Saturday, February 03, 2007

03/02/07

Las tardes en que sé que me voy a quedar solo en casa tienen dos partes diferenciadas: un segundo de alegría y el resto de la tarde echándote de menos. Intento organizarme haciendo cosas que no hace falta que estés tú, pero enseguida me doy cuenta que no hay nada que me apetezca más que estar contigo. Miro el reloj que hay encima del armario donde esta la televisión, o las líneas digitales del reloj del aparato de la televisión de Telefónica y pasan los minutos sin que haga nada que valga la pena. “Veré esa película que a ella no le gusta”, me digo, pero a los dos minutos de ponerla, empiezan a cerrarse los ojos y soñar contigo. No estás a mi lado para darme un codazo o una patada cariñosa desde tu sofá, por lo que casi todas esas tardes que me quedo solo y decido ver una película por la televisión, lo hago sentado en tu sofá, pensando que es tú sofá y que no te dormirías si estuvieras a mi lado. Pero como últimamente parece que el sofá esté poseído por un manto de sueño al instante, no tardo más de dos minutos en cerrar mis ojos y soñar contigo.
El sueño de ayer por la tarde volvía a ser un poco lascivo. Ya ni siquiera llevabas el tanga negro o un sostén con puntilla. Directamente ibas con zapatos de tacón de aguja muy afilado que te estilizaban tu figura desnuda hasta llegar a donde estaba yo. Me tumbaba en la cama y te veía desfilar delante de mi. Te acercabas abriendo los ojos como si fueran los labios que iban a besarme y descendías mi cuerpo rodeándolo de besos inacabables que me volvían loco…
Lo malo es que las películas que veo siempre hay un momento en que el protagonista grita más de la cuenta y me despierta de esos sueños. A punto de dejarme besar por ti y de llegar a tocar tu piel con mis dedos extasiados, el maldito grito de un idiota que va de intelectual y dice una de esas frases de guionista aturdido (como si fuera un Woody Allen de pacotilla), hacen que la realidad se despierte en forma de película aburrida que todos los que vamos de enterados de cine decimos que son “tan buenas”. Abro los ojos como si fueran lunas llenas y no dejo de ver tu imagen a punto de abalanzarse sobre mi cuerpo desnudo…Otro grito inoportuno de la televisión me quita las ganas de nada. Cojo el mando a distancia, aprieto el botón rojo y apago el televisor. Me voy a la cama y te espero, pero como ésta tarde tardas más de la cuenta, me quedo dormido, sin sueños y con los zapatos de tacón de aguja a punto de golpear mi cabeza.

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