16/11/06
Te parecerá una tontería pero estas dos tardes que has estado enferma me generarán en el futuro muchos recuerdos que rescataré de mi memoria cuando esté mal. Sentarme a tu lado en el sofá y notar tu cabeza sobre mi pecho, que quiere recobrar su estado del pasado, cuando éramos novios y me decías que tenía una espalda ancha y fuerte y que te daba miedo cuando te aplastaba contra el cristal del coche antes de hacer el amor. Me ha gustado sentarme en tu sofá y que volvieses a desabrochar los botones de mis vaqueros (estos que ahora serán mis preferidos y solo marcarán lo que tienen que marcar para ti. Solo para ti), o mirar en la televisión esas cosas absurdas que hacemos los españoles y que tanto nos asemejan unos a otros, y que tanto nos diferencian del resto del mundo. Me encantó estirarme estas dos tardes en nuestra cama, que estaba bien echa por ti, y seguir acariciándote sin buscar nada que no deseamos; porque si desearía aplastarte (con cariño) sobre el vidrio del coche y que me dijeras que te gusta mi espalda fuerte o mi pecho musculado, porque todo el deporte que puedo hacer ahora no es para impresionar a nadie que no seas tú. Aunque me imagino que después de los años viviendo juntos ya no te podría impresionar demasiado, a no ser que me creciera “eso” tanto como a ese negro que me dijiste que le medía casi medio metro. Menudo susto de persona al verlo desnudo. En fin, yo me quedo con tu cuerpo, acariciándolo y sintiendo que estoy cada vez más a gusto a tu lado. En nuestra cama estirados, o en tu sofá apoyando tu cabeza sobre mi pecho. Como estos dos días en que has estado enfermita por mi culpa. Me llevo ese recuerdo de tu cabeza sobre mi pecho y la paz que sentía estando a tu lado.

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