02/02/07
Caminabas por el pasillo sin más ropa que mi imaginación caliente y un tanga negro a punto de salirse de su sitio. Te mirabas al espejo y guiñabas un ojo. Creo que el izquierdo, para verte mejor un punto negro que te había salido en la mejilla derecha. “Creo que quiero tener una niña con mis rasgos”, me dijiste. Aquel cambio de registro en mi mente, al principio me desvarió. Yo ya me había metido en el cuerpo del marido cumplidor que tiene que arrancar la ropa de su mujer de un bocado, tirar el tanga negro a los pies de la cama y dejarte el cuello rojo de besos apasionados. Mi cabeza dio un tumbo. “¿Ahora?”, pregunté yo con el lío mental sin ordenar. “No sé, creo que sí”, me contestaste, mientras seguías buscan el maldito punto negro que es incapaz de afear una milésima parte de tu belleza. Creo que luego te probaste más ropa de la que querías dar y te sentías un poco mal de haber comprado jerseys que nunca te habías puesto. “Mira, todavía tiene la etiqueta”, me dijiste de un par de jerseys negros con piedrecitas que dejaste en la mesa del comedor. El tanga negro seguía siendo tu única ropa. Eso y unas botas negras de tacón muy fino. “Antes sabía caminar bien con tacones, pero ya no puedo, no aguanto mucho”, soltaste con un jersey de malla negra que transparentaba tu torso desnudo. Ya no podía aguantar más el lío que había en mi cabeza. Tenía que remediar mi calentura abrazándote tan fuerte que nuestros dos cuerpos se fundiesen en uno, pero no podía quitarme de la cabeza la imagen que había surgido desde que habías dicho que querías tener una niña con tus rasgos. De repente aparecieron dos figuras diminutas correteando por el pasillo intentando quitarle el pato de goma a Brus. Él corría con mucho cuidado. Dos niñas de dos o tres años con las piernas gorditas, el pelo recogido en dos coletas de colores diferentes. Una muy morena y con rasgos orientales. Nuestra chinita venida de oriente, nuestro hilo rojo atado y bien atado en casa. Era un poco la líder de las dos. “Sooy a mayor”, empezaba a decirle a su hermana, unos meses más pequeña que ella. Y la hermana era idéntica a ti. Unos enormes ojos azules que se abrían como dos lunas llenas hacían juego con las lunas en cuarto creciente de nuestra pequeña chinita. Dos coletas recogidas por las mañanas en sesiones maratonianas de preparación al colegio. Dos pequeñas ladronas de corazones que nos tenían muertos de felicidad. Brus les quitaba su patito de goma y se subía a nuestra cama para morderlo tranquilamente, pero inmediatamente después subían nuestros dos diablillos encima de él para quitárselo. A veces veíamos a Brus desistir de su energía y se metía debajo de la cama para no tener que jugar más con ellas: “No hay quién pueda con estos terremotos”, parecían decir los ojos de Brus. Mientras, tú seguías paseándote por el pasillo únicamente con ese tanga negro que esta noche te volveré a quitar con los dientes; y la imagen de nuestras pequeñas corriendo por el pasillo se mezclaban en mi cabeza. “Ahora toca el tanga negro, después llegarán las niñas”, me iba repitiendo con insistencia dentro de mi cerebro, en una lucha que durará el resto de mi vida.

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