Monday, September 25, 2006

25/09/06

De pequeño me inventaba juegos para no aburrirme las tardes de los domingos. Coleccionaba cromos de jugadores de fútbol y jugaba partidos en la mesa del comedor haciendo que un trozo de papel de aluminio redondo fuese la pelota y tres palillos sin usar, eran la portería. Los cromos de mi equipo favorito los llevaba con mi mano derecha, y los cromos con mis contrincantes, los hacía jugar con mi mano izquierda. También jugaba a tenis con raquetas de playa y globos de colores. Inflaba el globo y lo golpeaba con la raqueta de playa contra la pared. El primer golpe era con la derecha y representaba el jugador que me gustaría ser, el siguiente golpe era con mi mano izquierda y era mi contrincante, que siempre era más malo que yo. Siempre fui diestro. Escribía con la derecha, chutaba la pelota con la derecha y mi mano derecha era siempre la ganadora. Pero en el fondo siempre quise ser zurdo. En el fondo de mi cerebro infantil, los perdedores de la mano izquierda querían ganar. “Yo quiero ser zurdo”, pensaba a menudo. Intentaba que alguna vez ganase mi mano izquierda; golpeaba mal el globo con la raqueta de playa cuando le tocaba a la mano derecha, y alguna vez ganaba mi mano izquierda. O el equipo que no era mi favorito y jugaba con mi mano izquierda marcaba algún gol sin que el portero de mi mano derecha pudiese hacer nada.
Y ahora te estarás preguntando por qué narices te estoy contando esto. Me acordé de esos juegos cuando anoche me dijiste que te hubiese gustado ser zurda. Que te gustaban los zurdos. El hilo rojo de nuestra conexión ya estaría marcado en esas tardes de domingo; mientras yo jugaba a tenis o a fútbol con cromos y tú mirabas las series de dibujos animados o la película de indios y vaqueros. Sabía que tenía que aprender a jugar bien con la mano izquierda porque algún día, la mujer de mi vida me diría que le gustan los zurdos. Esta noche aprenderé a tocar la guitarra con la zurda, dejaré que mi mano izquierda gane al tenis (aunque sea en el juego de ordenador que me tiene un poco enganchado), y los cromos de futbolistas que coleccionaba de niño, marcarán un gol con esa mano.
Te rodearé la cintura con mi mano izquierda y besaré la parte zurda de tu cuerpo. La parte derecha la dejamos para otra ocasión. Por lo demás: Te sigue queriendo tanto como en esos días de niñez, cuando el hilo rojo empezaba a unirnos en esas tardes de domingo que yo me inventaba juegos en donde mi mano izquierda casi siempre perdía.

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