16/01/07
Se ha vuelto a quedar todo a oscuras. El laboratorio es un agujero gris con puertas metálicas que no dejan escapar a ningún ser vivo. Una lámpara con pie redondo y metálico es la única fuente de energía que tengo dentro de este agujero gris. Una llamada a mi móvil que no soy capaz de atender. La cuelgo antes de que sepa quién me llama. Solo deseo que esa llamada sea tuya, pero otro lado tampoco me gustaría haberte colgado por error. Te llamo y nadie contesta. La oscuridad cada vez se hace más visible a mis ojos. Ya empiezo a distinguir las puertas, las sillas mal colocadas en mitad del camino. Vuelvo a intentar ponerme en contacto contigo pero tu voz no me llega. Estoy metido en un cuento de terror del que soy incapaz de salir.
Todos los compañeros se van corriendo del agujero gris y me dicen que soy yo el encargado de las llaves. Mi cabeza esta aturdida. Consigo hablar con tu número de teléfono, pero me sale la voz de un hombre que no conozco. “Soy yo, tu marido”, me contesta esa voz desconocida. Me quedo parado y cuelgo. Miro la pantalla de mi teléfono móvil y pone tu nombre. No soy capaz de marcar otra vez el botón de rellamada. Las puertas del laboratorio se cierran. Oigo el sonido metálico de cada una de las pesadas puertas que conforman este agujero. Mi tobillo izquierdo sigue empantanado dentro de mi pie. Intento correr para salir de esta oscuridad, pero mi cuerpo no responde. Escucho gritos que vienen de fuera. Mis compañeros intentan regresar dentro del laboratorio, pero una fuerza desconocida parece arrastrarlos hacia fuera. Los animales se mueven dentro de sus jaulas y las ratas y ratones empiezan a chillar. Es ese chillido idéntico al que emiten cuando probamos algún medicamento caducado, pero lo que me asusta es que nadie las está tocando. Los conejos se mueven dentro de sus jaulas y empiezan a salir de su encierro. Oigo sus patas sobre el suelo gris corriendo para liberarse de meses de cautiverio. Mi cuerpo sigue detenido en un punto inexacto del laboratorio. Todo sigue oscuro. No puedo chillar, ni mover un centímetro mi cuerpo. Vuelvo a llamar a tu móvil, pero nadie contesta. Lo dejo eternamente comunicando con tu número y ni siquiera salta la voz aburrida de la operadora de Telefónica anunciándome que el teléfono esta fuera de cobertura o esta apagado. Tiemblo. Intento escribir las últimas palabras por si el mundo se ha terminado para mí, pero en ese mismo instante vuelve la luz al agujero gris, que milagrosamente esta decorado como un magnífico piso moderno con sofás cómodos, camas de agua y luces de colores. Me siento en un sofá de piel blanca que hay justo detrás de mi y cierro los ojos. Todo lo que veo con los ojos cerrados es para mi.

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