Wednesday, March 28, 2007

28/03/07

Solo me acuerdo de una edad a la que quería llegar cuando era pequeño. Empezaba a tener la percepción de que cada año que pasaba era un dígito más para llegar a ser adulto y dejar de ser el niño al que ahora volvería sin pensármelo un segundo. Debía tener 9 o 10 años cuando tenía claro que quería llegar a cumplir los 18 para ser mayor y hacer lo que quisiera. El tiempo fue pasando y cada vez hacía menos lo que quería. Cuando uno es un niño solo tienes que preocuparte de jugar y estudiar cosas que entonces parecen muy difíciles, pero que no lo son tanto y esos años acaban siendo lo mejores de tu vida. No es que ahora me queje de mi vida (que es mucho mejor de lo que me esperaba), pero ¿quién no volvería a ser un niño otra vez?.
Pues llegó el día (como hoy) que cumplí los 18. Ya era mayor y ya tenía un trabajo (el mismo que todavía tengo). No tenía la libertad que soñé siendo un niño de 10 años y lo que quería era volver a cumplir otra vez esa edad. Ya tenía demasiadas responsabilidades: trabajo, estudios, problemas en casa por falta de dinero... Mi vida no era la soñada, pero era la que había elegido (o al menos eso creía). Seguía haciendo una de esas rutinas tontas que no explico a nadie, pero que cada día de mi cumpleaños hago desde que cumplí los 14. Ese año me compré mi primer disco de música. Un disco que saboreé como no he vuelto a hacer con ningún otro. Me lo puse por primera vez mientras me duchaba el día de mi 14 cumpleaños y desde entonces cada día como el de hoy lo escucho entero. Es una forma de volver a ese pasado de niño al que volvería ahora mismo. También hago otra cosa que no he dejado de hacer desde que cumplí, creo, los 18: Mirarme al espejo fijamente durante un buen rato hasta que mi mente no me reconozca. Es un ejercicio que puede doler, porque tu imagen termina siendo diferente a la que tienes en tu cabeza. Sin poner cara de italiano, sin intentar parecer guapo. Mirarme fijamente al espejo un buen rato y terminar por no reconocerte, diciéndote: “Has vuelto a cumplir otro año, chaval”. Pero si tengo que recordar un día de mi cumpleaños me quedo con el día que, estando en una habitación de Londres, la que entonces era mi novia me regaló un reloj precioso, sacó unas madalenas con velas y globos de colores y me dijo que SI. El sí más importante de mi vida. El sí que contestaba a la pregunta que te había echo unos días antes y que no me habías contestado. El sí que me decías que querías casarte conmigo. Ese día de mi cumpleaños (de la Semana Santa del año 2000), en Londres, en la ciudad a la que siempre volvería solo contigo, el día que me dijiste que querías casarte conmigo. Ese fue uno de los cumpleaños más felices. Luego vinieron sorpresas, regalos increíbles y sobre todo el mejor regalo que cada año que cumplo, cada día que pasa, cada segundo que paso junto a ti es siempre el mejor regalo del mundo.

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