27/03/07
Los insomnes del mundo deberían tener la suerte que tengo yo. Abrir los ojos a las cuatro de la mañana y encontrarse con tu cara, seguir abriéndolos, poco a poco y comprobar que no es un sueño, que eres tú quien está delante de estos ojos legañosos que se van haciendo a la idea de tener delante de ellos a la Belleza en persona. Esa es la gran suerte que tengo yo, que a pesar de que no soy insomne, me encuentro despierto a las tantas de la madrugada con tu cara a punto de besarme. Eso debería estar recetado por la Seguridad Social. Pero ojo, solo para mí. El resto de insomnes, por muy beneficioso que les fuera encontrarse contigo, se tendrán que conformar con imaginarse a un rebaño de ovejas, una valla y empezar a meterlas dentro de ese recinto, contando a todas las ovejas, sin saltarse una, para poder volver a tener sueño y quedarse dormidos. Yo no soy insomne, ni necesito contar ovejas que saltan una valla para meterse dentro de su parcela de tierra donde tienen que pastar y deben comer para crecer y dar la mejor lana del mundo. Yo solo tengo que esperarte. Esperar que tu sueño se desvanezca y tosas un poco (o quizás mucho, ya que mi sueño es bastante profundo) para que yo me despierte y pueda hacerte caso. Ya no necesitaré ningún libro con la historia de un grupo de música, o el cuento infantil de una niña que viene de oriente y se queda a vivir con unos papas de aquí; yo solo tengo que escuchar un poco tu voz; ahora un poco más tus toses y esperar que mis ojos se abran del todo. Entonces saltaré hacia tu cuerpo y lo abrazaré sin pedirte permiso. Te morderé en la espalda, te besaré el cuello hasta que mi aliento de madrugada desaparezca; te acariciaré los muslos, los brazos, te oleré el pelo enmarañado por las pocas horas de sueño hasta que te despertaste y te besaré en los labios sin importar el olor que desprenden las bocas resecas de los dos. Construiré un refugio de placer para esas horas de la madrugada en que eres incapaz de dormir, o que por culpa de tu resfriado, te despiertas más de la cuenta y te inyectaré el veneno por todos los poros de tu piel para que las ovejas no necesiten salir de su parcela de tierra, para que los insomnes no vuelvan a dormirse jamás si nos escuchan amándonos, para que el pobre Brus se rasque las partes de su cuerpo que más le piquen en ese momento, o para que tu tía le de vueltas a la puñetera limpieza de la escalera en tres horas. Nada importará ni nadie nos molestará a esas horas perdidas al sueño. Si cada noche te despiertas con ganas de leer o de comerte un buen bocadillo de Nocilla y ya no sabes qué más hacer para dormirte, acuérdate de quien duerme a tu lado...de la inyección de veneno malo (o bueno) que puede proporcionarte y del sueño que tendrás una vez que te inyecte ese veneno solo para ti.

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