Friday, February 16, 2007

16/02/07

Todavía no sé si lo de esta noche ha sido un sueño o una pesadilla. Un día de compras por las tiendas más exclusivas de la ciudad, por los mercados más tirados del extrarradio y la compañía perfecta de ti a mi lado. Te cuento.
Notaba que la primera tienda a la que entrábamos era de esas que no nos atienden por menos de un millón de euros en el bolsillo. Pero la dependienta, nada más verte, supo que eras alguien importante que no quería dárselas de diva y te atendió solo a ti. Tú pedías cada vez una talla más pequeña y la chica se desesperaba porque no la encontraba. Era una de esas tiendas en las que tienen más de una marca conocida: Chanel, Gaultier, Adolfo Domínguez, Carolina Herrera... Se te antojo una traje chaqueta de ésta última y pediste la talla 34. “Lo siento, pero esa talla no la tenemos”, te dijo la dependienta sudando. “Es que me gusta solo ese traje chaqueta”, le replicaste tu. “Un momento que enseguida lo solucionamos”, contesto la dependienta abriendo una puerta que estaba justo detrás de las prendas. Allí estaba la misma Carolina Herrera que estaba pendiente de ti. Si tú necesitabas una talla 34 de ese traje chaqueta, ella misma te lo cortaría, te lo cosería y lo plancharía para ti. “Lo siento señora, ahora mismo se lo hago”, te decía la propia Carolina Herrera mientras cosía la talla 34 para ti. Mientras, yo me paseaba por un mercadillo tirado que había al lado de la tienda exclusiva y miraba unas camisetas para correr que tenían una figura conocida en la parte delantera. “Club Atlético Bruce Springsteen”, ponía en el escudo de la camiseta. Una señora gorda que también estaba mirando camisetas para correr se abalanzó sobre la camiseta y me la arrebato con una sonrisa maléfica. “Es míaaa”, dijo imitando aquel anuncio de televisión. Era la única que quedaba. En el dibujo se veía a Bruce corriendo la maratón de Nueva York con su guitarra al hombro. La gorda salió corriendo al mostrador para pagarla e irse del mercadillo. Tú seguía probándote tallas cada vez más pequeñas del traje chaqueta que te hacía especialmente para ti Carolina Herrera. “No lo entiendo”, decías, “ayer mismo tenía una 34 en unos vaqueros que me compré y hoy no me cabe ni una 26”. La pobre Carolina Herrera cosía y cosía cada vez trajes de chaqueta más pequeños. Yo empecé a seguir a la gorda con la camiseta de Bruce corriendo y no era capaz de alcanzarla. Corría como nunca he corrido en mi vida, pero la gorda se escapaba y me sonreía con maldad. Desistí en perseguirla más y volví a tu lado. Carolina Herrera ya estaba cortando los patrones para una talla 24 cuando empezaste a llorar diciendo que no era justo que no tuviesen tu talla. “Ya lo sé cariño, lo mejor que podíamos hacer es ir al Bullí, que tengo mesa reservada para nosotros dos y Ferrán Adrià nos va a cocinar solo a nosotros dos”, te dije mientras te acariciaba el pelo. Nos sentamos en la mesa central del Bullí y una corte de enanos vestidos de camareros con platos que pesaban toneladas nos traían el primer plato: “Una deliciosa pizza cuatro quesos”, nos decía Adrià con su peculiar forma de hablar. Una pizza idéntica a la que esta noche te vas a comer para no tener que llegar a tener esos problemas en tiendas exclusivas porque no tengan tu talla. Y tú qué crees, que era una pesadilla o un sueño mágico.

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