Thursday, November 30, 2006

30/11/06

Los celos forman una pelota indigesta que se queda atravesada en el estómago. Sigue instalada esa pelota dentro de mi cuerpo y soy incapaz de expulsarla. Desde ayer por la tarde, cuando me dijiste que ibas a la peluquería a ponerte más guapa (si es que eso es posible) y que iba a coincidir con la despedida de tu asesor del Banco Santander. Esa pelota de celos empezó a crecer dentro de mí y ya no pude detenerla. La imaginación siempre juega malas pasadas cuando se mezcla con los celos y ya me he visto decenas de casos que podrían pasar si yo fuera el asesor bancario de una mujer tan espectacular como tu. No importa si su mujer es fea o guapa; si están bien o no; lo que es inevitable es tu belleza, simpatía, inteligencia, saber estar, tus maneras, tu sonrisa, tu pelo recién cortado, tus ojos enormes pintados con una fina raya de rímel para matarnos a todos de un ataque al corazón. Me imagino que soy yo ese asesor tuyo y no me importaría que estuvieras casada. “No creo que haya una mujer más perfecta que ella”, pensaría yo. La bola de celos sigue creciendo y mi imaginación no debe alimentarse de ella. Tengo que seguir pensando que eres la parte más importante de mi vida y que no puedo perderte. El asesor de banco se quedará prendado (ya lo estará él y todos los que se cruzan con tu belleza, inteligencia, simpatía…), y además es capaz de darte el número de su teléfono para saber que puedes contar con él. Confío ciegamente en ti y sé que tu felicidad es lo primero. Ya te dije que lo que escuche en una de las telenovelas que ves lo puedes aplicar contigo. “Yo soy feliz cuando tú lo eres a pesar de que pueda salir perdiendo”, o algo parecido. Pero soy egoísta y te quiero siempre a mi lado. Ya pueden venir millones de asesores de banco, banqueros, jugadores de fútbol o músicos de rock, que yo estaré a tu lado para apartarlos como moscas; (además, ya sabes que una de mis especialidades es atrapar las moscas al vuelo y sacarlas fuera de casa). Pero no voy a nada que sé perjudicial contra ti. Primero estás tú y luego el resto del mundo y de mi vida. Tú eres mi vida y espero que lo seas siempre. Por muchos errores que cometa quiero que tengas claro la misma cosa que muchas veces te repito: Eres la mujer de mi vida y nunca dejaré de quererte.

Tuesday, November 28, 2006

28/11/06

Llevo más de una hora sin oír tu voz. A la séptima señal de mi móvil has descolgado y me has dicho una sola frase: “Te llamo luego”. Te he mandado un beso que no sé si habrás escuchado y un perdón mental por no ser cómo te mereces. Me duele más que a ti verte así. Sé que en parte es por mi culpa y por las decepciones que te hago pasar. Te prometí que no volvería a hacer nada que no te merecieses, pero volví a mirar esas páginas para pasar el rato. Ya no hay correos a nadie, solo son miradas a cuerpos que no quiero tocar y que te han decepcionado que tu marido también los mire. No sé cómo decirte lo que te repito muchas veces: “Solo estás tú, no hay nadie más importante en mi vida. No hay nadie más en mi vida”. Te necesito y no soluciono tus problemas. Me gustaría hacerte sentir la mitad de orgulloso que yo lo estoy de estar a tu lado. Pero yo siempre fallo, me equivoco y estropeo los buenos momentos. Te sonará a canción demasiadas veces escuchada si te digo que no tendrás que volver a sentirte decepcionada por nada de lo que haga, te sonará a cuento; pero no volveré a hacer nada que te decepcione. No miraré esas páginas nunca más. No las necesito; es una cuestión del hombre ser tan asqueroso, lo siento. No volverá a pasar. Yo no soy tan malo ni tan penoso como puedes pensar. Soy una persona normal que tiene sus fallos y comete errores, pero que tiene una sola cosa clara en su mente: te quiero y quiero vivir el resto de mi vida junto a ti. Ojalá mis escritos sean siempre cuentos que te hiciesen reír. Te escribiré cada día, te diré cada día lo mucho que te necesito y que te quiero, aunque te suene a repetido. Te pediré perdón para que me vuelvas a ver como el padre de tus hijos. Ya sé que te pido demasiado, porque tú vales millones de veces más que yo, pero te quiero y te cuidaré siempre.
Todavía no he recibido tu llamada y me muero por dentro. Cruzaré los dedos para que la decepción vuelva a transformarse en un beso tuyo.
Eres la mujer de mi vida. TE QUIERO.

Monday, November 27, 2006

27/11/06

Preferiría verme a mi enfermo o sin ganas de nada que verte a ti acostarte a las nueve y media de la noche sin ganas de nada. Me duele más que un puñetazo en la cabeza del campeón del mundo de los pesos pesados de boxeo ver a la mujer de mi vida tan triste. Y soy incapaz de alegrarte un segundo la vida. Al contrario, parece que mis visitas por Internet no dejan de defraudarte. No quiero que pienses que necesito ver a nadie que no seas tu desnuda; son cosas de hombres idiotas como yo que tienen el pecado de unas tetas o un culo al alcance de una tecla y lo miran sabiendo que no soy de esos que lo necesitan. Tengo en casa a toda una mujer de verdad que me daría mucho más de lo que me podrían dar ninguna de esas cualquieras, pero lo miro y me decepciono. Vuelvo a prometerte algo que intentaré cumplir; pero no voy a mirar más ese tipo de páginas, te lo prometo.
No sé si eso fue lo que te hizo marcharte tan temprano a la cama. Como el ser humano es tan narcisista quise pensar que fue por mi culpa que te fueras enfadada a la cama, defraudada por mi culpa. Que tu marido sea tan vulgar no entraba dentro de tus planes. Lo siento. Te vuelvo a pedir disculpas por mis errores infantiles. Tengo clarísimo que eres la única mujer con la que quiero estar. Tengo clarísimo que no necesito a nadie más, pero volví a mirar eso. No lo volveré a hacer. Aunque eso no sea lo que te ponga triste, a mi si que me hace indignarme conmigo mismo. “Eres el subnormal más imbécil de la historia. Gili…”, me repito una y otra vez en la cabeza. No necesito buscar en una pantalla de ordenador nada que no tenga en casa. Tú vales infinitamente mucho más que todas esas. Lo repito, me hago pesado y me repito. No volverá a pasar.
Pero lo importante eres tú. Yo tengo que ser la persona que te haga sonreír. Tengo que ser quién te diga qué hacer en éstos días de bajón que hace demasiado que dura. Yo tengo que cuidarte, amarte, decirte lo guapa que eres, lo mucho que te necesito, lo mucho que vales, lo importante que eres en mi vida. Eres lo más importante que me pasará nunca en mi vida. Pase lo que pase te lo digo hoy, mañana y siempre. No habrá nadie más importante que tu. Por eso quiero que lo nuestro dure siempre, que lo nuestro no tenga más final que un punto y a parte en el cielo cuando yo te espere y tu llegues después para seguir nuestra historia de amor. Los baches son para pasarlos y reírse después de las pruebas que nos pone Dios o quien sea para seguir adelante. Tengo que hacer lo imposible para que tu sonrisa vuelva a llenar nuestra casa. Tengo que conseguir que nuestro amor no muera nunca. No volveré a equivocarme. No volveré a fallar. Te quiero. Te necesito, mi amor.

Friday, November 24, 2006

24/11/06

No sé si ya te he contado uno de mis sueños raros que tenía cuando era adolescente. Todo se remonta a la época maligna de los granos gigantes de pus en la cara. Todos hemos sufrido ese problema que parece que nunca se vaya a solucionar. Te miras al espejo justo antes de ir por primera vez a la discoteca y allí está, el maldito grano de pus en medio de la cara. En esos días de pesadumbre por los granos en la cara solía pensar en que no todo en la vida de los granos iba a ser malo. Me imaginaba que uno de esos granos terriblemente enormes de pus que conseguía tener en mi adolescencia tenían una sorpresa dentro. Pensaba que uno de esos granos guardaba dentro a una especie de genio de la lámpara, que al salir del grano de pus se me aparecería delante de mi tras una cortina de humo; la típica cortina de humo que se ven en las películas cuando aparece un genio dentro de una lámpara o cuando un mago hace un truco de magia y hace desaparecer a su guapa y muda ayudante. Pues en eso se basaban las explosiones asquerosas de mis granos de pus, en esperar que dentro de uno de esos estuviera el “genio de los granos de pus”, que es como creo que lo llamaba entonces. Ahora ya no pienso en que puedan existir esos genios de los granos de pus. A pesar de que a veces me salga alguno que por su tamaño pueda esconder a uno de esos genios dentro. Y te estarás preguntando a qué demonios viene contarte ahora mis sueños raros de adolescencia; o seguramente ya sabrás que vienen por tu precioso grano de ayer. (Ya tengo bien claro que tu inteligencia esta muy por encima de la mía y que por muchos giros que quieran hacer en las series de televisión, como Perdidos, en sus guiones, tú ya sabes qué va a pasar antes de que suceda). Pues bueno, tu grano de pus me hizo recordar esos días de adolescencia con sueños extraños que me llevan a pensar que dentro de aquellos posibles deseos que quería pedir al genio de los granos de pus estaba encontrar a la más maravillosa mujer del mundo solo para mí. Tengo claro que aunque no vi al genio de los granos de pus, me hizo caso y me concedió ese deseo: estar con la mujer más bella, simpática, inteligente….del mundo. Esa eres tu. Mi auténtica genia y musa de los granos de pus (con perdón). Te quiero.

Thursday, November 23, 2006

23/11/06

Te escuchaba hablar por el teléfono con cualquiera y veía esa cara que transmite alegría. Yo estaba en el laboratorio, mirando la hora exacta para poder hablar contigo; pasaban pocos minutos de las dos y cuarto de la tarde y sabía que a esa hora llegabas a casa. Me descolgaste suavemente para decirme que me esperase un momento. Enseguida entendí que todavía estaba en casa quien te hace levantarte cada quince días más temprano y te obliga a dejar la noche anterior todos los papeles bien recogidos para que pueda limpiar mejor. Es un fastidio, pero tu voz transmitía la alegría que siempre sabes dar a la gente. Ese saber hacer las cosas, el “savoir fair” que creo dicen los franceses (no me hagas mucho caso, mi francés no pasó de la primera lección: Je t´aime, solo para ti). Le explicabas las mismas cosas que le podría explicar cualquiera pero con esa manera tan tuya que tanto me gusta escuchar. Y allí estaba yo, espiando tu charla amistosa y sintiéndome tan orgulloso de poder estar con la mujer más increíble del mundo. Me encanta esa manera tuya de tratar a la gente. Ya sea limpiadora de casas, oficinista, vendedora de un supermercado, mi madre o cualquier persona con la que nos encontremos. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Sé que puedo ir tranquilo a los sitios porque tú hablarás por los dos y sabrás hacerlo perfectamente. No me imagino no estar a tu lado y tener que hacer esas cosas yo solo. Mi media naranja eres tú y esa es una de las muchas cosas que lo certifican. Luego pensaba en el día que tengamos a nuestra chinita jugando con el Brus y tus ojos enormes despidiendo rayos de ilusión y felicidad. Yo miraré el cuadro perfecto desde la distancia suficiente para poder disfrutarlo mejor. Reñirás tu más veces a la niña, le dirás lo que esta mal y lo que está bien; a mi vendrá para jugar o para otras cosas, pero su Mama será la que sepa hablar con ella de los temas importantes. Ya ves, otro motivo para sentirme feliz al lado de mi media naranja. Otro motivo para decirte lo mucho que te quiero.

Wednesday, November 22, 2006

22/11/06

Entré en silencio en casa y tus ojos me despertaron. El celofán de las flores no podía hacer ruido. Era el momento de tu siesta y ese silencio debía ser cuidado para no fastidiar el momento. El segundo ramo estaba delante de ti en diferentes circunstancias. El de ayer era que no iba a terminar en la basura. Ningún ramo de los que te regale a partir de ahora volverán a la basura antes de que, por lo menos, pasen unos días. Aquel ramo ya esta olvidado y este olía mejor. Tus ojos me despertaron desde el sofá en el que intentabas dormir. El celofán seguía callado, pero la belleza es tan sublime en tu caso que desperté de la realidad para entrar en un sueño: el sueño de seguir estando a tu lado. Me preocupa verte desanimada. Soy un soñador que no quiere despertarse jamás sin que tú no estés a mi lado. No sé si me sé explicar, pero ya me entiendes: sin ti no soy nada. Y me preocupa verte desanimada porque imagino que ya no estás a gusto a mi lado, porque quieres soñar con el amor de otro o porque te has cansado de mis babas con anestesia. No dejaré de luchar para que nuestro amor no se apague nunca. Cada día que pasa tengo más claro que eres la mujer de mi vida (creo que hacía tiempo que no te lo escribía, así que hoy no toca recordar nuestra historia del pasado o uno de esos cuentos con la bruja Piruja haciendo de las suyas); hoy toca recordarte que eres lo más importante en mi vida. Que eres la persona más importante en mi vida, que eres mi musa, mi inspiración, la única que me hace reír, que me hace soñar, que hace que las noches sean cortas y los días largos si no te puedo ver; eres lo único que quiero tener a mi lado (luego ya vendrán nuestros pequeños monstruos y nuestro Brus a nuestro lado), pero solo tú haces que cada día mi neurona sonría y se sienta feliz. Solo tú consigues de mí que siga soñando, viviendo, disfrutando cada instante a tu lado. Mañana te cuento alguna de esas historias de nuestra vida pasada, pero hoy quería decirte muchas veces lo importante que eres para mí. Te quiero.

Tuesday, November 21, 2006

21/11/06

Era nuestra segunda cita. Un sábado de otoño, creo que frío y con los mismos problemas de elección de ropa para impresionarte que había tenido el domingo anterior. Pero algo flotaba en el aire de que ese sábado iba a ser especial.
Tenías que comprar regalos para toda la familia: cumpleaños, aniversarios de boda, santos. Mi cabeza no asumía todavía las fechas, nombres y datos que me ibas dando. Solo tenía claro una cosa: estabas tú a mi lado y eso era lo único importante ese día.
Paseamos por las tiendas del centro de mi ciudad sintiéndome importante cada vez que me decías lo mucho que te gustaban esas tiendas. Miraste zapatos, bolsos, flores en la parada que hay en la plaza principal, justo enfrente del frankfurt más famoso de la ciudad. Se me pasó por la cabeza invitarte a comernos un par de frankfurts allí, pero una chica tan guapa no podía mezclarse con la gente vulgar de un antro como aquel, a pesar que allí hiciesen los mejores bocadillos de la ciudad. Decidí invitarte a una cafetería con nombre del centro en donde se puede cenar. Nos pusieron en una mesa de la parte más interior. Habían espejos en los que se reflejaba tu pelo dorado, tus ojos azules que me mataban y de refilón hasta podía ver mi cara de enamorado perdido cada vez que mis ojos se tropezaban con mi cara reflejada en alguno de esos espejos. Cenamos algo ligero y el tiempo se nos puso de nuestra parte. Entonces no lo pensé, pero era la hora ideal para irnos a tomar algo a un karaoke que había en el puerto de Mataró. Era demasiado temprano para ir a una discoteca, y muy tarde para tomar un café en alguna cafetería. Aparcamos en la arena del parking todavía vacía de la playa. Nos sentamos en una mesa retirada del escenario y creo que un par de amigos medio borrachos cantaban una canción cogiendo el micro a cuatro manos. Pedimos las bebidas y mi corazón empezaba a volverse loco. Pasaron los minutos y de repente encontré tus labios cerrando mi boca. Supongo que habría dicho eso que te acabó de convencer que esa noche tus besos serían para mí: “Es que yo nunca me quedo con la princesa”, te dije. Y la princesa miró al sapo que estaba a su lado en el karaoke y lo besó. Ese sapo sigue dando las gracias cada día por seguir estando a tu lado, porque tus labios se acercasen a los míos y los besase. Aunque luego me dijiste que me harías mucho daño. No me importaba. Me había inoculado el veneno del amor y ya nada me podía separar de ti. El sapo quiere darte las gracias por los mejores ocho años de mi vida. TE QUIERO SIEMPRE.

Monday, November 20, 2006

20/11/06

Sentía ese imán que tienes debajo de las sábanas de nuestra cama. Lo sentía y tenía que esperar que terminases de leer una de esas historias del Pronto que recortas y guardas en carpetas de colegiala. Yo luchaba con mis ojos en uno de esos combates a muerte en el que casi siempre salgo perdiendo y volví a cerrar los ojos. La parte de mi cerebro que quiere demostrarte que soy todo un hombre de verdad me daba golpes en los párpados y me gritaba fuerte: “Vuelve a tocar su piel y despierta, imbécil; muchos hombres matarían por dormir junto a la belleza de tu mujer”, sentía las voces de esa parte del cerebro, pero los párpados no se abrían. Escuchaba las hojas que ibas leyendo dejarlas en la mesilla de tu mesa. Alguna vez me pasabas alguna página con historias cortas y asombrosas que sabías que me podían gustar. Entonces no había marcha atrás. Mis ojos volvían a encenderse y el imán se disparaba. Me apretaba fuerte contra tu espalda y le pedía a tus manos que esa hoja fuese la última que leyeses esa noche. Eso significaba que apagarías la luz de la mesilla y podría tener la oportunidad de probar otra vez el mejor manjar que haya construido ningún ser humano. Pero u cuerpo se deslizaba hacia el centro mismo de la cama. Allí justamente donde está el centro del imán que en vez de atraer mi cuerpo al tuyo, parece repelerlo. Protestaba y te decía al oído que no te bajaras todavía hasta las profundidades de la cama, pero ya no me hacías caso y yo volvía a mi trozo de cama a llorar en silencio. La parte de mi cerebro con ganas de demostrarte que soy todo un hombre protestaba. Pero no contra ti, lo hacía contra mí: “Acércate y actúa como un verdadero macho, idiota”, me decía sin parar. Yo hacía que no lo escuchaba y pensaba que si te bajabas hasta el centro del imán que me atrae hacia ti, era porque esta noche no podía tocar todo lo que quería el cuerpo de mi deseo. Entonces me acordé que no quedaban preservativos. “Mañana lo principal para comprar en el Mercadona no son los flanes, ni el pan de 7 cereales, ni siquiera los yogures de sabores. Mañana, lo principal son los preservativos. Así no tendré ninguna excusa que darle a la parte machita de mi cerebro y demostraré a mi princesa de ojos azules todo lo hombre que puedo llegar a ser”. Luego cerré los ojos y seguramente empecé a roncar.

Saturday, November 18, 2006

18/11/06

Anoche me pedías un cuento para que te pudieras dormir. Mis ojos eran incapaces de mantenerse abiertos y a pesar de que la pequeña parte de mi cerebro que se mantiene despierta para que pueda seguir respirando mientras duermo, me decía que te contase un cuento, el resto del cerebro, mis brazos, las piernas y todo mi cuerpo no aguantaba un segundo más sin dormir. Pero esa pequeña parte de mi cerebro que se mantiene despierta para poder seguir respirando mientras duermo, se quedo más despierte de lo habitual y empezó a fabular un cuento que te iba contando al oído durante toda la noche. La lástima es que tu ya estabas dormida, habías llegado a contar más de cincuenta ovejas blancas pisando un prado verde, y tus ojos también se estaban cerrando. Esa parte del cerebro que se mantiene despierta de cada persona por las noches también lo esta en tu cerebro y junto a la mía, empezaron a contarse cuentos. Nuestros cuerpos seguían dormidos, mientras esas pequeñas partes de nuestros cerebros se contaban cuentos de todos los colores. A veces le tocaba al mío y le contaba al tuyo uno de esos cuentos de miedo que hacen que me abraces más fuerte y te juntes más a mí. Fue entonces cuando yo me desvele y noté tus piernas acurrucadas sobre las mías, más cerca de mí, buscando una referencia bajo las sábanas que te mantuvieran atenta para no pasar demasiado miedo. Luego le tocaba a tu parte del cerebro y le explicaba una bella historia de amor que obligaba a nuestros cuerpos a buscarse bajo el edredón, a altas horas de la madrugada, cuando el sueño es tan fuerte que no somos capaces de abrir un milímetro los ojos. También he notado ese momento, pero lo he dejado escapar por el cansancio. Luego suena la sintonía clásica del despertador de mi teléfono móvil y me tengo que despertar. Es en ese mismo momento cuando esa parte importante de mi cerebro se echa a dormir y deja que el resto haga su trabajo. Tu seguías dormida. Bella y sin miedos. Esta noche te cuento un cuento de amor o de miedo, pero con los ojos abiertos y sintiendo tu respiración lo más cerca posible de mi boca.

Friday, November 17, 2006

17/11/06

Esta noche he descubierto que mis babas tienen un potente anestésico que me deja completamente dormido. Ya has visto que puede pasar por encima de mí un tractor amarillo, un trasatlántico de Costa Cruceros o una manada de elefantes. Nada me despierta. Ni siquiera un beso tuyo o una caricia me hubiese despertado esta noche. Ni un codazo en la espalda o que me hubieses retorcido la rodilla mala, nada. Creo que lo único que podías hacer era levantarte tú a apagar los televisores de casa, parar la secadora y decirle a Brus que se dejase de rascar o de chupar las patas, mientras yo seguía regando mi almohada de las fatídicas babas con anestesia. Igual tendría que patentarlas y hacernos millonarios con un nuevo medicamento del que solo yo tuviese el principio activo. Soy un oso dormilón que debería estar más atento si dentro de poco nos tocará turnarnos en estar pendientes de lo que nuestra chinita nos quiera pedir a media noche. Ya veo las discusiones al día siguiente, con tus ojeras de verdad debajo de tus preciosos ojos azules suplicándome que “esta noche te toca a ti levantarte; ya estoy harta de darle un vaso de zumo de melocotón a la niña”, o algo por el estilo. Tendré que dejar de segregar babas con anestesia para ser yo quien apague los televisores por la noche, desconecte la secadora o le diga a Brus que deje de dar paseítos por el parquet o rascarse las patas para que tu cabeza descanse por la noche. Otra solución sería que todos los días fueran sábado sin pintura y yo tuviese que venir a trabajar. Entonces tu podrías dormir desde las siete de la mañana hasta las diez o las once sin que nadie te molestase. Brus ya habría salido a pasear y no tendría ganas de rascarse ni de hacer nada que no fuese tumbarse encima de la manta que hay en tu sofá. Pero hasta que eso no pase (quizás debería patentar mis babas y hacernos ricos), tendrás que acostumbrarte a apagar los televisores los días que hayan dos series para grabar y tendrás que ser tú quien le digas al Brus que deje de rascarse. Los futuros zumos de melocotón de nuestra chinita nos lo turnaremos cada noche. Una noche tú y otra noche yo. Un beso sin babas.

Thursday, November 16, 2006

16/11/06

Te parecerá una tontería pero estas dos tardes que has estado enferma me generarán en el futuro muchos recuerdos que rescataré de mi memoria cuando esté mal. Sentarme a tu lado en el sofá y notar tu cabeza sobre mi pecho, que quiere recobrar su estado del pasado, cuando éramos novios y me decías que tenía una espalda ancha y fuerte y que te daba miedo cuando te aplastaba contra el cristal del coche antes de hacer el amor. Me ha gustado sentarme en tu sofá y que volvieses a desabrochar los botones de mis vaqueros (estos que ahora serán mis preferidos y solo marcarán lo que tienen que marcar para ti. Solo para ti), o mirar en la televisión esas cosas absurdas que hacemos los españoles y que tanto nos asemejan unos a otros, y que tanto nos diferencian del resto del mundo. Me encantó estirarme estas dos tardes en nuestra cama, que estaba bien echa por ti, y seguir acariciándote sin buscar nada que no deseamos; porque si desearía aplastarte (con cariño) sobre el vidrio del coche y que me dijeras que te gusta mi espalda fuerte o mi pecho musculado, porque todo el deporte que puedo hacer ahora no es para impresionar a nadie que no seas tú. Aunque me imagino que después de los años viviendo juntos ya no te podría impresionar demasiado, a no ser que me creciera “eso” tanto como a ese negro que me dijiste que le medía casi medio metro. Menudo susto de persona al verlo desnudo. En fin, yo me quedo con tu cuerpo, acariciándolo y sintiendo que estoy cada vez más a gusto a tu lado. En nuestra cama estirados, o en tu sofá apoyando tu cabeza sobre mi pecho. Como estos dos días en que has estado enfermita por mi culpa. Me llevo ese recuerdo de tu cabeza sobre mi pecho y la paz que sentía estando a tu lado.

Wednesday, November 15, 2006

15/11/06

He vuelto a retroceder ocho años para pensar en nuestra primera cita. Después de la llamada del miércoles por la noche pasado, teníamos una cita en tu ciudad. Yo conocía un poco el sitio donde habíamos quedado. “Nos vemos a las siete en la parada de autobuses de Granollers”, me dijiste antes de despedirnos. Ya te dije que aquella noche de miércoles no cené la tortilla de patatas de mi madre. Me fui a mi habitación y me miré al espejo. “¿Cuándo tenía que afeitarme para que me saliese la barba exacta donde me encontraba guapo para el domingo?; ¿Qué me pondría de vestir ese mágico día para sorprenderte y gustarte?; Me saldría algún maldito grano de adolescente para fastidiar?”, me preguntaba eso y muchas más cosas mientras ponía cara de italiano feo delante del espejo del lavabo de casa de mis padres. Tu estarías en casa cenando tranquilamente sin preocuparte demasiado, me imagine, y yo estaba en casa a punto de estallar de nervios. Conté los días que faltaban para el domingo como si nunca fuese a llegar, pero al final llegó. Aquel sábado no salí con mis amigos. No podía permitir tener una arruga de más, o tener cara de no haber descansado lo suficiente. Me levanté temprano y ni siquiera leí el periódico. Comí rápido y pronto para poder tener tiempo suficiente para arreglarme bien. Ya tenía decidido que jersey me iba a poner, y los vaqueros que mejor me quedaban también estaban decididos (luego me dijiste que no te gustaron mis piernas de aquella primera cita, pero no sé cómo lo hice que volviste a quedar conmigo una semana después). Me tapé las entradas de la mejor manera que pude y dos horas antes de las siete ya estaba delante de la estación de autobuses. Ya sabes que soy muy puntual, pero no quería que me pasara nada y no pudiese llegar a tiempo a la cita más importante de mi vida. Pasaban algunos minutos de las siete de la tarde cuando te vi aparecer por la calle. Era de noche y hacía frío. Miraste mis piernas y no te gustaron, “eran demasiado delgaduchas”, me dirías tiempo después, pero ese domingo no me di cuenta. Nos dimos dos besos que supieron a gloria y me dijiste que me ibas a llevar a un sitio que seguro que me gustaría. Tenías el coche aparcado en la calle de la tintorería. El mío no lo recuerdo donde lo había dejado, seguramente en el descampado que había cerca de la estación de trenes. Me llevaste con la seguridad que siempre has tenido en tu coche y llegamos a la cafetería de Cardedeu. Me pareció un sitio ideal para tomar nuestro primer café. Tú pediste un cacaolat caliente, y yo no recuerdo que pedí. Solo me acuerdo de los jugadores de fútbol que iba construyendo con las servilletas de papel que destrozaba por los nervios. Me dijiste algo de mis jugadores y ya noté que me harías reír siempre que estuviese a tu lado. La tarde pasó de la mejor manera que podía pasar. Hablamos y mis nervios del principio se fueron diluyendo en la tranquilidad y la belleza que transmitías. No me atrevía a mirarte directamente a los ojos, y yo seguía construyendo jugadores de fútbol con las servilletas de la cafetería. Nos marchamos de vuelta a donde tenía mi coche aparcado y quedamos en que nos llamaríamos para volver a quedar. Un par de besos que volvieron a saber a gloria y de vuelta a casa. La cita más importante de mi vida había terminado bien. “Espero que me llame pronto”, pensé nada más entrar en el coche. Me miré en el espejo retrovisor de mi golf y me guiñé el ojo poniendo cara de italiano feo. “Es la mujer de mi vida”, me repetía sin parar escuchando alguna cinta de música de Bruce, de U2 o de alguno de esos que me gustan. “Es la mujer de mi vida”.

Tuesday, November 14, 2006

14/11/06

Y allí estaba mi princesa de ojos azules, delante de la doctora y con la voz a punto de quebrarse por todos los males que asolaban su cuerpo. Yo me sentaba siempre en el mismo lado. Pasaba siempre que entrábamos en una consulta médica. Ella a la derecha y yo a la izquierda. Era como si nuestras supuestas ideas políticas tuviesen algo que ver. Pero ahora ella empezaba a aceptar más ideas de izquierda y yo empezaba a entender sus ideas de derecha. La política nunca supondría un problema para nosotros.
La doctora asentía con la cabeza al darse cuenta enseguida que la princesa necesitaba los cuidados de un príncipe encantado como yo. Los ojos de doctora decían: “Lo que necesitas es besar a la rana que tienes a tu lado y dejar que aparezca el príncipe que hay dentro”. Yo entendía esa mirada y se lo dije al oído a la doctora cuando la princesa salió al lavabo para hacer pis en un bote de tapón rojo. Me dijo que la princesa iba a convertirse en la mejor madre del mundo. “Si no está embarazada ahora, algún día no muy lejano, lo estará. Es muy joven y guapa para no estarlo alguna vez (o muchas) en su vida”, terminó de decirme la doctora antes de que la princesa de ojos azules entrase de nuevo al despacho médico. La doctora comprobó si la orina marcaba ya el nacimiento de nuestro primer bebé, pero la orina es demasiado lista (o quizás demasiado tonta) para decir lo que esperábamos. Y lo que esperábamos está de momento en China. En un país sin reyes que dentro de poco conoceremos la princesa de ojos azules y yo: la rana con el interior de un príncipe de cuento. Nuestro primer hijo estará al cuidado de unas señoras buenas que esperarán que nuestros abrazos y besos cubran a otra princesa, la princesita de ojos rasgados, y la podamos traer a nuestra casa. Nuestro castillo encantado que pronto se llenará de niños y niñas que nos llamarán papás y a los que querremos con locura. Entonces todas las orinas de la princesa dirán que sí y la rana en la que estoy metida se convertirá en un guapo príncipe que te querrá toda la vida.

Monday, November 13, 2006

13/11/06

Tímidamente he buscado estas noches el roce de tu piel bajo el edredón. Tenía miedo de asustarte o de ser inoportuno en ese punto donde por fin alcanzas el sueño y algo te desvela. Por eso mantenía mis piernas doloridas al acecho de tu roce, por si se te ocurría buscar el calor no tan calurosos de mis pies. Miraba el techo oscuro y tragaba la poca saliva que me dejan tener los mocos en la garganta. Esperaba una señal de ánimos en ti y yo no sabía qué decirte para hacerte sonreír. Ya me di cuenta el sábado por la noche al regresar a casa. No era normal que no quisieras estar en La Maquinista ni diez minutos después de haber estado mucho tiempo sin pisarla. Tus ojos miraban los escaparates con tristeza y yo me moría de ganas de arrancar una estrella del cielo y decirte que el universo era solo para ti. O que se apareciese un árbol con flores mágicas que al olerlas hiciesen sonreír a mi princesa de ojos azules. No me gusta verte así. Prefiero que te metas conmigo, en broma, como solo tú sabes hacer; que me digas tus frases ingeniosas y que yo me quede sin réplicas a la segunda o tercera frase de contraataque por mi parte; porque nadie es capaz de superar tu inteligencia para hacer ese humor ácido y corrosivo que no duele y me hace sonreír. Me hubiese gustado saber qué decirte ayer por la tarde, cuando me senté a tu lado y apoyaste tu cabeza en mi pecho. No importaban las noticias atrasadas de los periódicos del sábado o el domingo. Lo importante era saber qué decirte para animarte, pero yo no soy especial como tú. Tú sabes qué decir a todo el mundo para que se anime aunque te encuentres mal o no estés pasando un buen momento de ánimos. Te necesito feliz. Ojalá estos malos días se vayan con los mocos pegados que no acaban de salir de tu pecho, o de la zona esa de la nariz, las orejas y la cabeza. Ojalá sean días malos que tienen que pasar para saborear los buenos, porque todavía nos quedan muchos días buenos que pasar juntos. Nos queda pasear con nuestra chinita, igual que hacía ese padre por el salón del hobby y darnos cuenta que la gente se gira para ver si es una chinita la hija que llevaremos con tanto orgullo sobre nuestros hombros. Igual que hacemos nosotros ahora, con envidia sana (la que no existe). La envidia que produciremos dentro de menos de un año con nuestra chinita paseando por todo los rincones del barrio, de cualquier ciudad del mundo. De cualquier estrella que te mereces tener solo para ti. Anímate mi princesa de ojos azules, que te necesito cada día más.

Friday, November 10, 2006

10/11/06

Hoy hace 8 años que recibí tu primera llamada por teléfono. Era un miércoles frío de otoño cuando todavía el tiempo era de verdad. Pasaban pocos minutos de las 9 de la noche y mi madre me pasó el teléfono y me dijo que preguntaban por mí. El teléfono de casa de mis padres estaba en el mismo lugar que esta ahora, así que podrás imaginar en qué lugar estaba yo. Mis padres y mis hermanos estaban a punto de empezar a cenar una tortilla de patatas y una ensalada que había preparado mi madre. La televisión estaba encendida y repetía las noticias del día de la misma manera que pasa ahora en todas las cadenas. No existían muchas de las cosas que hoy conocemos. Ni yo tenía tantas cosas que me llenan como ahora, pero la tierra giraba a la misma velocidad que hoy. Bueno, quizás iba un poco más lento. Mi madre me pasó el auricular y yo le pregunté con la cara quién me llamaba. Ella ladeó un poco la cabeza dándome a entender que no te conocía, todavía. Agarré con fuerza el teléfono y dije “Sí”. Siempre digo sí cuando cojo el teléfono. Si hubiese sabido que eras tú te hubiera dicho que ya estaba enamorado de ti, que estaba loco y soñando por haber recibido tu llamada, pero al principio no supe quién eras y solo dije sí. Qué inútil fui. Luego escuché tu voz por primera vez a través del teléfono de casa de mis padres. Me dijiste quién eras y después de dar una vuelta en el aire de alucinación total, caí en la esperanza que la mujer de mi vida me estaba llamando a casa. Después pasaron más de treinta minutos enganchados al teléfono como dos amigos-amantes-enamorados que parecían conocerse de toda la vida. Fue la conversación más importante de mi vida. Ahora te lo digo porque sé que es verdad. Me sentí feliz y relajado escuchándote, hablando contigo y supe que lo que vi el viernes pasado en la discoteca no fue un espejismo. Eras mucho mejor de lo que había imaginado y me estabas llamando para ir a tomar algo. Quedamos para ese domingo en ir a tomar algo por algún sitio que tú conocías. Mis padres y hermanos seguían cenando y yo, al colgar el teléfono, sentí que acababa de empezar una nueva vida. Creo que no probé la tortilla, ni la ensalada. La televisión seguía funcionando, pero las noticias de ese día ya habían terminado. Me fui a la cama y miré al techo. La mejor noticia de mi vida acababa de suceder. La rubia de ojos azules, de cuerpo perfecto, la del ombligo y el culo que me habían vuelto loco el viernes 5 de noviembre acababa de llamarme para quedar conmigo. Creo que soñé contigo, pero la vida real, los ocho años que hacen hoy desde esa llamada han sido mucho mejores. Te quiero.

Thursday, November 09, 2006

09/11/06

A veces ser egoísta tiene sus recompensas. Lo sé porque tengo la suerte de poder hablar más veces contigo. Sé que cuando estás sola en el despacho, sin que venga nadie, me llamarás a la hora del desayuno para comentar algo que te haya pasado. Si no estás sola ya tienes a la Pili para eso y para poner verde a los maridos y hombres en general. Pero si estás sola y sin trabajo puedo tener la oportunidad de oír tu voz más veces, y eso me encanta. Ya sé que en las circunstancias en las que ahora estás sola no es para alegrarse, ni quiero que tú estés mal solo porque yo pueda recibir alguna llamada o mensaje de móvil más. Ahora mismo escucho el sonido de un mensaje tuyo. Me dices que has vuelto a ir al lavabo, que tu dolor de cabeza te indica que vas a encontrarte con la Bruja Piruja y que seguramente me echas de menos, pero eso último no me lo escribes, aunque yo lo sienta como si me lo estuvieras diciendo. Soy egoísta en muchas cosas y sé que debería cambiar, pero no quiero dejar de ser egoísta cuando se trata de estar contigo, de hablar contigo o de estar a tu lado. Ahora mismo te llamo para ver si mi aspirina verbal puede solucionar la explosión de tu cabeza. Pero al descolgar el teléfono oigo tu voz que se rompe y me pide auxilio. Tú no puedes morirte nunca, no puedes estar mala por mi culpa. Soy tan egoísta que te he pasado mi resfriado solo para ti. Para la más bella princesa de ojos azules, con la voz rota y mi corazón desgarrado si no te tengo cerca. Esta noche te prepararé el mejor vaso de leche caliente con miel que nadie ha preparado a su amada. Solo para ti.

Wednesday, November 08, 2006

08/11/06

Existe una leyenda falsa que dice que los hombres nacieron con los pies más calientes que las mujeres para poder calentar las sábanas de las camas matrimoniales y hacer que las mujeres sintiesen la necesidad de pagarles ese favor con otro tipo de favor, la mayoría de las veces sexuales. Por eso las parejas sienten la necesidad de buscar los pies que más calientan, jugar con ellos bajo las sábanas hasta llegar a las piernas, las manos, la piel, los besos y terminar haciendo el amor por culpa de unos pies más calientes de cuenta. Como todas las leyendas que se cuentan por ahí es falsa. Anoche tuve ganas locas de meter mi cuerpo debajo de tus pies ardiendo. Era la contradicción de lo que siempre sucede: la mujer tiene los pies calientes para calentar al hombre. Y yo volvía a ser el agraciado con el primer premio. Ya no solo me tengo que sentir orgulloso de estar con la mujer más bella del universo, con la más inteligente de los últimos quinientos siglos, con la más simpática de la galaxia, ni con la que va a ser la mejor madre de la historia. Ahora además tengo debajo de las sábanas de la cama matrimonial a la mujer con los pies más calientes. Eran dos radiadores que me llenaron el cuerpo del calor que necesitaba para dormir. Mientras tu garganta se convertía en un puñado de alfileres que no te dejaban tragar ni un poco de saliva (además fui yo quien te pasé el dolor), mi cuerpo era como una manta eléctrica llena de agua caliente que se adormecía a cada pequeño roce de tus pies sobre los míos. Qué más puedo pedir a la vida si además de tener a la mujer más increíble, fantástica, guapa y maravillosa; tengo además una pequeña estufa particular que me calienta por las noches. Qué más te puedo pedir. ¡Cuántas cosas más me puedes dar, por Dios! Te quiero cada día más.

Tuesday, November 07, 2006

07/11/06

A veces me quedo mirando la pantalla del móvil y busco en la agenda tu nombre. Allí estás: Gemma Móvil. Recito de memoria el número de tu teléfono y me acuerdo del día que lo fuimos a comprar. Te acuerdas de lo grande que era nuestro primer móvil. De las llamadas interminables desde el baño de casa de mis padres. Ayer, cuando me llamaste y me metí en el lavabo, me acordé de aquellas llamadas kilométricas. Nos podíamos pasar horas pegados al teléfono. Me acuerdo de los primeros mensajes de texto, de lo que me gustaba (y me sigue gustando) escribirte: Te Quiero. De las veces que tenía que venir mi madre a decirme que era muy tarde y que mis hermanos ya estaban en la cama. También me acuerdo de aquella antena que salía en la punta del móvil y que se acabó comiendo Brus en sus primeras semanas en casa. Me acuerdo que dejé mi móvil encima de la mesita de noche, un día que estaban Olga y Rafa en casa, que nos fuimos a Barcelona y que al volver encontramos la punta de mi móvil mordisqueada por los primeros dientes de nuestro querido Brus. Quizás fuese ese día el que se acabó tragando mi anillo de boda.
Muchas veces miro la pantalla del móvil y me asusta la vibración de una llamada tuya. Me asusto una décima de segundo y luego me emociono. Es tan fácil pasar de un estado al otro si estoy contigo. Sigo teniendo miedo de perderte. Cada día del resto de mi vida lo tendré. Y me seguiré emocionando cada vez que esté a tu lado. Buscando en la agenda de los móviles que vengan a partir de ahora tu nombre y recitando de memoria el número que siempre será el tuyo: 696992506. Ese número sale disparado por las ondas del cielo y acaba alojado en tu móvil, que ya no es tan grande ni aparatoso como nuestro primer móvil compartido, pero que siempre será tu móvil.
Algo se mueve en mi bolsillo. Es la vibración de una llamada que me entra en el móvil. Eres tú. Ya sabes que: TE QUIERO.

Monday, November 06, 2006

06/11/06

Las flores del parque ya empiezan a marchitarse. Esta mañana me costó más de la cuenta encontrar alguna que estuviera decente para ti. Me imagino que la época de las flores ya ha terminado, y que por mucho que todavía salgan de su capullo para lucirse, ya no pueden aguantar demasiado el frío de la mañana. Quizás también estén enfermas como yo y al no poder llegar a ser tan bellas como tú, se echan a perder y se les caen las flores y las hojas verdes en señal de protesta por no poder estar a tu nivel. Es lo que me pasa estando a tu lado. Me siento tan pequeño e indefenso que siempre te veo como mi salvación. Ya puedes estar enferma, tumbada en el sofá con fiebre y dolores en todo tu cuerpo, que yo siempre te veo sana y bella. Y mi cuerpo no tiene otro remedio que dejar caer unas cuantas de sus hojas y hacerse pequeño para que tu lo cuides. ¿No te has dado cuenta que siempre consigo ponerme más malo yo que tú? Solo es para sentirme arropado por ti. Por mucho que cada mañana sea yo el que tire del edredón y cubra tu cuerpo para que no pases frío, soy yo el que esta más malo; porque soy más débil y necesito tenerte siempre a mi lado. Eres mi cabeza (“has cogido la lotería para tus padres”); eres mi sonrisa (cuando encuentras esa forma de hacerme arrancar una sonrisa con uno de tus comentarios ingeniosos); eres mi seguro de vida (“no corras”, me dices cada mañana cuando me voy al trabajo). Eres eso y tantas otras cosas que ni yo ni las flores somos capaces de aguantar sanos demasiado tiempo sin sucumbir a tu encanto y belleza. Tu presencia nos arropa sin necesidad de un edredón, nos consuela y anima, nos hace ver la vida de la mejor manera, aunque disimules diciendo que te encuentras mal, siempre estás perfecta. Porque tú eres la perfección.

Friday, November 03, 2006

03/11/06

La bruja Piruja tiene una verruga muy grande en la punta de la nariz. Se acuesta cada noche preguntándose delante del espejo quién es la más bella del barrio. El espejo siempre le contesta lo mismo: “Tu querida sobrina, la princesa de ojos azules, la más bella de la Tierra, siempre será la más bella”. La voz del espejo le pone enferma a la Bruja Piruja, a la vez que su verruga le crece un par de centímetros más. Hay días en que la Bruja Piruja no puede salir a la calle porque su verruga se lo impide. La verruga crece por envidia, celos y mala leche. Últimamente la Bruja Piruja es una verruga andante que pasea a su fiel perra Piluca por el parque del barrio, tapándose la cara con bolsas que llevarán los excrementos de su perra. Hay veces que se equivoca y se tapa su verruga cuando la bolsa ya esta llena. Lo cual le supone tener que regresar a su casa para lavarse la cara con lejía, que es lo único que le deja la piel limpia. La bella princesa de ojos azules profundos sale a trabajar cada mañana con pocas de encontrarse a la Bruja Piruja, que casi siempre la ve barriendo de hojas muertas su patio. Las hojas no soportan ver la cara de la Bruja Piruja y solo florecen cuando aparece la preciosa princesa de ojos azules profundos. Entonces todas las flores del barrio se despiertan y sonríen al cielo. Acaban de ver la Belleza en mayúsculas, lo único bello que verán pasará en un breve momento de tiempo y luego tendrán que volver a soportar la cara y la verruga de la Bruja Piruja, que volverá a crecer a cada paso que da su sobrina por el patio. Luego entrará a su casa y le volverá a preguntar a su espejo mágico quién es la más bella del barrio. El espejo, cansado de darle siempre la misma respuesta obvia, se suicidará, lanzándose al suelo y rompiéndose en mil pedazos. Es incapaz de soportar un día más la cara repugnante de su ama, la Bruja Piruja, que rompe a llorar y alza las manos al cielo pidiendo justicia. “Hoy le voy a enviar a la vecina para que se encargue del seguro de la comunidad, así la voy a joder un poco más”, pide a gritos la hija de... de la Bruja Piruja. Y colorín colorado, este cuentecito para la más bella princesa de ojos azules profundos, se ha acabado.

Thursday, November 02, 2006

02/11/06

Tenía muchas cosas que decirte hoy. Pedirte perdón por no hacerte disfrutar anoche; darte las gracias por hacerme disfrutar a mí; envidiarte por poder mirarte al espejo cada vez que quieras ver tu cara, mientras yo tengo que conformarme con esperar a llegar a casa y verte estirada en el sofá; también quiero agradecerte que vayas cada mañana al lavabo para que luego yo pueda arroparte. ¡No sabes la ilusión que me hace arroparte cada mañana! Poder acariciar tu pelo, besarte con delicadeza, buscando tus labios en la oscuridad; jugando a besarte tantas veces por tu cara hasta que consigo el premio. Seguro que tú forma de ser te hace pensar que realmente me gusta besarte a oscuras porque así no tengo que verte la cara. Estoy seguro que si te dijera esto que ahora te escribo me dirías eso. “Tú lo que haces es pensar en otra cuando me besas”, me dirías. Pero no pienso en otra que no seas tú. Me gusta seguirte por el pasillo de casa, con tus pasos lentos, de sueño todavía sin terminar, ver como te sientas con los ojos dormidos, o saber que vas a beber un trago de agua del grifo. Eso también me gusta. Besarte los labios húmedos del agua que acabas de beber. Todo ese ritual de la mañana que no dura más de cinco minutos se hacen para mí como los mejores minutos del día. Luego vendrá la noche; abrazarte por la espalda mientras lees libros que miro de reojo. Seguro que estas cosas ya te las he escrito alguna vez, pero me encantan esos pequeños detalles que parecen insignificantes, porque junto a ti son lo mejor del día.
También podría escribirte que me encanta saber que cualquier problema que surge en la casa lo vas a poder solucionar. Directa o indirectamente. Yo solo puedo resoplar de rabia por no poder ayudar más. Una llamada tuya al lampista es más eficaz que millones de suplicas mías. Por eso y muchas otras cosas te mereces cada mañana una flor cortada del jardín más peligroso de cualquier ciudad, de cualquier parque y de cualquier planta carnívora que quiera comerme por arrancarle una de sus flores. Tú te mereces siempre todo.