04/12/06
El sudor se puede convertir en un abrigo frío que te hace buscar una manta hasta debajo de la cama. Sudaba esta noche porque mi amada princesa quería dejarme. Mis ojos seguían moviéndose rápidamente. Era como el grupo de música que me gusta. REM (movimiento rápido de ojos; en la fase del sueño en donde las personas sueñan). Y yo empezaba soñando contigo para terminar odiándome por perderte. Empezaba como un sueño, y si te perdía era, por supuesto, una pesadilla. La peor. Pero al principio todo era perfecto. Había la casa con jardín, un perro idéntico a Brus y una niña de coletas negras que salía corriendo de los chorros de agua que salían del césped. Estaba mi cara y tu cuerpo pegados, sentados en las escaleras de una de esas casas que parecen americanas y tanto nos gustan cuando salen en una película o en un documental sobre adopciones, sobre el mal comportamiento de niños o cualquier otra cosa. Era la vida soñada. En la cama mis ojos se movían lentamente. La fase del sueño REM terminaba y empezaba la fase de la pesadilla. El cambio brusco no lo terminé de entender. Ni siquiera lo vi. Pero después de la estampa idílica de nuestra familia en la casa soñada estábamos tú y yo. Era otra vez mi cara, pero esta vez la acompañaba mi cuerpo. Y era tu cuerpo y tu cara. Una discusión sin voces y mis lágrimas estallándome en la cara. Me tenía que ir de tu lado. “Todo se ha terminado”, me decías. “¿Por qué?”, te preguntaba suspirando ruidosamente para intentar explicar el cambio de rumbo de mi sueño. Era una pesadilla que no hacía gracia. Me tenía que ir, no había otra oportunidad. “No he hecho nada”, lloraba y te suplicaba que me explicases qué motivos había provocado esa situación. “Se termino. Hay otro”, me dijiste. Mi sudor me envolvía. Mis ojos se movían cada vez más rápido. Buscaba una manta debajo de la cama, buscaba algo que me ayudase a reestablecer el problema. Era un sueño que parecía real. Me desperté sobresaltado, sudando, suspirando de alivio al ver que todo había sido un sueño. Después de unos minutos de mirar la oscuridad del techo para tranquilizarme me acerqué hasta tu cara y la besé. “Esta aquí, mi princesa, la madre de mis hijos. Te quiero”, te dije al darte un par de besos esta madrugada. No te diste cuenta, pero te cogí suavemente la mano para volver a soñar con el primer sueño. Ese que se hará realidad. El de la casa, el césped mojado, las coletas de una niña corriendo por el jardín y mi cara y tu cuerpo sentados en las escaleras de la entrada. “Soy feliz”, te he dicho sin que me escuchases antes de volver a cerrar los ojos y esperar que el despertador del móvil me devolviese a la realidad.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home