Friday, December 01, 2006

01/12/06

Ya le pasó a un famoso escritor francés de hace unos siglos lo mismo que me acaba de pasar a mí. A aquel famoso escritor, el hecho de mojar una madalena en su taza de leche caliente con miel le hizo retroceder a su tierna infancia. Empezó a recordar cada paso que había dado en su pequeño pueblo de la campiña, junto a sus hermanos, los amigos de la infancia que no se olvidan y su primer y gran amor; cerró los ojos y se puso a escribir el primero de los siete libros en los que al final quedó cerrada su obra sobre los recuerdos de la infancia. Y todo le vino por mojar una madalena en la taza de leche caliente con miel, una mañana fría de diciembre en la que leía las noticias en el periódico mientras saboreaba aquella madalena del recuerdo.
Eso me ha pasado a mi con la naranja más dulce que he comido en mi vida. El aspecto exterior no presagiaba su dulzura. Estaba arrugada, con un par de manchas verdes que amenazaban un punto de amargura que no tenía. He pelado la naranja con la mente deambulando sobre la magia de tus ojos. Pensaba en la mirada que lanzas cuando quieres matarme. Miras de perfil y haces que tus ojos azules enormes se claven en mis pupilas para sentir vergüenza de mi mismo. “Cómo se pudo enamorar de mi”, me pregunto cuando me miras así. La naranja me daba dificultades, pero la ayuda final del cuchillo de mango azul que tengo en el laboratorio ha terminado por pelarla del todo. La he abierto por la mitad. “Una naranja partida en dos; mi media naranja ya ha terminado de desayunar y se estará tomando el segundo café de la mañana”, he pensado. Mi pensamiento se ha quedado en blanco al abrir la boca y meterme el primer gajo de naranja en la boca. Eso solo ha durado una milésima de segundo. Su sabor dulce, exquisito, perfecto, ha llenado mi boca como si fuera la última fruta que pudiese comerme en mi vida. Luego han venido las imágenes de la primera vez que te vi. Al famoso escritor francés le vinieron imágenes de su infancia, porque fue la época más feliz de su vida. A mí me han venido las imágenes de la primera vez que te vi. Esa entrada tuya vestida de negro montada en la nube más blanca que he visto en mi vida. He cerrado los ojos y he sonreído. “Mi media naranja estará a punto de mirar su teléfono cuando le escriba este mensaje”, y he apretado el botón de enviar en mi móvil. Yo seguía con los ojos cerrados, saboreando el momento más feliz de mi vida. Aquella noche de noviembre cuando entraste en el restaurante y todo cambio para mí.

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