27/09/06
Erase una vez una princesa preciosa que vivía en un segundo piso de un bloque de tres plantas. En el primer piso vivía una bruja muy malvada que tenía dos hijas que eran bastante feas, putillas y maleducadas; y también su padre, que era un pobre hombre que hablaba poco y mal, y que las pocas veces que se le oía decir algo no se entendía nada de sus palabras. En la planta baja vivía la bruja Piruja, la más malvada de las brujas del barrio que tenía una perra blanca que provocaba continuamente al perrito bueno de la princesa. El perrito bueno de la princesa se paseaba todos los días con el auténtico amor de la princesa. Un chico bohemio que quería ser escritor y amaba hasta la locura a su querida princesa preciosa. La princesa trabajaba todos los días en una fábrica muy grande que era propiedad de su padre. Un buen hombre que había emigrado de pueblos pobres para prosperar en la vida. Era el más pequeño de una familia extensa y fue el único que consiguió algo importante en la vida. Por eso la gente del barrio le tenía envidia, porque se había hecho a sí mismo, porque había conseguido vivir bien a base de mucho trabajo y esfuerzo. La bruja Piruja sentía mucha envidia de la princesa preciosa y de toda su familia. Por eso le hacía la vida imposible y cada vez que se la encontraba por la escalera le recordaba el dinero que tenía su padre o que su piso no le había costado nada. La bruja malvada del primer piso también envidiaba a la princesa preciosa y fumaba en el balcón con los pelos de loca y criticaba a la princesa, por ser tan bella, inteligente y simpática. Ella era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sucio, por eso no soportaba tener tanta belleza justo encima de su piso y miraba a sus hijas y a su marido y solo veía fealdad, estupidez y poca educación. También intentaba hacerle la vida imposible a la princesa, pero nadie podía. El futuro escritor que vivía con la princesa le contaba cuentos cada noche en forma de papeles fotocopiados con una rosa especial cada día. Parecía la misma, pero cada flor era distinta cada día y expresaba todo el amor que él sentía por su princesa y lo feliz que era viviendo con ella y su perrito bueno. La bruja Piruja buscaba siempre problemas para poner de mal humor a la princesa preciosa, pero a pesar de que a veces lo conseguía, la inteligencia, simpatía y belleza de la princesa conseguían que esos problemas que le hacía tener la bruja Piruja, desapareciesen como por arte de magia. Además, ahora tenían algo muy importante y especial que esperar y desear. Pronto la familia de la princesa, el perrito bueno y el futuro escritor tendría a un precioso bebe de pocos meses a su cuidado. Aunque parecía que faltasen muchos meses, pronto vivirían todos felices en un castillo con un inmenso jardín, serían felices y comerían perdices, huevos con patatas, fideuas, paellas, chocolate y todas las cosas que ellos quisieran y desearan. Ahora si que serían la familia más feliz y envidiada del barrio.

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