Friday, September 29, 2006

29/09/06

Me senté frente al mar después de dejar los papeles flotando en el aire. El hilo rojo se tensó en mi cintura y solo tuve que lanzarlo a la orilla para que llegase a la playa que un día pisaremos con nuestra hija chinita. Luego pensaba otra vez en ti. En ver esa misma porción de mar inmenso los dos cogidos de la mano. Como cuando el primer día que nos vimos nuestras manos se encontraron en aquella discoteca de las afueras de la ciudad. Seguí mirando el mar, pero dentro de mi cabeza solo había ese hilo rojo infinito que se llama felicidad. Tenía ganas de llamarte por teléfono a cada minuto, pero pensaba en tu trabajo, en que aunque sabía que estabas tan feliz como yo, la vida del trabajador debe continuar sin que nada afecte a su concentración. Mi concentración estaba apuntando a un punto de sol que hacía de brillante sobre la mar cálida que miraba con mis ojos. Me hubiese convertido en poeta en vez de querer ser escritor si me hubiese quedado un rato más mirando el hilo rojo que salía del mar. Luego me levanté del banco y mis pasos se acercaban a la orilla. Todos los barcos millonarios que alardeaban de lujo y poder eran pequeños para mi felicidad. Acababa de dejar los papeles para que dentro de un año y poco más, nuestros ojos se clavasen en un mar igual de azul, con brillantes de sol sobre su superficie, que brillase en nuestros ojos la luz de unos ojos rasgados, diminutos; los ojos de nuestra hija chinita. De nuestra hija unida desde ayer por el hilo rojo que volaba por encima del mar azul que mis ojos miraron ayer. Tus ojos azules hubiesen ganado la batalla de belleza, siempre lo hacen.

Wednesday, September 27, 2006

27/09/06

Erase una vez una princesa preciosa que vivía en un segundo piso de un bloque de tres plantas. En el primer piso vivía una bruja muy malvada que tenía dos hijas que eran bastante feas, putillas y maleducadas; y también su padre, que era un pobre hombre que hablaba poco y mal, y que las pocas veces que se le oía decir algo no se entendía nada de sus palabras. En la planta baja vivía la bruja Piruja, la más malvada de las brujas del barrio que tenía una perra blanca que provocaba continuamente al perrito bueno de la princesa. El perrito bueno de la princesa se paseaba todos los días con el auténtico amor de la princesa. Un chico bohemio que quería ser escritor y amaba hasta la locura a su querida princesa preciosa. La princesa trabajaba todos los días en una fábrica muy grande que era propiedad de su padre. Un buen hombre que había emigrado de pueblos pobres para prosperar en la vida. Era el más pequeño de una familia extensa y fue el único que consiguió algo importante en la vida. Por eso la gente del barrio le tenía envidia, porque se había hecho a sí mismo, porque había conseguido vivir bien a base de mucho trabajo y esfuerzo. La bruja Piruja sentía mucha envidia de la princesa preciosa y de toda su familia. Por eso le hacía la vida imposible y cada vez que se la encontraba por la escalera le recordaba el dinero que tenía su padre o que su piso no le había costado nada. La bruja malvada del primer piso también envidiaba a la princesa preciosa y fumaba en el balcón con los pelos de loca y criticaba a la princesa, por ser tan bella, inteligente y simpática. Ella era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sucio, por eso no soportaba tener tanta belleza justo encima de su piso y miraba a sus hijas y a su marido y solo veía fealdad, estupidez y poca educación. También intentaba hacerle la vida imposible a la princesa, pero nadie podía. El futuro escritor que vivía con la princesa le contaba cuentos cada noche en forma de papeles fotocopiados con una rosa especial cada día. Parecía la misma, pero cada flor era distinta cada día y expresaba todo el amor que él sentía por su princesa y lo feliz que era viviendo con ella y su perrito bueno. La bruja Piruja buscaba siempre problemas para poner de mal humor a la princesa preciosa, pero a pesar de que a veces lo conseguía, la inteligencia, simpatía y belleza de la princesa conseguían que esos problemas que le hacía tener la bruja Piruja, desapareciesen como por arte de magia. Además, ahora tenían algo muy importante y especial que esperar y desear. Pronto la familia de la princesa, el perrito bueno y el futuro escritor tendría a un precioso bebe de pocos meses a su cuidado. Aunque parecía que faltasen muchos meses, pronto vivirían todos felices en un castillo con un inmenso jardín, serían felices y comerían perdices, huevos con patatas, fideuas, paellas, chocolate y todas las cosas que ellos quisieran y desearan. Ahora si que serían la familia más feliz y envidiada del barrio.

Tuesday, September 26, 2006

26/09/06

Me había apuntado en la palma de la mano tres letras: “Uba”. No dejaba de mirarlas y de sentir que había escrito una falta de ortografía dentro de mi cuerpo. Era como si mi cuerpo fuera, con esas tres letras, más imperfecto que lo es normalmente. Pero enseguida recordaba que eran las tres primeras letras del apellido de uno de tus cantantes favoritos. Entonces sonreía y sabía que te haría ilusión ver su disco envuelto en algo original. Ya no quedaban Piolines con el número uno, ni corazones de melocotón y naranja deliciosos para pincharlos; tampoco quedaba papel para envolver regalos, ni regalos, ni fruta ni verdura. No había nadie en el centro comercial, solo el disco de Alex Ubago. Lo compro sabiendo que te enfadarás si lo llevo, y que te enfadarías si lo hubiese dejado allí, solito, sin nadie que lo cuidase. Que mejor que tu para cuidar el disco de Alex y cantar sus canciones mirando las letras que hay escritas dentro de la caja donde esta el disco.
Las tres letras de mi mano se han borrado justo en el momento de comprar el disco. Sabían que una falta ortográfica en mi cuerpo me hace más imperfecto de lo que soy, y tengo solo una cosa que me hace perfecto: TU.

Monday, September 25, 2006

25/09/06

De pequeño me inventaba juegos para no aburrirme las tardes de los domingos. Coleccionaba cromos de jugadores de fútbol y jugaba partidos en la mesa del comedor haciendo que un trozo de papel de aluminio redondo fuese la pelota y tres palillos sin usar, eran la portería. Los cromos de mi equipo favorito los llevaba con mi mano derecha, y los cromos con mis contrincantes, los hacía jugar con mi mano izquierda. También jugaba a tenis con raquetas de playa y globos de colores. Inflaba el globo y lo golpeaba con la raqueta de playa contra la pared. El primer golpe era con la derecha y representaba el jugador que me gustaría ser, el siguiente golpe era con mi mano izquierda y era mi contrincante, que siempre era más malo que yo. Siempre fui diestro. Escribía con la derecha, chutaba la pelota con la derecha y mi mano derecha era siempre la ganadora. Pero en el fondo siempre quise ser zurdo. En el fondo de mi cerebro infantil, los perdedores de la mano izquierda querían ganar. “Yo quiero ser zurdo”, pensaba a menudo. Intentaba que alguna vez ganase mi mano izquierda; golpeaba mal el globo con la raqueta de playa cuando le tocaba a la mano derecha, y alguna vez ganaba mi mano izquierda. O el equipo que no era mi favorito y jugaba con mi mano izquierda marcaba algún gol sin que el portero de mi mano derecha pudiese hacer nada.
Y ahora te estarás preguntando por qué narices te estoy contando esto. Me acordé de esos juegos cuando anoche me dijiste que te hubiese gustado ser zurda. Que te gustaban los zurdos. El hilo rojo de nuestra conexión ya estaría marcado en esas tardes de domingo; mientras yo jugaba a tenis o a fútbol con cromos y tú mirabas las series de dibujos animados o la película de indios y vaqueros. Sabía que tenía que aprender a jugar bien con la mano izquierda porque algún día, la mujer de mi vida me diría que le gustan los zurdos. Esta noche aprenderé a tocar la guitarra con la zurda, dejaré que mi mano izquierda gane al tenis (aunque sea en el juego de ordenador que me tiene un poco enganchado), y los cromos de futbolistas que coleccionaba de niño, marcarán un gol con esa mano.
Te rodearé la cintura con mi mano izquierda y besaré la parte zurda de tu cuerpo. La parte derecha la dejamos para otra ocasión. Por lo demás: Te sigue queriendo tanto como en esos días de niñez, cuando el hilo rojo empezaba a unirnos en esas tardes de domingo que yo me inventaba juegos en donde mi mano izquierda casi siempre perdía.

Saturday, September 23, 2006

23/09/06

Vuelvo a sentir miedo. Ahora son las palabras de anoche, sentada en el sofá, mientras la cinta de la serie pasaba sin que le hicieses caso, y leías el escrito de ayer. Te miraba de reojo con los dedos cruzados para que me dijeras algo parecido a lo que me dijiste. “Este es el escrito que más me ha gustado”, me dijiste al terminar de leerlo. ¿Sabes una cosa? A mi también fue el que más me gusto escribir. Las casualidades y el hilo rojo nos lleva a nuestra querida y ansiada hija. No te puedes imaginar las ganas que tengo de abrazarnos los cuatro juntos: (La niña, Brus, tu y yo). Formaremos una piña dulce que será imposible separar. Nada ni nadie tocará esta familia que seguirá creciendo con la llegada de más niños. Lo tengo claro. Quizás el niño se metió anoche también dentro de ti y por eso también vuelvo a sentir miedo. Sé que un día uno análisis nos dirán que vuelves a estar embarazada. No sé si antes de tener a nuestra niña chinita o después, sé que todo irá bien, que no tendremos que sentir miedo por nada. Me lío porque no sabía cómo decirte que para mí también fue anoche uno de mis mejores escritos, pero no el que te di en una hoja, sino el que escribimos juntos en nuestra cama matrimonial; la cama que tanto se queja de nuestros abrazos y tanto sonríe cuando nos besamos. Hasta echó de menos que Brus se metiera bajo su somier para arañarle la barriga cuando nosotros nos abrazábamos. Con delicadeza, sin prisas, con movimientos milimetrados; con el punto final puesto en su mejor momento. Con tu piel sabiendo a la dulce piña que formaremos dentro de poco tiempo con nuestra niña chinita, nuestro Brus, tu y yo.

Friday, September 22, 2006

22/09/06

Si ayer hubiesen existido las casualidades te hubiese dicho que todo estaba escrito. Que el día era el adecuado; que salí del trabajo a la hora exacta para que el semáforo del final de la calle no estuviera en rojo, que la radio del coche eligió una canción que nos gusta a los dos antes de entrar en el túnel que comunica nuestra casa con mi trabajo, y que la pude escuchar entera. Si no fuera una casualidad, no hubiese encontrado un sitio a menos de veinte metros de la estación de trenes, cuando sabes lo difícil que es encontrar un sitio allí; luego saqué el billete de ida y vuelta con un billete de cinco euros que no me cogía la máquina, pero la voz metálica del megáfono anunciaba mi tren con el retraso justo para pedir el billete por ventanilla y que el aburrido trabajador de Renfe me lo diera. La temperatura también era casualidad, pero corría un ligero viento fresco que me ayudaba a llegar más rápido a la meta. A nuestra meta, que a pesar de que tú no estabas físicamente a mi lado, a veces te decía cosas y me contestabas como si estuvieras allí. Luego la casualidad hizo que el ascensor antiguo del bloque donde estaba la meta estaba en la planta baja. Toqué el botón del cuarto piso y la puerta estaba abierta. Creo que vi ese hilo rojo cuando la chica de Transmes me enseñó el sobre rojo con nuestro expediente traducido a la lengua de nuestra chinita. Las casualidades hicieron que el tren de vuelta saliese a las cinco en punto, que tu voz en la calle sonase tan fuerte y dentro de mí que los ruidos de los coches y de Barcelona fuese puro silencio. Luego te vi en la puerta de la fábrica. Tan guapa como siempre. Sonriendo. No era casualidad que te notara tan feliz como estaba yo. El hilo rojo que nos llevará a nuestra hija volvió a aparecer junto a nosotros dos. Y además, las casualidades hicieron que fuera un día especial. Un 21. 8 años y diez meses después de la casualidad de aquel beso en el karaoke del puerto de Mataró.

Thursday, September 21, 2006

21/09/06

Anoche volví a temblar de miedo. Veía tus ojos que me hablaban con reproches que no debía permitirme. Ya sé que tú te preocupas de los papeles, de las facturas de casa, del dinero que tenemos en los sobres del banco. De eso y de muchas cosas de las que yo, por relajación y seguridad de que tú lo tienes controlado, no me preocupo tanto como debería. Tenías razón en parte de lo que me decías, pero no era verdad que no te escuchaba; te escucho más que cuando éramos novios, estoy pendiente de cada palabra tuya, pero quizás fuera el miedo a equivocarme lo que hacía que me liase en las palabras que decía. Anoche temblaba de la misma manera que hacía cuándo éramos novios y te notaba distante. Sufría por si me dejabas o por si me decías que no querías verme esa tarde. Yo me quedaba en casa en mi habitación escuchando el silencio y mirando al techo con los ojos cerrados. Anoche temblaba porque no quiero perderte, porque siento que te necesito más que nunca. Más incluso que cuando éramos novios y tu notabas que yo te cuidaba más que después de casarnos. Ahora quiero demostrarte que te necesito más que nunca. No me agobia ir a buscar los papeles de nuestra hija chinita, ni sacar el dinero o preocuparme de tener las facturas pagadas y al día; comprobar que lo que nos piden en la agencia de adopción es lo que tenemos que pagar. Estoy acostumbrado a estar con la mejor gestora de casa que ningún marido pueda tener. Que ninguna persona pueda tener. Estoy casado con la mejor esposa que una persona pueda imaginar. Y tiemblo porque tengo un miedo atroz a perderte, a volver a pasar una noche sin ti.
En la cama miraba el techo, con los ojos cerrados y recordaba los días en mi habitación en casa de mis padres, cuando me decías que esa tarde no te apetecía quedar o porque habíamos discutido el día de antes. Cuanto más te conozco y sé todo lo que vales, más miedo me da perderte. Tiemblo y en mi cabeza solo escucho esa canción que tanto te gusta.
“Temblando, con los ojos cerrados...”. Esta noche me la aprenderé solo para cantártela al oído.

Wednesday, September 20, 2006

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Este blog pretende demostrar todo lo que amo a mi mujer. Es solo para Gemma