03/04/07
El joven que fui miraba por la ventana los días de lluvia a los pobres paseadores de perro y esbozaba una sonrisa. No me acuerdo si los compadecía, si los admiraba o si simplemente los ignoraba como una especie con mucha voluntad y poco cerebro. Eso de pasear un perro (un perro, con lo poco que a mí me gustaban los animales cuando era más joven) y estar aguantando la lluvia, era lo peor. Pero el tiempo nos pone a todos en el sitio que merecemos o en el sitio que acabamos buscando y he terminado convirtiéndome en un paseador de perro. Del mejor perro, eso sí. Me sabe mal siempre más por él que por mí. Nosotros, los humanos, tenemos la suerte de poder elegir el momento en que vamos a dar un paseo, en el que vamos a comer o sobre todo, vamos al lavabo a hacer nuestras necesidades. A un perro se le elige siempre ese momento. “Ahora toca mear, ahora toca comer y ahora toca jugar”, le obligamos a hacer. Elegimos nosotros su horario y él, tan contento por todo sea la hora que sea, lo acata sin rechistar y se pone en funcionamiento. Eso es bueno para él y para el paseador de perros todos los días, excepto los días de lluvia. Aquí a parte de aguantar las gotas de lluvia sobre su peludo lomo al aire, tiene que aguantar los resoplidos de malhumor del amo, que se plantea en ese trayecto por el parque, con los zapatos mojados, los pantalones chorreando y el abrigo empapado; el por qué tiene que llover siempre en el momento justo que él decide salir a pasear...Pero todos esos momentos malos de lluvia y paseo se recompensan con la alegría que demuestra al llegar a casa (a veces algo desbordada por culpa de los olores femeninos de perras busconas) y por el cariño que te da. Si hay algo de lo que (llueva mucho o no), no me arrepentiré nunca de haberte dicho que sí, fue de ir a buscar a Brus a Cádiz. Nunca había tenido un perro y pensaba que yo no sería uno de esos paseadores de perros que salen los domingos por la mañana a recoger cagarrutas o de tener que salir bajo la lluvia a pasearlo. Gracias a ti sé cuál es la sensación de querer tanto a un animal que es parte de la mejor familia del mundo. La nuestra. Gracias a los dos por aguantar mis resoplidos cuando llueve y me mojo; ya sabes que se me pasa enseguida y que lo volveré a hacer al día siguiente.

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