19/04/07
No debería escribirte mi curriculum amoroso, más que nada porque queda feo explicarle a tu mujer con quién estuvo su marido, a pesar de que fuera hace mucho tiempo y ya ni siquiera me acuerde de ninguna de ellas.
La farmacéutica. La conocí cuando yo tenía 17. Eran los primeros domingos de discoteca. Los nervios de las colas para ver si los porteros te pedían el carnet de identidad y los primeros cubatas de ron que te dejaban la cabeza y el cuerpo hecho un Cristo. Uno de esos domingos de cubata de ron y entrada por los pelos a la discoteca de moda, conocí a una chica un año mayor que yo. Recuerdo que iba muy pintada. El pelo rizado y la cara le olía a pintura restauradora. El cubata de ron hizo de salvapantallas poco exigente y terminé acompañándola hasta su casa. Vivíamos cerca, pero nunca me había fijado en ella. Ni la conocía. Sería la pintura restauradora de la cara o ese cubata de ron, lo que me hizo quedar con ella a la semana siguiente. Todavía era de día cuando la fui a buscar. Una tarde sin pintura en la cara que me hizo ver la verdadera chica a la que había conocido el domingo anterior. Me horroricé, pero como era un niño educado, no le dije que me había equivocado de cita, que dónde cojones estaba la chica de la discoteca. Me di cuenta entonces que la pintura en la cara y la oscuridad de las discotecas hacen milagros. Y que debía dejar de beber, urgentemente, cubatas de ron. La farmacéutica duró poco en mi vida. En mi corazón no llegó a los diez minutos de haberse pasado la borrachera del primer domingo. Luego estuve unos meses saliendo con ella, pero prefería estar con los amigos y no tener que pasar cada noche por la ducha a quitarme la pintura que me había pasado ella de su cara a la mía. Creo que desde entonces odio a las mujeres que se pintan demasiado. No me gustan las restauraciones faciales, ni las operaciones artificiales para engañar al pobre chico de turno que quiere un poco de amor en la adolescencia. Subió un par de veces a casa, conoció a mis padres y hasta mi abuela iba a comprar a la farmacia donde ella trabajaba. No sé porque duré más de una semana con ella. Era de los primeros de mis amigos en tener novia más o menos formal y eso ayudaba a ser un poco más mayor. La dejé una noche de domingo en la misma discoteca donde la conocí. Un par de cubatas de ron me dieron las fuerzas para decirle que no me gustaban las restauraciones faciales. Ni la pintura en exceso. “Yo me quedo con Dalí y su surrealismo. Para ver Picassos, me voy al museo del Prado y contemplo su Guernica…”, algo así tuve que pensar al despedirme de ella. En la escala de recuerdos con ella, no llega ni al uno y medio. Pobre chica, es que se pintaba demasiado…
Continuará…si tú quieres, mi verdadero y único amor.

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