10/01/07
Todavía no te he contado que esta noche hemos dormido un rato con las manos entrelazadas. Tu mirabas hacia la cortina de la habitación (es tu lado favorito) y yo me acurrucaba con una sonrisa de satisfacción junto a tu cuerpo. La bolsa de agua que había comprado en una farmacia de la ciudad ya estaba fuera de la cama. Solo sirven mis pies para calentar los tuyos. No hay nada más efectivo que mis pies (espero que lo sean siempre). Pero lo que me ha hecho disfrutar durante unos minutos ha sido dormir con nuestras manos unidas. Bueno, más bien eras tú quien dormías y yo mantenía una posición un tanto incómoda hasta que me he dado cuenta que te habías quedado profundamente dormida. Al principio todo iba como las mejores noches durmiendo junto a ti: lucha de pies debajo del edredón, rozaduras de mis duricias a tus finos y delicados dedos, mi brazo izquierdo que no sabía dónde colocarse y tu espalda contra mi pecho. En un momento de inspiración divina he conseguido entrelazar mis dedos a los tuyos. Mi mano derecha ha conseguido abrazar a tu mano derecha y se han quedado así, todavía despiertos, durante un rato. La postura de mi cuerpo era al principio la más cómoda del mundo, pero poco a poco he notado que tu te ibas durmiendo. Escuchaba tu respiración profunda y tu mano se agarraba fuerte a la mía sin quererse desprender. Mi cuerpo empezaba a necesitar un ligero movimiento, un centímetro nada más, pero no quería despertarte y fastidiar ese momento mágico. Mi mano derecha ha empezado a notar el hormigueo anterior a dormirse. Tu respiración era cada vez más profunda y ya tenía más que claro que estabas profundamente dormida. Mis piernas, cansadas de la carrera de más de una hora de la tarde, se habían quedado torcidas para no rasparte con mis duricias y el brazo izquierdo empezaba a necesitar un poco más de sangre para no cangrenarse y tener que amputarlo antes de tiempo. Pero era feliz. La mujer de mi vida se había quedado dormida con mi mano entrelazada a la suya. Mi cuerpo era un hormiguero sin control que estaba a punto de romperse, pero yo era feliz. Dormías tan plácidamente que era incapaz de moverme un centímetro. No quería despertarte, pero mi cuerpo necesitaba un espacio de libertad para no morir de felicidad. Al final, y muy a mi pesar, he podido sacar mi brazo izquierdo de la postura extraña en la que estaba, he conseguido mover mis piernas para que pudiesen moverse y he movido mi cuerpo ese centímetro que necesitaba para que mi sangre volviese a circular sin problemas. Las manos se han desenganchado las últimas. Ya no era feliz, porque no dormías con mis manos entrelazadas a las tuyas, pero al menos he podido seguir viviendo para contártelo. Esta noche más, pero intentaré mantener mi cuerpo en una postura más adecuada. Y si no, me da igual, ya que prefiero morir con tus manos entrelazadas que dormir plácidamente. Soy así.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home