29/09/06
Me senté frente al mar después de dejar los papeles flotando en el aire. El hilo rojo se tensó en mi cintura y solo tuve que lanzarlo a la orilla para que llegase a la playa que un día pisaremos con nuestra hija chinita. Luego pensaba otra vez en ti. En ver esa misma porción de mar inmenso los dos cogidos de la mano. Como cuando el primer día que nos vimos nuestras manos se encontraron en aquella discoteca de las afueras de la ciudad. Seguí mirando el mar, pero dentro de mi cabeza solo había ese hilo rojo infinito que se llama felicidad. Tenía ganas de llamarte por teléfono a cada minuto, pero pensaba en tu trabajo, en que aunque sabía que estabas tan feliz como yo, la vida del trabajador debe continuar sin que nada afecte a su concentración. Mi concentración estaba apuntando a un punto de sol que hacía de brillante sobre la mar cálida que miraba con mis ojos. Me hubiese convertido en poeta en vez de querer ser escritor si me hubiese quedado un rato más mirando el hilo rojo que salía del mar. Luego me levanté del banco y mis pasos se acercaban a la orilla. Todos los barcos millonarios que alardeaban de lujo y poder eran pequeños para mi felicidad. Acababa de dejar los papeles para que dentro de un año y poco más, nuestros ojos se clavasen en un mar igual de azul, con brillantes de sol sobre su superficie, que brillase en nuestros ojos la luz de unos ojos rasgados, diminutos; los ojos de nuestra hija chinita. De nuestra hija unida desde ayer por el hilo rojo que volaba por encima del mar azul que mis ojos miraron ayer. Tus ojos azules hubiesen ganado la batalla de belleza, siempre lo hacen.

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