15/11/06
He vuelto a retroceder ocho años para pensar en nuestra primera cita. Después de la llamada del miércoles por la noche pasado, teníamos una cita en tu ciudad. Yo conocía un poco el sitio donde habíamos quedado. “Nos vemos a las siete en la parada de autobuses de Granollers”, me dijiste antes de despedirnos. Ya te dije que aquella noche de miércoles no cené la tortilla de patatas de mi madre. Me fui a mi habitación y me miré al espejo. “¿Cuándo tenía que afeitarme para que me saliese la barba exacta donde me encontraba guapo para el domingo?; ¿Qué me pondría de vestir ese mágico día para sorprenderte y gustarte?; Me saldría algún maldito grano de adolescente para fastidiar?”, me preguntaba eso y muchas más cosas mientras ponía cara de italiano feo delante del espejo del lavabo de casa de mis padres. Tu estarías en casa cenando tranquilamente sin preocuparte demasiado, me imagine, y yo estaba en casa a punto de estallar de nervios. Conté los días que faltaban para el domingo como si nunca fuese a llegar, pero al final llegó. Aquel sábado no salí con mis amigos. No podía permitir tener una arruga de más, o tener cara de no haber descansado lo suficiente. Me levanté temprano y ni siquiera leí el periódico. Comí rápido y pronto para poder tener tiempo suficiente para arreglarme bien. Ya tenía decidido que jersey me iba a poner, y los vaqueros que mejor me quedaban también estaban decididos (luego me dijiste que no te gustaron mis piernas de aquella primera cita, pero no sé cómo lo hice que volviste a quedar conmigo una semana después). Me tapé las entradas de la mejor manera que pude y dos horas antes de las siete ya estaba delante de la estación de autobuses. Ya sabes que soy muy puntual, pero no quería que me pasara nada y no pudiese llegar a tiempo a la cita más importante de mi vida. Pasaban algunos minutos de las siete de la tarde cuando te vi aparecer por la calle. Era de noche y hacía frío. Miraste mis piernas y no te gustaron, “eran demasiado delgaduchas”, me dirías tiempo después, pero ese domingo no me di cuenta. Nos dimos dos besos que supieron a gloria y me dijiste que me ibas a llevar a un sitio que seguro que me gustaría. Tenías el coche aparcado en la calle de la tintorería. El mío no lo recuerdo donde lo había dejado, seguramente en el descampado que había cerca de la estación de trenes. Me llevaste con la seguridad que siempre has tenido en tu coche y llegamos a la cafetería de Cardedeu. Me pareció un sitio ideal para tomar nuestro primer café. Tú pediste un cacaolat caliente, y yo no recuerdo que pedí. Solo me acuerdo de los jugadores de fútbol que iba construyendo con las servilletas de papel que destrozaba por los nervios. Me dijiste algo de mis jugadores y ya noté que me harías reír siempre que estuviese a tu lado. La tarde pasó de la mejor manera que podía pasar. Hablamos y mis nervios del principio se fueron diluyendo en la tranquilidad y la belleza que transmitías. No me atrevía a mirarte directamente a los ojos, y yo seguía construyendo jugadores de fútbol con las servilletas de la cafetería. Nos marchamos de vuelta a donde tenía mi coche aparcado y quedamos en que nos llamaríamos para volver a quedar. Un par de besos que volvieron a saber a gloria y de vuelta a casa. La cita más importante de mi vida había terminado bien. “Espero que me llame pronto”, pensé nada más entrar en el coche. Me miré en el espejo retrovisor de mi golf y me guiñé el ojo poniendo cara de italiano feo. “Es la mujer de mi vida”, me repetía sin parar escuchando alguna cinta de música de Bruce, de U2 o de alguno de esos que me gustan. “Es la mujer de mi vida”.

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