11/01/07
Imagínate que un día me acompañas al médico y la enfermera me hace desnudarme. “Entra en el lavabo, te quitas la ropa y te pones este batín azul casi transparente sobre el cuerpo y te tumbas ahí”, me dice una enfermera resultona, con escote a punto de explotar y labios a un paso de ser los de Angelina Jolie. Me despeloto con nerviosismo, me pongo la bata esa que no sirve para nada y me tumbo en una cama de cuero negro y papeles finísimos que hacen de sábana. Tú, por supuesto, estás sentada a mi lado. Me alargas la mano y la acaricias con mimo. Me dices que todo va a ir bien, que no me preocupe. La enfermera resultona se acerca hasta mi posición y me pregunta intimidades que soy incapaz de responder. Me pongo rojo y te miro pidiéndote desesperadamente ayuda. Tu contestas lo que puedes, pero no sabes decir cuándo tuve mi primera relación sexual, o cuánto mide mi miembro en estado de descanso. “Son preguntas rutinarias, no te preocupes, no pasa nada”, nos dice la enfermera resultona. Una vez que ha terminado de hacerme (nos) esas preguntas, entra una doctora, madurita pero también resultona, que resulta ser la sustituta del urólogo de toda la vida que no ha podido venir “porque esta enfermo y tengo que ser yo quién te haga la revisión anual de tu estado y de tu aparato reproductor”. La enfermera y la doctora resultonas se acercan a mí. Una empieza a tocarme la cabeza (ya con menos pelos, porque esto pasaría en un futuro, espero que tan lejano que no tenga que vivirlo), me acarician el pelo y me tocan el cuello, bajan hasta mi pecho peludo y me empiezan a tocar los pezones, rodeándolos ligeramente hasta que se me ponen duros. La enfermera saca un cronómetro y apunto que he tardado menos de un minuto en tener los pezones erectos. Tú me miras seria y yo sonrío con cara estúpida. Entonces llega el final apoteósico. La doctora madura y resultona me toca mi miembro para ver si tengo alguna malformación externa, comprueba el color, el tacto, hasta el olor. La enfermera sigue apuntando todo lo que le va diciendo: “Buen color, buen tacto, un poco pequeño pero juguetón...”, tú estás a punto de levantarte del sofá y darle un par de bofetadas a las dos, pero como estamos en el médico no dices nada y aguantas. Luego llega el peor final. “Para comprobar cómo está tu próstata tengo que meterte un momento el dedo por el ano...espero que no te importe”, nos dice la doctora mirándonos a los dos casi al unísono. Se pone unos guantes de látex, se pone un poco de vaselina en los dedos y...entonces yo me levanto con la bata azul a medio poner, me meto en el lavabo recojo mi ropa, te cojo la mano y salimos de allí pitando. “¡Hasta aquí podría llegar un sueño estúpido! Yo me quedo con mi mujer para toda la vida, y además, mi próstata de momento está en perfectas condiciones”. Salimos corriendo del médico y te doy un beso como los que te daba cuando éramos novios.

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