20/11/06
Sentía ese imán que tienes debajo de las sábanas de nuestra cama. Lo sentía y tenía que esperar que terminases de leer una de esas historias del Pronto que recortas y guardas en carpetas de colegiala. Yo luchaba con mis ojos en uno de esos combates a muerte en el que casi siempre salgo perdiendo y volví a cerrar los ojos. La parte de mi cerebro que quiere demostrarte que soy todo un hombre de verdad me daba golpes en los párpados y me gritaba fuerte: “Vuelve a tocar su piel y despierta, imbécil; muchos hombres matarían por dormir junto a la belleza de tu mujer”, sentía las voces de esa parte del cerebro, pero los párpados no se abrían. Escuchaba las hojas que ibas leyendo dejarlas en la mesilla de tu mesa. Alguna vez me pasabas alguna página con historias cortas y asombrosas que sabías que me podían gustar. Entonces no había marcha atrás. Mis ojos volvían a encenderse y el imán se disparaba. Me apretaba fuerte contra tu espalda y le pedía a tus manos que esa hoja fuese la última que leyeses esa noche. Eso significaba que apagarías la luz de la mesilla y podría tener la oportunidad de probar otra vez el mejor manjar que haya construido ningún ser humano. Pero u cuerpo se deslizaba hacia el centro mismo de la cama. Allí justamente donde está el centro del imán que en vez de atraer mi cuerpo al tuyo, parece repelerlo. Protestaba y te decía al oído que no te bajaras todavía hasta las profundidades de la cama, pero ya no me hacías caso y yo volvía a mi trozo de cama a llorar en silencio. La parte de mi cerebro con ganas de demostrarte que soy todo un hombre protestaba. Pero no contra ti, lo hacía contra mí: “Acércate y actúa como un verdadero macho, idiota”, me decía sin parar. Yo hacía que no lo escuchaba y pensaba que si te bajabas hasta el centro del imán que me atrae hacia ti, era porque esta noche no podía tocar todo lo que quería el cuerpo de mi deseo. Entonces me acordé que no quedaban preservativos. “Mañana lo principal para comprar en el Mercadona no son los flanes, ni el pan de 7 cereales, ni siquiera los yogures de sabores. Mañana, lo principal son los preservativos. Así no tendré ninguna excusa que darle a la parte machita de mi cerebro y demostraré a mi princesa de ojos azules todo lo hombre que puedo llegar a ser”. Luego cerré los ojos y seguramente empecé a roncar.

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