Monday, February 05, 2007

05/02/07

Un fin de semana da para mucho. Puede empezar el sábado a la hora de comer quedando en un centro comercial como dos novios enamorados y terminar el domingo por la noche con una discusión por culpa de un correo electrónico de alguien que ya no es bienvenido. Así se podía resumir lo que nos ha pasado este fin de semana. La vida da muchas vueltas y los besos de novios ilusionados que nos dimos en la puerta del Cortefiel del Mataró Park quedan borrados unas horas después con la ingesta demasiado abundante del chorizo del caldo que me hacen no poder moverme después de una siesta demasiado larga para mí, y que hacen que no me apetezca hacer el amor (ni nada) contigo. No es que ya no me resultes atractiva ni deseable, todo lo contrario. Cada vez te veo más guapa; una belleza serena y sin artificios que sé que durará siempre en ti. No importa que ahora peses un poco más de lo que mereces (el esfuerzo algún día se te verá recompensado, ya lo verás), no importa que te salgan granos en la cara (tu adolescencia eterna es así; muchas querrían tener tu piel y a los 35 parecen un vejestorio, tú todavía aparentas ser una chica de veintipocos); pronto desaparecerán esos kilos y esos granos de adolescente y te verás tan bella como yo te veo a ti. Siempre te veo guapa. Y no es amor de marido enamorado, es amor hacia ti por ser como eres: sincera, simpática, inteligente. Una mujer 10 que sigue volviéndome loco cada día que pasa.
“La culpa fue del chorizo, mi amor”, te diría ahora. No sabes lo mal que me sienta que me recrimines eso que a otros maridos es tan difícil de conseguir. Hacer el amor contigo siempre es un 10 en la escala de la felicidad y no sé por qué me cuesta hacerlo más a menudo. Debe ser que al tenerte tan cerca me siento inferior y no sé cómo buscarte. Ya no soy el adolescente impulsivo que te tiraba contra el vidrio del coche y te desnudaba a media tarde mientras pasaba la gente por nuestro lado. Me hago viejo y las fuerzas sexuales se me disminuyen, pero no eres tu la culpable; la culpa es mía. De verdad.
Y por último el puñetero correo electrónico de esa. No habido nunca nada que me doliese tanto y estuviese a punto de hacerme perder lo que más quiero que enviar correos electrónicos a gente que no se lo merecían. La última bronca por culpa de estos correos fue por culpa de esta escritora que me gustaba como escribía y yo la confundí diciéndole que era demasiado maravillosa. Me dije que “jamás me volvería a pasar nada por culpa de eso. Que jamás escribiría un correo electrónico a ninguna mujer que no fueras tu, que eres la única que te lo mereces”. Por eso no quiero saber nada de ella, ni de nadie que no seas tu. Solo te quiero a ti, princesa de los ojos más azules y grandes del mundo. Te quiero como nunca querré a nadie. De eso estoy al 100% seguro.

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