Thursday, February 15, 2007

15/02/07

Son las tres de la mañana de lo que se prevé como un nuevo día feliz en la familia Corcobado-Nieto en un futuro no muy lejano. Las patas de su mascota, de nombre Brus, golpean con el mismo ritmo que lleva un buen batería de jazz sobre la madera gastada del parquet de su pasillo. Le pican las patas y no sabe dónde ponerse. En la habitación donde antes se colocaban los trapos de la madre de la familia, una vocecita dulce y chillona despierta a todo el vecindario.
“Mamí, el Bruu no me deja dormí…”, y hace que tanto la madre como el padre de familia abran sus ojos de par en par, como si de una ventana golpeada por un huracán se tratase, para saber qué le pasa a su pequeña hija. La madre le da un codazo suave al marido, que disimula y ronca suavemente, haciéndose el dormido para no tener que levantarse. La pequeña chinita sigue reclamando el amparo de su mama.
“Mamí, el Bruuúú… no me deja dormí…”, y se apagan las luces de las farolas del parque ante tal potencia de voz en una niña de menos de dos años.
Brus sigue mordiéndose sus patas. Alterna las delanteras con las traseras y cuando oye la voz el regaño de la madre de la familia se esconde debajo del sofá cama que hay en la biblioteca de la casa.
“Ahora voy, mi amor”, le dice la madre a su hijita, mientras sigue dándole golpes, cada vez menos suaves, con el codo a su estimado marido. El marido ya no puede disimular más. Con tantos golpes hasta un muerto se levantaría de su ataúd. “Ya voy yo”, dice resignado y se levanta hasta la cama de su hija para decirle que el Brus ya no la va a molestar más. Pero cuando llega hasta el borde de la cama y le da un besito en la carita diminuta de su hija chinita, la niña, medio dormida y con dos rayitas lisas como ojos, reclama la presencia de la madre para que le de un beso de buenas noches.
“Dana, la mama ya te dio antes un beso de buenas noches, mi amor, y ahora esta durmiendo”, le dice el padre con cariño.
“¡No, quiero que venga la mama!”, grita a pleno pulmón la niña. El padre retrocede hasta su cama y ve como la madre se levanta con un precioso pijama azul, bella y sensual como siempre es ella. “Ya voy, ya voy”, le dice a su hija, que cuando la ve venir hacia su cama, se le abre la mayor de sus sonrisas, deja ver esas dos líneas que tiene por ojos y hace feliz a la familia Corcobado-Nieto. La bella madre le da un fuerte beso que deja a su hija Dana feliz. Se duermen todos hasta que Brus aparece de debajo del sofá cama de la biblioteca y vuelve a morderse las patas que le pican como nunca.

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