Wednesday, January 03, 2007

03/01/07

Otra vez tu voz suena triste. Más problemas en el trabajo y yo sin poder ayudarte como te mereces. Me siento como un niño pequeño que llama a su madre para contarle que ha hecho algo bien. Marco tu número de teléfono sin saber que estás con ganas de dejarlo todo, de marcharte del trabajo porque no aguantas las injusticias que hacen que tú, que eres la que más trabajo haces seas la que siempre se lleva los reproches, mientras otros siguen colocándose bien los calzoncillos porque tres horas sentado en la misma posición en una silla te deja los huevos en bastante mala condición para seguir con tu vida normal. Descuelgas el teléfono y enseguida noto que tu voz no es de fiesta. Suena triste, defraudada, con ganas de escapar. Te pregunto si todo va bien, sabiendo que algo no funciona, y tú, tan bien educada y genial como siempre, haces que a pesar del mal humor y de las pocas ganas de escucharme, me preguntas qué quiero. Yo transformo mi edad biológica en la de un niño de siete u ocho años para contarte que he sido un buen hijo y he llamado al mecánico, al sitio donde pasará la Itv el coche y he decidido a qué lugar vamos a llevar a mis padres un fin de semana para que se sientan orgullosos de sus hijos en los regalos de los Reyes. No tienes ganas de nada, pero me escuchas y me das ánimos. Yo me siento afortunado por tener una mamá tan comprensiva y buena, cuando me doy cuenta que mi mamá no eres tú, que tu eres mi esposa y que te quiero más que a nadie en el mundo. Luego pienso en los caprichos de este niño de siete años (o seis, quizás), y del fastidio que te hice ayer por hacerle comprar a tu madre las zapatillas que tú habías pensado comprarme por sorpresa. Perdona si te chafé la sorpresa, pero solo sabiendo que ibas a dejar de hacer la siesta para ir a comprármelas en tu rato de descanso, para hacerme sonreír, ya me siento el niño más reconfortado. Colgamos los teléfonos y no puedo evitar suspirar de amor. Sé que cuando yo sonrío sintiéndome un afortunado por estar con la mejor mujer del universo, tú seguirás pensando en lo injusta que es la vida, y en por qué el tipo que aposenta sus huevos en la silla del despacho de al lado, tiene que estar sin hacer nada mientras tú te rompes la cabeza en que todo salga bien. “La vida es injusta”, te diría mi amor, pero estás lejos y este niño de seis años solo quiere llegar a casa, que le prepares un cola-cao con leche fría y un par de rebanadas de pan Bimbo con Nocilla para decirte al oído dos palabras: “Te quiero”.

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