honor, no de cinco, de excelente, de Matrícula de Honor”.
Una Matrícula de Honor como tú, que eres lo mejor.

Tuesday, February 20, 2007

20/02/07

Yo si que voy a tener problemas de azúcar si mi vida sigue siendo tan dulce. Me dispararé hasta las 200 unidades de azúcar por gota de sangre y tendré que regalar caramelos de azúcar a los niños que pasen por mi lado, porque la dulzura que me das hará que pronto tenga los niveles de azúcar por las nubes. No puedo pedir nada más a mi vida. Me río contigo, me das seguridad, me haces sentirme el hombre más deseado, el que tiene la mujer más bella y perfecta y además me pides un baile con una canción de amor que hace derretir el hielo de los polos glaciares a cada movimiento tuyo de cadera. El nivel bajo de tu azúcar se debe contrarrestar rápidamente con mis niveles por la nubes de felicidad. No puede ser justo que me des tanto pidiendo luego tan poco. Soy el hombre que destila dulzura gracias a la felicidad que le da su mujer. Nadie entendería que alguien pueda, después de casi diez años de haberse conocido, seguir estando cada día más enamorado de la misma persona. Pues yo lo estoy. Tu me das más miel y azúcar del que una persona adulta es capaz de tener por su cuerpo. Por eso ayer por la tarde no quise tomarme la cantidad de azúcar en mi cuerpo. Sé que saldría un valor tan alto que todos pensaríais que tenía una subida alarmante del nivel de azúcar, y me hubiese dado corte tener que explicarle a tus padres que eso era lo normal. Que “desde que estoy con su hija los niveles normales de azúcar en mi han cambiado”, que han tenido que cambiar los valores normales de “entre 80 y 100” para adecuarlos a mis niveles de dulzura que tú me das. “Su hija me hace tan feliz que mi nivel de azúcar esta en 200”, le tendría que haber explicado a tu padre después de ver que la máquina marcaba un valor que él nunca tendrá. Y me hubiese dado corte tener que explicarle eso allí mismo. Por eso te lo explico ahora aquí, desde mis escritos que hacen que tu dulzura se vaya traspasando a mi cuerpo: en cada roce, en cada beso, en cada baile que me pidas como el de anoche, me pasarás más azúcar a la felicidad que vivo desde que te conocí. Pero tendré que devolverte un poco de azúcar para que no te vuelvas a marear y tengas unos niveles adecuados. Te daré la mayor felicidad y dulzura que yo pueda para que sientas lo mismo que me haces sentir tú a mí. Te daré unas decenas de unidades de azúcar para que vuelvas a estar en los valores normales de entre 80 y 100. Intentaré el resto de mi vida hacerte la vida un poco más dulce.

Monday, February 19, 2007

19/02/07

Ya me duelen más tus penas que mis dolores. No soporto verte llorar por nada del mundo. Preferiría tener un dolor perpetuo en mi cuerpo antes que saber que vas a volver a llorar por cualquier cosa. Ya sé que no tener a nuestra pequeña chinita duele; y ya sé que el tiempo pasa tan despacio que es imposible ver el final del túnel que va desde la puerta de casa hasta la puerta del orfanato donde estará nuestra hija. Duele la espera y no poder sentir un cuerpo diminuto entre nuestros brazos. A mí también me duele la espera. Y si te chillo es un poco la mezcla de rabia e impotencia por no poder ir mañana mismo a buscarla. Miles de niñas (y niños, no podemos olvidar que también nos pueden dar un pequeño chinito) que esperan los abrazos cálidos de unos padres que no desean otra cosa que darles todo el cariño que ahora nos falta. Y chillo porque no puedo ser yo quien te haga olvidar ese espacio que hay entre los brazos diminutos de un bebé y los tuyos, que son los brazos con más amor por dar en el mundo. Todo el fin de semana los he podido comprobar. Me encantaban (por una parte) cuando te veía con la cara un poco triste pedirme un abrazo que llenase un poco ese hueco que hay desde la puerta de nuestra casa y la de ese lugar donde nos espera nuestra niña. Un abrazo que a mi siempre me llena. Que me hace sentir el hombre más afortunado del mundo dentro de la tristeza que a veces nos dejan los domingos por la tarde. Siempre el roce de tu cuerpo es el bálsamo para sentir que hay algo que vale la pena para seguir estando en este mundo. Y siempre estás en mi vida tú. Los abrazos que hacen que te apriete más y más, que hacen que mi cuerpo quiera fundirse en el tuyo y no separarse jamás. No es tan placentero como hacer el amor contigo. Ni mucho menos, pero esos abrazos que me has pedido con tu cara triste este fin de semana han valido tanto la pena que te mereces darte tú uno a ti misma y comprobar la fuerza que desprendes. Abrázate y siente el calor y la energía que das. Imagínate que en el pequeño hueco que queda entre tus brazos esta nuestra chinita. Hay, justo en ese lugar vacía estará pronto. Solo hace falta que restes un día al de hoy. Ya queda un día menos para sentir el abrazo de tu hija dentro de un hueco que pronto podrás llenar. Un beso con abrazo de futuro lleno de los hijos que te mereces.

Friday, February 16, 2007

16/02/07

Todavía no sé si lo de esta noche ha sido un sueño o una pesadilla. Un día de compras por las tiendas más exclusivas de la ciudad, por los mercados más tirados del extrarradio y la compañía perfecta de ti a mi lado. Te cuento.
Notaba que la primera tienda a la que entrábamos era de esas que no nos atienden por menos de un millón de euros en el bolsillo. Pero la dependienta, nada más verte, supo que eras alguien importante que no quería dárselas de diva y te atendió solo a ti. Tú pedías cada vez una talla más pequeña y la chica se desesperaba porque no la encontraba. Era una de esas tiendas en las que tienen más de una marca conocida: Chanel, Gaultier, Adolfo Domínguez, Carolina Herrera... Se te antojo una traje chaqueta de ésta última y pediste la talla 34. “Lo siento, pero esa talla no la tenemos”, te dijo la dependienta sudando. “Es que me gusta solo ese traje chaqueta”, le replicaste tu. “Un momento que enseguida lo solucionamos”, contesto la dependienta abriendo una puerta que estaba justo detrás de las prendas. Allí estaba la misma Carolina Herrera que estaba pendiente de ti. Si tú necesitabas una talla 34 de ese traje chaqueta, ella misma te lo cortaría, te lo cosería y lo plancharía para ti. “Lo siento señora, ahora mismo se lo hago”, te decía la propia Carolina Herrera mientras cosía la talla 34 para ti. Mientras, yo me paseaba por un mercadillo tirado que había al lado de la tienda exclusiva y miraba unas camisetas para correr que tenían una figura conocida en la parte delantera. “Club Atlético Bruce Springsteen”, ponía en el escudo de la camiseta. Una señora gorda que también estaba mirando camisetas para correr se abalanzó sobre la camiseta y me la arrebato con una sonrisa maléfica. “Es míaaa”, dijo imitando aquel anuncio de televisión. Era la única que quedaba. En el dibujo se veía a Bruce corriendo la maratón de Nueva York con su guitarra al hombro. La gorda salió corriendo al mostrador para pagarla e irse del mercadillo. Tú seguía probándote tallas cada vez más pequeñas del traje chaqueta que te hacía especialmente para ti Carolina Herrera. “No lo entiendo”, decías, “ayer mismo tenía una 34 en unos vaqueros que me compré y hoy no me cabe ni una 26”. La pobre Carolina Herrera cosía y cosía cada vez trajes de chaqueta más pequeños. Yo empecé a seguir a la gorda con la camiseta de Bruce corriendo y no era capaz de alcanzarla. Corría como nunca he corrido en mi vida, pero la gorda se escapaba y me sonreía con maldad. Desistí en perseguirla más y volví a tu lado. Carolina Herrera ya estaba cortando los patrones para una talla 24 cuando empezaste a llorar diciendo que no era justo que no tuviesen tu talla. “Ya lo sé cariño, lo mejor que podíamos hacer es ir al Bullí, que tengo mesa reservada para nosotros dos y Ferrán Adrià nos va a cocinar solo a nosotros dos”, te dije mientras te acariciaba el pelo. Nos sentamos en la mesa central del Bullí y una corte de enanos vestidos de camareros con platos que pesaban toneladas nos traían el primer plato: “Una deliciosa pizza cuatro quesos”, nos decía Adrià con su peculiar forma de hablar. Una pizza idéntica a la que esta noche te vas a comer para no tener que llegar a tener esos problemas en tiendas exclusivas porque no tengan tu talla. Y tú qué crees, que era una pesadilla o un sueño mágico.

Thursday, February 15, 2007

15/02/07

Son las tres de la mañana de lo que se prevé como un nuevo día feliz en la familia Corcobado-Nieto en un futuro no muy lejano. Las patas de su mascota, de nombre Brus, golpean con el mismo ritmo que lleva un buen batería de jazz sobre la madera gastada del parquet de su pasillo. Le pican las patas y no sabe dónde ponerse. En la habitación donde antes se colocaban los trapos de la madre de la familia, una vocecita dulce y chillona despierta a todo el vecindario.
“Mamí, el Bruu no me deja dormí…”, y hace que tanto la madre como el padre de familia abran sus ojos de par en par, como si de una ventana golpeada por un huracán se tratase, para saber qué le pasa a su pequeña hija. La madre le da un codazo suave al marido, que disimula y ronca suavemente, haciéndose el dormido para no tener que levantarse. La pequeña chinita sigue reclamando el amparo de su mama.
“Mamí, el Bruuúú… no me deja dormí…”, y se apagan las luces de las farolas del parque ante tal potencia de voz en una niña de menos de dos años.
Brus sigue mordiéndose sus patas. Alterna las delanteras con las traseras y cuando oye la voz el regaño de la madre de la familia se esconde debajo del sofá cama que hay en la biblioteca de la casa.
“Ahora voy, mi amor”, le dice la madre a su hijita, mientras sigue dándole golpes, cada vez menos suaves, con el codo a su estimado marido. El marido ya no puede disimular más. Con tantos golpes hasta un muerto se levantaría de su ataúd. “Ya voy yo”, dice resignado y se levanta hasta la cama de su hija para decirle que el Brus ya no la va a molestar más. Pero cuando llega hasta el borde de la cama y le da un besito en la carita diminuta de su hija chinita, la niña, medio dormida y con dos rayitas lisas como ojos, reclama la presencia de la madre para que le de un beso de buenas noches.
“Dana, la mama ya te dio antes un beso de buenas noches, mi amor, y ahora esta durmiendo”, le dice el padre con cariño.
“¡No, quiero que venga la mama!”, grita a pleno pulmón la niña. El padre retrocede hasta su cama y ve como la madre se levanta con un precioso pijama azul, bella y sensual como siempre es ella. “Ya voy, ya voy”, le dice a su hija, que cuando la ve venir hacia su cama, se le abre la mayor de sus sonrisas, deja ver esas dos líneas que tiene por ojos y hace feliz a la familia Corcobado-Nieto. La bella madre le da un fuerte beso que deja a su hija Dana feliz. Se duermen todos hasta que Brus aparece de debajo del sofá cama de la biblioteca y vuelve a morderse las patas que le pican como nunca.

Tuesday, February 13, 2007

14/02/07

Iba a escribirte algo adecuado para el día de hoy. Yo, que sigo enamorado de ti como desde ese primer día en que te vi, pero el amor que tú desprendes esta guardado para un diablillo bueno de ojos rasgados que cada vez esta más cerca de nosotros. Ayer vi a uno de esos pequeños diablillos de ojos rasgados paseando por la calle. Hacía un par de minutos que había colgado el móvil después de hablar contigo, y por el fondo de la calle se intuía la figura diminuta de una niña con poco pelo, muy negro, tirando del carrito que debía ser su asiento. La madre era una chica joven que se notaba feliz. Llevaba en la espalda una mochila amarilla con las cosas de su hija y la miraba con orgullo. Le decía algo que yo no podía escuchar. La pequeña chinita tiraba de su carrito, tropezándose cada dos pasos con sus torpes piernecitas todavía no acostumbradas a caminar, pero se reía con tanta fuerza que traspasaba los vidrios de mi coche y me llegaban hasta los oídos. Su madre le volvía a decir algo y ella giraba su pequeña cabeza hacia arriba y le sonreía, dejando ver las tres rayas mágicas que te deben enamorar y pensar que tienes la hija más guapa del mundo. La madre le intentaba explicar que ella sola no podía tirar del carro, que era muy pequeña para hacerlo, pero el pequeño diablillo de ojos mágicos seguía empujando el carro con fuerza, sonriendo con la misma felicidad que desprendía, mirando a su madre para que ella se le cayesen las babas de amor.
Luego veía nuestro futuro y te veía a ti diciéndole a nuestra pequeña diablillo de ojos mágicos que ella sola no podía tirar de su carrito, pero ella se giraba hacia nosotros y nos regalaba la mejor de sus sonrisas, dejando ver sus rayas mágicas para enamorarnos de ella y caer en su embrujo.
Un futuro que cada día esta más cerca de nosotros dos. Una sonrisa que nos enamorará y hará que el día de los enamorados sea cada dí; no solo el 14 de febrero, sino cada día del año. No hará falta más que nos regale una sonrisa para dejarnos enamorados, a nosotros dos de ella y de nosotros mismos, por haber creado una familia tan especial. Estaremos enamorados de nuestra familia cada día que pase, de esa sonrisa mágica de ojos rasgados y mágicos que nos dejará el corazón tan lleno de felicidad.

13/02/07

Pronto me abalanzaré sobre tus piernas y tendré que buscarlas bajo las sábanas porque seré incapaz de encontrarlas. Tan delgadas y tan bellas que soy incapaz de cerrar los ojos y no verlas enredándose entre mis piernas cansadas. Soy el espía del amor en busca del tesoro que esconden tus piernas. Un nudo que empieza en la parte inferior de mis pies. Donde mi tobillo se queja del maltrato que le doy queriendo correr como un joven, mientras me acerco ya más a la edad madura. Luego suben (tus piernas esbeltas, bellas, lisas y delgadas), por encima de mis rodillas y se engarzan como un diamante a su anillo entre mis muslos doloridos por una carrera de verdad; por la arena de la playa de mi niñez volviendo a ver tus piernas dando zancadas mucho más grandes que las mías. Has vuelto a vencer en la carrera de mi vida. Ya lo dicen los sabios que no tienen otra cosa que hacer que pensar mientras el resto del mundo construye su realidad: "La vida es un maratón que hay que tomársela con calma". Bueno, quizás ese día el sabio que escribió eso iba pasado de copas de vino y no midió sus palabras, porque un maratón es muy largo si se quiere correr en menos de tres horas. Y si mi vida va a ser un maratón mucho más largo que esas tres horas, quiero correrlo junto a esas piernas que me acarician cada noche. Quiero correrlo despacito y suavemente, con sabor a limón y sal, y sabor a fresa, nata y esa escalibada que preparas tan buena; o el pollo rebozado…Nunca te he dicho que preparas mejor que nadie el pollo rebozado…Nunca te he dicho que preparas mis piernas y las cargas de energía cada vez que tocan las tuyas, cada vez que siento el roce de tu piel…A pesar de que me bosteces en la cara diciéndome no sé qué sobre el lavavajillas o sobre apagar la televisión; ya ni me acuerdo, pero el susto fue de risa. Y esa risa que me contagia y me hace soñar…Un minuto junto a ti da tanto de sí que se puede estirar como un chicle de fresa suave, ácida o del gusto que sea, pero siempre sabe exquisito. Eres tan buena dentro de mi vida que te tengo que pedir un gran favor: Necesito tus piernas para correr el maratón del resto de mi vida. ¿Me las prestas, mi amor?

Monday, February 12, 2007

12/02/07

El cielo era una pared de ladrillos grises. Me amenazaban con lluvia desde que salí del laboratorio, pero las fuerzas seguían estando dentro de mi cabeza, dibujando tu sonrisa para no encontrarme solo. La última vez que había venido solo a la playa de Mataró me trae recuerdos tristes. Fue el peor día de mi vida. Aquella tarde de finales de agosto que quiero olvidar para siempre. Hoy quiero que el recuerdo de la playa de Mataró sea bueno para mí, y de rebote para ti. Y te preguntarás qué hay de bueno para ti; pues ver feliz a tu marido corriendo por el paseo marítimo de la ciudad donde nació mientras sigo pensando en ti.Correr es de los deportes más solitarios. Me cruzo con un tipo que debe tener diez años más que yo pero que conserva mucho más pelo. Nos miramos y elevamos las cejas en forma de saludo. Es como cuando los motoristas (vaya, por que me tiene que venir ahora este símil) se saludan por las carreteras. Nos saludamos tímidamente y sonreímos mientras seguimos nuestra marcha. El cielo sigue siendo una pared de ladrillos grises que no acaba de abrirse. El sol no se ve, pero yo tengo tus ojos azules y tu pelo rubio y lo demás no importa. Las olas rompen con fuerza contra las rocas del puerto. Me encantaría que estuvieses aquí. Verte en la punta a la que tengo que llegar mientras abrazas a nuestra pequeña chinita desde el lugar al que tengo que ir. Me imagino que le dices a la niña que vaya corriendo, "que viene el papa y te va a pillar", y la pobre, que todavía le cuesta caminar, sale corriendo con dificultad, mirando cada dos pasos hacia atrás para ver si yo le pillo. Se pone nerviosa a medida que me acerco a ella y tu le animas para que llegue primero a la meta imaginaria que nos hemos puesto cerca de una bandera catalana que corona la punta más cercana al mar del puerto de Mataró. La niña llega primera entre los gritos que ella misma se da para animarse a ser la primera. Tú la coges en brazos diciéndole que ella es la gran campeona. Al momento llego yo. Sudoroso y con la cara llena de la sal de mi propio cuerpo que se mezcla con la sal que lanza el mar mezclado con el viento que peina vuestras caras. Os abrazo en mi imaginación y sonrío al viento. Me cuesta llegar a la otra punta sabiendo que de verdad (todavía) no estáis allí. Pero consigo mantener un ritmo bueno. Estoy feliz haciendo algo que me ha gustado siempre mientras imagino a mi familia cerca de mi. Nada de lo que hago ya esta fuera de mi (nuestra) familia. Siempre estás tú, la niña y el Brus. Siempre en éste orden.El cielo se emociona de mis pensamientos y empieza a derramar gotas de agua que mojan mi cara. Estoy a punto de terminar mi sesión de carrera por el paseo marítimo de la ciudad donde nací, pero ya estoy deseando llegar a mi hogar. A nuestra casa. Junto a ti. Cada vez más pronto, con nuestra pequeña chinita.

Thursday, February 08, 2007

09/02/07

Hoy tengo menos tiempo para ti. Me tengo que preparar para no estar tan feo como en las fotografías que me haces mientras duermo y hacer buena cara delante del gran jefe indio (jau). Pero eso no quita para poder escribirte una mini carta para volverte a contar algo sobre ti. O sobre mi. O mejor, sobre nuestra futura niña chinita.
Esta mañana, mientras paseaba a Brus por el parque, con la niebla que no te dejaba ver más allá de diez pasos desde donde estaba, pensaba en el primer día de muchas cosas que vea nuestra chinita. El primer día de niebla. Cómo le explicaremos qué es la niebla. No te digo que le contemos científicamente el fenómeno de la niebla. Ella querrá saber “por qué no se ve nada, mama”, te preguntará cogiendote la mano más fuerte que otro día. Con miedo al ver una cosa rara al salir de casa. “Qué es esto”, pensará su cabecita pequeña todavía en formación constante. “Son las nubes que ves siempre en el cielo, que han bajado tanto, tanto, que puedes tocarlas con tus manos”, le dirás tú, abriendo mucho los ojos para que ella también los intente abrir y así copiarte en todo lo que hagas. “Sí, y por qué”, te preguntará una vez. “Pues porque las nubes están cansadas de estar siempre en el cielo, tan arriba, y a veces quieren estar cerca de las niñas guapas como tu”, le contestarás con la paciencia y el amor que te dará. “Si, y por qué”, volverá a preguntarte. Entonces empezarás a buscarme con la mirada mientras yo he ido a buscar el coche que tuve que dejar aparcado un poco alejado de la puerta de casa. “Ahora te lo explica papá”, le dirás, y yo querré escucharte a ti y ver tus ojos azules enormes diciéndole por qué las nubes han bajado tanto que podemos tocarlas con las manos. Entonces, cuando la niña haya preguntado quince veces por qué las nubes son tan caprichosas que quieren tocar sus manos, yo le explicaré que en verdad lo hacen para poder abrazarnos a los tres (bueno, a los cuatro, porque Brus también vendrá con nosotros) y decirnos que está muy contenta (la nube que forma la niebla, ya sabes) de ver a una familia tan feliz y con tantas cosas por hacer. Nos montaremos al coche y seguiremos tocando la nube con la punta de los dedos a cada paso que demos, mientras nuestra pequeña chinita no dejará de preguntarnos el por qué de todas las cosas.

Wednesday, February 07, 2007

08/02/07

Es difícil luchar contra el amor. Los ojos de enamorada de tus besos después de escribirle, la búsqueda del amor fuera de lo moralmente aceptado y no sentirse mal. Es difícil convivir toda la vida con la misma persona sin dejar un agujero por el que se escape un poco de aburrimiento y cansancio. Es difícil luchar contra la novedad del amor platónico perdido hace tantos años y no sucumbir a su encuentro. Pero contigo nadie se siente engañado. Sé en cada momento tus pasos. Quizás desde fuera pueda parecer surrealista explicar lo que nos está pasando. Te escribes con un chico del que estabas enamorada en tu adolescencia y se lo explicas a tu marido, incluso pidiéndole consejo sobre qué debes o no escribirle. Parece una invitación preferente al adulterio, pero contigo no es así. Lo que tenga que pasar en un futuro será lo que estaba marcada en el destino de cada uno de nosotros. Terminar el resto de tu vida conmigo, con él, con otro, sin nadie, con una hija de China, con un niño biológico. El futuro se pelea con el amor porque es el único que no le enseña las cartas. Si todos supiéramos perfectamente nuestro futuro la vida sería mucho más aburrida. Estos gusanos que debes sentir cada vez que él te escribe son una mezcla extraña de felicidad y de sentirte mal por engañar (un poco) a tu marido. Esas mariposas son reacciones químicas que llegan al cerebro y nos hacen viajar en nubes de algodón que saben a fresas con nata. Es la delicia que dura menos de lo que desearíamos, pero que endulza nuestra aburrida existencia...
Pero yo no quería hablarte hoy de todo esto. Quería decirte que en todas las fotografías del mundo que puedas llegar a hacerte saldrías preciosa. Que tus ojos son a veces mentirosos y no te dejan ver la verdadera belleza que dejas plasmada en las fotos que te haces. Ya sea con el móvil, con una cámara sin batería; en albornoz o cubierta de ropa, abrigos y bufandas en la sala de espera de un traumatólogo casi familiar al que ganas con tu simpatía. Quizás debería haberte hablado de lo importante que eres para mí en muchas situaciones de mi vida. Como cuando ayer me acompañaste al médico y dejaste que tu simpatía y tus saber estar inundase la sala. Dos hombres de diferente edad, pensamiento y cultura embobados cada vez que tu abrías la boca. No te diste cuenta, pero el Doctor Yunta también caería rendida a tus pies. Sin necesidad de buscar tanto una fotografía perfecta. La perfección eres tu.

07/02/07

Después de verte bajar la rampa del parking de casa de tus padres, con tu nuevo corte de pelo estilo casi japonés, me vino a la memoria el día que te cortaste por primera vez el pelo estando juntos. Eramos novios y yo te había ido a buscar a casa de tus padres. Era un sábado frío de invierno en el que habíamos quedado para ir al cine o dar una vuelta por Mataró, quizás. Sabía que habías ido a la peluquería porque habíamos hablado por teléfono y me habías comentado que tenías una sorpresa para mí. Por aquel entonces yo ya empezaba a disfrutar con tus “sorpresas sorprendentes”; tus regalos sin haber una fecha especial de por medio, tus arranques de pasión, tus besos contra el cristal del coche (bueno, quizás eso último era más por mi culpa que por la tuya), todas esas cosas que me hacían ver todo el potencial de mujer maravillosa que había dentro de ti. Pero a lo que íbamos; ese sábado bajabas la rampa del parking de tus padres con tu nuevo corte de pelo. Te lo habías cortado y estirado en una media melenita que te sentaba estupendamente. Ibas comiendo un pastelito casero que había traído tu padre de algún lugar donde va a cazar y me ofreciste un poco para mi. No te dije nada. Me había quedado estupefacto delante de tanta belleza y fui incapaz de articular palabra. Te giraste sobre ti como una modelo de pasarela profesional y me preguntaste “qué te parecía el nuevo look”. Seguía sin articular palabra. Estabas preciosa. Me había acostumbrado a tu melena rubia en los meses que llevábamos juntos (quizás ya era un año, no lo recuerdo exactamente), pero aquel nuevo corte de pelo te favorecía totalmente. Durante todo el trayecto en coche no hacía más que mirarte de reojo, sentado en el asiento del copiloto mientras tú te terminabas el pastelito casero (lleno de azúcar y con pinta de chucho, tenemos una fotografía que lo atestigua, ya la buscaremos) y yo me deshacía de ganas de besar tus labios llenos de restos de azúcar y tocarte el pelo, olerlo, sentirlo entre mis dedos como si fuera un manantial de agua cristalina al que pasas y sabes que no vas a regresar jamás. Notar como tu pelo se deslizaba entre mis dedos era lo que más deseaba en el mundo.
Y esa sensación volvió anoche, cuando te fui a buscar a la peluquería. Estabas más estilizada que nunca. Más bella si cabe que el día anterior. Te miraba de reojo, esta vez yo sentado en el asiento del piloto, pero en el mismo coche de entonces. Te miraba y no podía dejar de recordar ese día cuando te vi bajar de la rampa del parking de casa de tus padres con tu nuevo corte de pelo. Solo faltaba el pastelito casero con azúcar llenando tus labios. Pero ahora eres una chica en fase de llegar al peso ideal en menos de una semana. Un 8 y dos 2 para estar cada día más guapa. Un 10 siempre para ti, la más bella mujer del universo.

Tuesday, February 06, 2007

06/02/07

Me gusta cuando te veo de reojo reír de cosas que yo hago. Cuando vemos la serie del tonto de Earl y ves como a mí me hace gracia una tontería tan grande como que una abeja le inyecte su veneno en la boca o que un frisbie (se escribe así?), le golpea la cabeza como si fuera una serie de dibujos animados. Es la parte de niño que todos llevamos dentro. Reírse de esas tonterías estúpidas que hacen que la noche sea más agradable…
Aunque lo que de verdad hace que la noche sea más agradable es jugar a ser mayores y hacer esas cosas que hacen los mayores. Igual que se sentían los gemelos falsos de tu serie sudamericana, donde los niños espían a los mayores mientras se dan besos, también me gusta mucho sentirme mayor y hacer esas cosas prohibidas que solo hacen los mayores. Somos la mezcla exacta de una persona mayor con pinceladas de niño pequeño que se ríe de las mismas tonterías: golpes, picotazos o caídas por culpa de una cáscara de plátano. Y eso contigo puede pasar en menos de una hora. Ser mayores a las seis y cuarto de la tarde y revolcarnos apasionadamente, sin poder dejar de emitir suspiros de estar haciendo algo que tanto me gusta hacer. Solo contigo. Solo contigo he disfrutado tanto del amor. Nadie ha conseguido llegar al punto tan sublime al que me has llevado tu. Ni tampoco nadie ha conseguido que me pueda reír tranquilamente de tonterías que parecen estar diseñadas especialmente para niños. Una mezcla explosiva y salvaje que no dejaré que desaparezca nunca de mi lado. No dejaré que la mujer más maravillosa de la historia se aleje de mí. Aunque tenga que dejar que compruebe por ella misma que no hay nadie mejor que yo para ti. Aunque tenga que dejar que "cates" (que suspendas, quiero decir, por catear, no por probar) al amor platónico de tu vida. Además, piensa que esta mejor dejarlo como esta. Él vive en Barcelona, tú estás asentada en la ciudad donde has vivido toda tu vida. Los cambios de papeles, lo que dirán los vecinos, los muebles nuevos, los ruidos de la ciudad… Un sinfín de problemas que se solucionarían con una cosa muy simple: te quedas conmigo y sin olvidar al amor platónico de tu pasado, le sigues escribiendo como a un amigo y nada más. Así, nos seguiremos riendo como niños de las tonterías de Earl, y jugaremos a ser mayores por las tardes en nuestra cama para hacer esas cosas que tanta gracia nos hacían de pequeños. No sé si me entiendes, pero si no lo acabas de entender, te lo estaré explicando el resto de mi vida, ya sea por la tarde, por la noche, sea lunes, miércoles o domingo. Un besote.

Monday, February 05, 2007

05/02/07

Un fin de semana da para mucho. Puede empezar el sábado a la hora de comer quedando en un centro comercial como dos novios enamorados y terminar el domingo por la noche con una discusión por culpa de un correo electrónico de alguien que ya no es bienvenido. Así se podía resumir lo que nos ha pasado este fin de semana. La vida da muchas vueltas y los besos de novios ilusionados que nos dimos en la puerta del Cortefiel del Mataró Park quedan borrados unas horas después con la ingesta demasiado abundante del chorizo del caldo que me hacen no poder moverme después de una siesta demasiado larga para mí, y que hacen que no me apetezca hacer el amor (ni nada) contigo. No es que ya no me resultes atractiva ni deseable, todo lo contrario. Cada vez te veo más guapa; una belleza serena y sin artificios que sé que durará siempre en ti. No importa que ahora peses un poco más de lo que mereces (el esfuerzo algún día se te verá recompensado, ya lo verás), no importa que te salgan granos en la cara (tu adolescencia eterna es así; muchas querrían tener tu piel y a los 35 parecen un vejestorio, tú todavía aparentas ser una chica de veintipocos); pronto desaparecerán esos kilos y esos granos de adolescente y te verás tan bella como yo te veo a ti. Siempre te veo guapa. Y no es amor de marido enamorado, es amor hacia ti por ser como eres: sincera, simpática, inteligente. Una mujer 10 que sigue volviéndome loco cada día que pasa.
“La culpa fue del chorizo, mi amor”, te diría ahora. No sabes lo mal que me sienta que me recrimines eso que a otros maridos es tan difícil de conseguir. Hacer el amor contigo siempre es un 10 en la escala de la felicidad y no sé por qué me cuesta hacerlo más a menudo. Debe ser que al tenerte tan cerca me siento inferior y no sé cómo buscarte. Ya no soy el adolescente impulsivo que te tiraba contra el vidrio del coche y te desnudaba a media tarde mientras pasaba la gente por nuestro lado. Me hago viejo y las fuerzas sexuales se me disminuyen, pero no eres tu la culpable; la culpa es mía. De verdad.
Y por último el puñetero correo electrónico de esa. No habido nunca nada que me doliese tanto y estuviese a punto de hacerme perder lo que más quiero que enviar correos electrónicos a gente que no se lo merecían. La última bronca por culpa de estos correos fue por culpa de esta escritora que me gustaba como escribía y yo la confundí diciéndole que era demasiado maravillosa. Me dije que “jamás me volvería a pasar nada por culpa de eso. Que jamás escribiría un correo electrónico a ninguna mujer que no fueras tu, que eres la única que te lo mereces”. Por eso no quiero saber nada de ella, ni de nadie que no seas tu. Solo te quiero a ti, princesa de los ojos más azules y grandes del mundo. Te quiero como nunca querré a nadie. De eso estoy al 100% seguro.

Saturday, February 03, 2007

03/02/07

Las tardes en que sé que me voy a quedar solo en casa tienen dos partes diferenciadas: un segundo de alegría y el resto de la tarde echándote de menos. Intento organizarme haciendo cosas que no hace falta que estés tú, pero enseguida me doy cuenta que no hay nada que me apetezca más que estar contigo. Miro el reloj que hay encima del armario donde esta la televisión, o las líneas digitales del reloj del aparato de la televisión de Telefónica y pasan los minutos sin que haga nada que valga la pena. “Veré esa película que a ella no le gusta”, me digo, pero a los dos minutos de ponerla, empiezan a cerrarse los ojos y soñar contigo. No estás a mi lado para darme un codazo o una patada cariñosa desde tu sofá, por lo que casi todas esas tardes que me quedo solo y decido ver una película por la televisión, lo hago sentado en tu sofá, pensando que es tú sofá y que no te dormirías si estuvieras a mi lado. Pero como últimamente parece que el sofá esté poseído por un manto de sueño al instante, no tardo más de dos minutos en cerrar mis ojos y soñar contigo.
El sueño de ayer por la tarde volvía a ser un poco lascivo. Ya ni siquiera llevabas el tanga negro o un sostén con puntilla. Directamente ibas con zapatos de tacón de aguja muy afilado que te estilizaban tu figura desnuda hasta llegar a donde estaba yo. Me tumbaba en la cama y te veía desfilar delante de mi. Te acercabas abriendo los ojos como si fueran los labios que iban a besarme y descendías mi cuerpo rodeándolo de besos inacabables que me volvían loco…
Lo malo es que las películas que veo siempre hay un momento en que el protagonista grita más de la cuenta y me despierta de esos sueños. A punto de dejarme besar por ti y de llegar a tocar tu piel con mis dedos extasiados, el maldito grito de un idiota que va de intelectual y dice una de esas frases de guionista aturdido (como si fuera un Woody Allen de pacotilla), hacen que la realidad se despierte en forma de película aburrida que todos los que vamos de enterados de cine decimos que son “tan buenas”. Abro los ojos como si fueran lunas llenas y no dejo de ver tu imagen a punto de abalanzarse sobre mi cuerpo desnudo…Otro grito inoportuno de la televisión me quita las ganas de nada. Cojo el mando a distancia, aprieto el botón rojo y apago el televisor. Me voy a la cama y te espero, pero como ésta tarde tardas más de la cuenta, me quedo dormido, sin sueños y con los zapatos de tacón de aguja a punto de golpear mi cabeza.

Friday, February 02, 2007

02/02/07

Caminabas por el pasillo sin más ropa que mi imaginación caliente y un tanga negro a punto de salirse de su sitio. Te mirabas al espejo y guiñabas un ojo. Creo que el izquierdo, para verte mejor un punto negro que te había salido en la mejilla derecha. “Creo que quiero tener una niña con mis rasgos”, me dijiste. Aquel cambio de registro en mi mente, al principio me desvarió. Yo ya me había metido en el cuerpo del marido cumplidor que tiene que arrancar la ropa de su mujer de un bocado, tirar el tanga negro a los pies de la cama y dejarte el cuello rojo de besos apasionados. Mi cabeza dio un tumbo. “¿Ahora?”, pregunté yo con el lío mental sin ordenar. “No sé, creo que sí”, me contestaste, mientras seguías buscan el maldito punto negro que es incapaz de afear una milésima parte de tu belleza. Creo que luego te probaste más ropa de la que querías dar y te sentías un poco mal de haber comprado jerseys que nunca te habías puesto. “Mira, todavía tiene la etiqueta”, me dijiste de un par de jerseys negros con piedrecitas que dejaste en la mesa del comedor. El tanga negro seguía siendo tu única ropa. Eso y unas botas negras de tacón muy fino. “Antes sabía caminar bien con tacones, pero ya no puedo, no aguanto mucho”, soltaste con un jersey de malla negra que transparentaba tu torso desnudo. Ya no podía aguantar más el lío que había en mi cabeza. Tenía que remediar mi calentura abrazándote tan fuerte que nuestros dos cuerpos se fundiesen en uno, pero no podía quitarme de la cabeza la imagen que había surgido desde que habías dicho que querías tener una niña con tus rasgos. De repente aparecieron dos figuras diminutas correteando por el pasillo intentando quitarle el pato de goma a Brus. Él corría con mucho cuidado. Dos niñas de dos o tres años con las piernas gorditas, el pelo recogido en dos coletas de colores diferentes. Una muy morena y con rasgos orientales. Nuestra chinita venida de oriente, nuestro hilo rojo atado y bien atado en casa. Era un poco la líder de las dos. “Sooy a mayor”, empezaba a decirle a su hermana, unos meses más pequeña que ella. Y la hermana era idéntica a ti. Unos enormes ojos azules que se abrían como dos lunas llenas hacían juego con las lunas en cuarto creciente de nuestra pequeña chinita. Dos coletas recogidas por las mañanas en sesiones maratonianas de preparación al colegio. Dos pequeñas ladronas de corazones que nos tenían muertos de felicidad. Brus les quitaba su patito de goma y se subía a nuestra cama para morderlo tranquilamente, pero inmediatamente después subían nuestros dos diablillos encima de él para quitárselo. A veces veíamos a Brus desistir de su energía y se metía debajo de la cama para no tener que jugar más con ellas: “No hay quién pueda con estos terremotos”, parecían decir los ojos de Brus. Mientras, tú seguías paseándote por el pasillo únicamente con ese tanga negro que esta noche te volveré a quitar con los dientes; y la imagen de nuestras pequeñas corriendo por el pasillo se mezclaban en mi cabeza. “Ahora toca el tanga negro, después llegarán las niñas”, me iba repitiendo con insistencia dentro de mi cerebro, en una lucha que durará el resto de mi vida.

Thursday, February 01, 2007

01/02/07

Me encantan esas llamadas tuyas con sonrisas de oreja a oreja. Aunque no pueda verte sé que estás feliz, que te paseas con el móvil de un sitio a otro tocándote ligeramente el pelo, o mirando por la ventana de tu despacho hacia fuera contando los coches blancos que pasan por la carretera. Eso quizás no lo hagas, pero seguro que te sientes como esa niña que llevas dentro y que tanto me gusta. Esa manera tuya de agradecer los regalos no lo he visto en nadie. Nadie se puede sentir decepcionado cuando te da algo; aunque sea un trozo de cartón con el dibujo de un ratón famoso en una de sus caras. Esa forma de decir gracias y de hacer que la persona que te regala algo sea la más importante del mundo. “Caray, sí que le ha gustado esto; y yo que pensaba que no había acertado en el regalo”, pensamos todos los que alguna vez (pocas para lo que te lo mereces) te regalamos algo. Y luego esta tu forma de hacer los “deberes” familiares. Todos esos papeles que yo sería incapaz de saber dónde colocar; la mejor opción para mantener nuestros ahorros (cada vez más y pronto podremos retirarnos a esa isla del Caribe donde ayer estabas tú en un futuro no demasiado lejano siendo la envidia de las modeluchas que se ven por las televisiones y que no valen nada comparado contigo) en el banco; saberle sacar beneficio a un euro y poder conseguir regalos por tu simpatía y por ser tan especial. Esas llamadas tuyas de felicidad tan difíciles de disimular y que tanto me llenan. Y aunque me golpee una rodilla y tenga que soportar un tremendo dolor, me alivia verte así. Tener tu lista mental con muchas cosas que hacer y poder ir borrándolas de una vez. Saber que tu sangre es la más sana del mundo y aunque vaya muy rápida en sedimentar o lo que sea, es la más sana del mundo. Tú siempre eres la más de todo en el mundo. Ayudar a tu madre en lo que sea y saber que ella puede confiar en la mejor hija del mundo. “Lo ves, otra vez era la mejor del mundo en algo: la mejor hija, la mejor esposa, la mejor madre dentro de poco…”. No me puedo imaginar la vida sin estar sin ti. Haber conocido lo mejor te hace ser egoísta, y yo siempre lo he sido. Tener a mi lado a la mujer más maravillosa te hace sentir una serenidad, una paz interior que solo será superada el día que estemos dentro de uno de esos templos milenarios chinos paseando a nuestra pequeña chinita por las calles de su primer país. Allí te miraré y volveré a pensar que soy un tipo afortunado por estar con la mejor esposa, madre y mujer que haya existido nunca. Dentro de poco podrás borrar esa falta en tu lista: Tener una niña será lo que más cueste de hacer, pero será lo que más alegría y felicidad nos dé el resto de nuestra vida.