22/02/07
Paseando esta mañana por el laboratorio me he acordado de mi antiguo jefe. Era un tipo raro que tenía gracia. Una especie de científico loco que no acababa de tener ni idea de qué se hacía en el laboratorio, pero que sabía vender perfectamente que lo dominaba todo como nadie. Pues en uno de esos paseos por el laboratorio me acordé de aquel día que vino desesperado hacia mí y me soltó algo que no he olvidado desde entonces.
“El otro día vi a un tío en el mercado de Mataró que era idéntico a ti, con un pedazo de rubia...impresionante...”, lo dijo sabiendo que era yo el tío ese, y la rubia, por supuesto, se refería a ti. Me acuerdo que eran épocas navideñas. Quizás las primeras Navidades que pasamos juntos y que en uno de esos sábados de invierno anteriores a esas Navidades, nos fuimos a pasear al mercado de Mataró. Con los puestos de belenes, figuritas, árboles de Navidad y demás artilugios para las fiestas. Me acuerdo con nos cruzamos con él y su mujer. Nos saludamos con alguna palabra de cortesía y vi en sus ojos cómo te miraba. Las gafas de científico loco que se supone que lleva dieron tres vueltas de campanas y aterrizaron en su cabeza porque no había otro lugar mejor para hacerlo. Se le pusieron los ojos como platos y no pude comprobar algo que seguro que hizo: girarse descaradamente para ver qué culo tenías, o cómo estabas de espaldas. Me imagino que la mujer le dio un par de codazos de consideración en el estómago para avisarle que eso no se hace. No tardo mucho el lunes siguiente a nuestro encuentro en el mercado de Mataró para decirme aquello. Seguro que se pasó todo el fin de semana dándose golpes en la cabeza contra la pared maldiciendo su mala suerte y envidiando mi tremenda buena suerte. “Qué maricón éste Sam, y parecía tonto cuando empezó aquí; y mira qué pedazo de tía que lleva a su lado…”, y venga a darse golpes contra la pared, mirando a su mujer o a cualquier otra mujer que pasase por la calle y no encontrando ninguna que te superase.
Ahora vuelvo a pasear y me acuerdo de la cara de satisfacción con la que me lo dijo. En el fondo estaba orgulloso de que uno de sus trabajadores tuviera tanta suerte, pero creo recordar que aquel lunes tuve mucho más trabajo de lo normal. La envidia le seguiría corriendo por las venas y de alguna manera se lo tenía que cobrar: “Esta bien, tú tienes una pedazo de mujer a tu lado, pero yo soy tu jefe y te voy a fastidiar”, seguro que pensó aquel lunes que me mandó hacer todos los análisis del día en menos tiempo de lo normal.
Y tú, que cada vez estás mejor. Bajando tanto de peso ni mi antiguo jefe te conocería. Estás cada vez mejor. A mí me gustas incluso más que entonces. Has madurado, eres la mujer más bella del universo y cada vez pesas menos. “81.7 y bajando”, madre mía, pronto tendré que ir por la calle con un bate de béisbol o con una escoba para ahuyentar a los moscones que se girarán para mirarte el culo, como seguro que hizo mi antiguo jefe hace unos años cuando me dijo que “un tipo parecido a mi iba con una tía impresionante”.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home