Wednesday, December 13, 2006

13/12/06

Cada frase que escribo es una responsabilidad más grande si sé que la vas a leer tan cerca de mí. Cuando te dejo éste escrito encima de la mesa del comedor, o meto la hoja dentro de tu bolso y no te veo leerla ya no pienso en qué efecto podrá tener en ti. Sé que la leerás con detenimiento, cerrando un poco tus maravillosos ojos azules en esas frases que no acabas de entender; o frunciendo un poco las cejas en otras frases que te parezcan poco acertadas. Sé que estarás sentada enfrente a la ventana de tu despacho y que de vez en cuando mirarás a la carretera para ver qué coche ha pasado tan rápido por delante de la fábrica y pensarás para ti: “luego estos son los que no se matan y fastidian a los que vamos bien”; pero retomarás la lectura de mi escrito en el punto exacto en el que estás. Escucharás atenta cada ruido que venga de las escaleras, del despacho de tu hermano o de cualquier punto neurálgico de la fábrica para que no te pillen leyendo una hoja que no tiene nada que ver con el trabajo; y porque tú eres la mejor profesional que he conocido y te gusta hacer las cosas bien y que no te llamen la atención por estar haciendo algo que no toca en ese momento. Tienes que estar muy pendiente de muchas cosas para poder concentrarte en la hoja que te escribo. Y sé que a veces piensas que esta hoja la escribo sin saber qué ponerte, que la hago obligado, pero no es así. Te juro que es el momento del día en que mi cerebro funciona más (ahora no vale reírse y pensar que mi cerebro de una neurona no puede llegar a pensar más de una frase seguida con sentido. No vale reírse, pequeña, que te veo); y que gracias a escribirte cada día mi escritura no se queda oxidada, porque intento mejorar cada día y ser original, imaginar cosas que te hagan sonreír, contarte cuentos de la realidad disfrazados de fábulas…En definitiva, que esta hoja hace sincerarme de verdad (valga la redundancia) y volverte a decir una vez más que te quiero.
Por eso anoche, cuando estabas en la cama leyendo mi hoja del día, sentí un poco de vergüenza al saber que estabas a mi lado con la hoja en la mano. Temía que no te gustase alguna de esas frases que hacen que mi neurona siga funcionando, pero como eres la mayor joya del planeta me susurraste despacio que eran “muy bonitos”, mientras mis ojos sonreían sabiendo que alguna de mis frases te había llegado al corazón.

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