05/03/07
Cada noche de amor apasionado me quedo con un rastro de tu aroma en mi piel, que luego, en silencio, solo, sin más compañía que el alma desnuda que me aprieta debajo de mi bata blanca; entonces devoro ese aroma tuyo como si fuera la última vez que lo vaya a sentir. Me impregno de tu esencia y vuelo con los ojos cerrados por cada habitación del laboratorio como si fuera el último día de mi vida. Se tendría que vivir así la vida. Como si mañana (o quizás hoy) fuese el último día de tu vida, pero eso sería demasiado estresante al empezar cada jornada, y nos limitamos a hacer lo mismo que el día anterior “sabiendo” que nos queda mucho por vivir.
Yo vuelvo a tu aroma de anoche y lo mejor del día siguiente, que espero no sea el último de mi vida, es este repaso mental que le doy después de una noche de amor guerrera en la que ninguno de los dos esperaba o planeara la batalla de anoche; pero allí estábamos, en el ring que se supone que es una cama, nuestra cama con dibujos y símbolos chinos que pronto se convertirán en teatro de sueños para ese pequeño tesoro que nos llegará de Oriente. Ahora es un combate dentro de esa guerra no buscada que termino con un nueve en la escala de terremotos corporales de dos amantes esposos que se quieren (yo cada día más) como si fueran novios recién estrenados. Cada noche sería mejor que la anterior si se sucedieran esas batallas dentro la guerra pacífica que es nuestra relación. No importarían las notas o la intensidad de la batalla, solo importaría el ataque suicida que provocan tus labios en mi. Por la mañana pensaría de nuevo en ti al oler los rastros de tu aroma. El dedo impregnado de tu esencia; una mezcla pura de jazmín, fresas y gotas de delirio que se remueven dentro de mi cabeza. Mi cara impregnada de tus cremas, que son poco románticas al tapar las imperfecciones que quieren salir en tu cara perfecta en forma de granos de sangre sucia. Se manchan con esa crema y desaparecen, porque las imperfecciones no están hechas para ti, que eres la perfección. Para es ya tienes a tu marido, que es lo peor de ti. O tú, que eres lo mejor que tengo yo. Esta noche la batalla volverá a surgir sin pensar; o no lo haga; tampoco importará si luego apuntamos o no una cruz en la agenda de los gastos. Estaremos juntos en nuestra cama, envueltos de símbolos y letras chinas, de la lejana (cada vez menos) China. La patria de nuestra hija.

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