Friday, January 26, 2007

26/01/07

Los acentos en las palabras, los nombres y las ciudades marcan la inclinación que debe tener tu voz al decir el nombre de tu amado. Como mi nombre nunca tuvo un acento adecuado y hay otros nombres que si lo tiene, quiero cambiar mi nombre por otro que tenga el acento más sonoro del mundo. Voy al registro para que una funcionaria horrorosa me tome las huellas de mis dedos, de todos, y los ponga en un papel blanco que ahora parece dibujado por las olas del mar que son mis dedos. Le digo que me quiero cambiar de nombre para que mi mujer me llame con acento fuerte en todas las sílabas. La mujer no me entiende y me mira por encima de sus gafas horteras como si fuera un bicho raro. Me pregunta qué nombre quiero llevar a partir de ahora, y le digo que el mismo, pero con acento abierto en la primera A. “Su nombre es demasiado corto para llevar acento”, me responde con nerviosismo. “Me da igual, a mi mujer le gustan los nombres con acento y yo quiero uno para mí”. La funcionaria se quita las gafas y las deja encima de una mesa antigua llena de papeles que no sirven para nada. Habla en voz baja diciendo que esas tonterías de enamorados ya no se llevan. “Mi amor por mi mujer es eterno, y si a ella le gustan los nombres con acento, yo me pongo acento en mi nombre y punto”, saco mi yo más guerrillero y me atrinchero detrás de la mesa con una grapadora como arma y cojo a la funcionaria por el cuello. No es una situación que buscaba, pero la mujer me ha puesto muy nervioso con su movimiento constante de gafas, con sus cuchicheos estúpidos y yo solo quiero ponerle un acento abierto a mi nombre para que mi mujer me llame con más ganas. Llegan los servicios de seguridad y reconozco a la chica que va vestida de agente de seguridad. Es la misma que salió el otro día en un reportaje por la televisión diciendo que quería ser agente de seguridad. “Menudo primer día de trabajo me espera”, le oigo decir. Yo sigo atrincherado con la funcionaria cogida del cuello y apuntando a su cuello con una de esas grapadoras gigantes que grapan hasta doscientas hojas juntas. Le digo que me lleve hasta los formularios de cambio de nombre y que rellene el mío con carácter de urgencia. Me pide el número del DNI, el nombre antiguo y el que me quiero poner. Le digo que quiero que se vea muy clarito que la A de mi nombre lleve acento abierto. “Qué coño es acento abierto”, me pregunta con lágrimas en los ojos. “Acento abierto, acento abierto…”, le repito yo mordiéndome la lengua para no disparar la primera grapa sobre su cuello. El director del centro me dice que todo esta controlado, que puedo marcharme. El también tuvo problemas con su nombre y quiso cambiarlo por uno por acento. Me mira fijamente y asiente con la cabeza. “Otro amor platónico con acento que se inmiscuye entre su mujer y usted. A mí me pasó lo mismo. Me cambié el nombre por uno más bonito y ahora mi mujer me adora y ha olvidado a ese amor de adolescencia. Yo soy el hombre de su vida gracias a mi nuevo nombre”, mientras me lo va diciendo yo voy soltando el cuello de la funcionaria y cojo mi papel sellado con la validez de mi nuevo nombre con acento abierto. “Me llamo SÁM, llevo acento abierto en la A y te quiero cada día más”.

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