22/09/06
Si ayer hubiesen existido las casualidades te hubiese dicho que todo estaba escrito. Que el día era el adecuado; que salí del trabajo a la hora exacta para que el semáforo del final de la calle no estuviera en rojo, que la radio del coche eligió una canción que nos gusta a los dos antes de entrar en el túnel que comunica nuestra casa con mi trabajo, y que la pude escuchar entera. Si no fuera una casualidad, no hubiese encontrado un sitio a menos de veinte metros de la estación de trenes, cuando sabes lo difícil que es encontrar un sitio allí; luego saqué el billete de ida y vuelta con un billete de cinco euros que no me cogía la máquina, pero la voz metálica del megáfono anunciaba mi tren con el retraso justo para pedir el billete por ventanilla y que el aburrido trabajador de Renfe me lo diera. La temperatura también era casualidad, pero corría un ligero viento fresco que me ayudaba a llegar más rápido a la meta. A nuestra meta, que a pesar de que tú no estabas físicamente a mi lado, a veces te decía cosas y me contestabas como si estuvieras allí. Luego la casualidad hizo que el ascensor antiguo del bloque donde estaba la meta estaba en la planta baja. Toqué el botón del cuarto piso y la puerta estaba abierta. Creo que vi ese hilo rojo cuando la chica de Transmes me enseñó el sobre rojo con nuestro expediente traducido a la lengua de nuestra chinita. Las casualidades hicieron que el tren de vuelta saliese a las cinco en punto, que tu voz en la calle sonase tan fuerte y dentro de mí que los ruidos de los coches y de Barcelona fuese puro silencio. Luego te vi en la puerta de la fábrica. Tan guapa como siempre. Sonriendo. No era casualidad que te notara tan feliz como estaba yo. El hilo rojo que nos llevará a nuestra hija volvió a aparecer junto a nosotros dos. Y además, las casualidades hicieron que fuera un día especial. Un 21. 8 años y diez meses después de la casualidad de aquel beso en el karaoke del puerto de Mataró.

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