Tuesday, November 21, 2006

21/11/06

Era nuestra segunda cita. Un sábado de otoño, creo que frío y con los mismos problemas de elección de ropa para impresionarte que había tenido el domingo anterior. Pero algo flotaba en el aire de que ese sábado iba a ser especial.
Tenías que comprar regalos para toda la familia: cumpleaños, aniversarios de boda, santos. Mi cabeza no asumía todavía las fechas, nombres y datos que me ibas dando. Solo tenía claro una cosa: estabas tú a mi lado y eso era lo único importante ese día.
Paseamos por las tiendas del centro de mi ciudad sintiéndome importante cada vez que me decías lo mucho que te gustaban esas tiendas. Miraste zapatos, bolsos, flores en la parada que hay en la plaza principal, justo enfrente del frankfurt más famoso de la ciudad. Se me pasó por la cabeza invitarte a comernos un par de frankfurts allí, pero una chica tan guapa no podía mezclarse con la gente vulgar de un antro como aquel, a pesar que allí hiciesen los mejores bocadillos de la ciudad. Decidí invitarte a una cafetería con nombre del centro en donde se puede cenar. Nos pusieron en una mesa de la parte más interior. Habían espejos en los que se reflejaba tu pelo dorado, tus ojos azules que me mataban y de refilón hasta podía ver mi cara de enamorado perdido cada vez que mis ojos se tropezaban con mi cara reflejada en alguno de esos espejos. Cenamos algo ligero y el tiempo se nos puso de nuestra parte. Entonces no lo pensé, pero era la hora ideal para irnos a tomar algo a un karaoke que había en el puerto de Mataró. Era demasiado temprano para ir a una discoteca, y muy tarde para tomar un café en alguna cafetería. Aparcamos en la arena del parking todavía vacía de la playa. Nos sentamos en una mesa retirada del escenario y creo que un par de amigos medio borrachos cantaban una canción cogiendo el micro a cuatro manos. Pedimos las bebidas y mi corazón empezaba a volverse loco. Pasaron los minutos y de repente encontré tus labios cerrando mi boca. Supongo que habría dicho eso que te acabó de convencer que esa noche tus besos serían para mí: “Es que yo nunca me quedo con la princesa”, te dije. Y la princesa miró al sapo que estaba a su lado en el karaoke y lo besó. Ese sapo sigue dando las gracias cada día por seguir estando a tu lado, porque tus labios se acercasen a los míos y los besase. Aunque luego me dijiste que me harías mucho daño. No me importaba. Me había inoculado el veneno del amor y ya nada me podía separar de ti. El sapo quiere darte las gracias por los mejores ocho años de mi vida. TE QUIERO SIEMPRE.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home