23/02/07
Toda nuestra vida acaba siendo un cúmulo de preguntas y respuestas que nos llevan hacia un lado o hacia otro. Desde pequeños nos tenemos que responder a un montón de preguntas que entonces parecen vitales y que de mayores nos producen una sonrisa cómplice. “¿Cuántos son tres por siete?”, o “¿Cuál es el pretérito pluscuamperfecto del verbo jugar?”, o “¿Qué fue antes o el huevo o la gallina?”. Hay preguntas que todavía nos la seguimos haciendo y no encontraremos nunca la respuesta. Vienen de nuestra niñez y nos acompañarán hasta la muerte. Luego te vas haciendo mayor y tienes que volverte a responder preguntas que suponen averiguar qué vas a ser en el futuro: “¿Qué carrera elijo para estudiar?”, o “¿Le digo si quiere salir conmigo cuando nos crucemos en la estación de metro?”. Si esas preguntas hubiesen tenido otra respuesta de la que le dimos entonces igual no estaríamos aquí. Hubiésemos escogido otro camino y nos hubiésemos dado cuenta que era mejor no pedirle para salir a esa persona en la estación de metro o que seguir estudiando una carrera tampoco era lo primordial para ser feliz.
Sigues creciendo y vienen otras preguntas que ya sí que son del todo importante. Que hubiera pasado si a aquella pregunta que te hice en el parking de casa de tus padres, un día de mi cumpleaños no me hubieras dicho que sí. O cuando tuve que responder yo que sí en aquella habitación de un hotel de Londres, cuando preparaste el mejor cumpleaños que jamás he tenido y me regalaste un reloj de pulsera que certificaba el “Sí” que nos habíamos preguntado mutuamente. Un sí que te lleva a recorrer un año de contratiempos, tardes eligiendo el mejor restaurante para celebrar una boda, tardes de ir a una ferretería y escoger los pomos de las puertas de casa; o decidir qué canciones tienen que sonar primero en la entrega de unos novios a parejas que también quieren casarse; o elegir el color de las paredes de la habitación, los cuadros del comedor, los armarios de la biblioteca…un año que te lleva a responder muchas preguntas para llegar a la pregunta definitiva. La que nos hizo el cura en el altar de la iglesia de nuestro barrio y que los dos contestamos que Sí. Es el sí del que estoy más seguro que no me arrepentiré nunca de haber contestado. Por mucho que vengan días malos, que te enamores de amores platónicos a los que no pediste para salir en la estación de un metro y no sabes si tu vida hubiese sido mejor o peor. Ya te digo yo que la vida que elegiste al decirme que si va a ser buena. Te lo prometo. Te prometo fidelidad, risas, amor, cariño, comprensión, oídos para escucharte, ojos para verte cada día más delgada y más guapa… Un sí que ha sido el más importante de mi vida.

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