Tuesday, March 13, 2007

14/03/07

Llegué a la hora exacta y me quedé en la puerta de la fábrica sin entrar a verte. Luego tú me dijiste si no te echaba de menos: “Y tanto que te echaba de menos”, me repetía una y otra vez. Cuando me paré delante de la ventana de tu despacho y te vi hablando por teléfono. Me quedé con las ganas de que mis piernas saliesen rápidamente del coche y fuesen corriendo hasta la puerta de tu despacho. Además, podría ser que quien hablase contigo fuese alguien no idóneo mis posibilidades de quedarme eternamente con la princesa bella del cuento, con lo que quedarme sentado en el coche, mirando estúpidamente el reloj del coche, cogiendo el escrito de ayer en una mano y saludándote con la otra para decirte adiós, no era la mejor opción, pero eso fue lo que hice. Arrancar el coche y seguir mi camino de cada martes hacia el curso de cocina para regresar a casa más tarde apestando otra vez a pollo frito. Mi obsesión por llegar temprano a los sitios me pierde. No es que ayer fuese mal de tiempo o fuese a llegar tarde, pero tampoco quería molestarte mientras hablabas por teléfono, y para que engañarnos, tampoco quería llegar tarde a mi sitio dentro de la clase de cocina. No tengo remedio. Mis pies apretaban los pedales del coche pero en el fondo querían salir corriendo de dentro para buscarte. La mano que cogía el escrito de ayer seguía sujetándolo sin saber si dejarla encima del asiento del copiloto o darme un millón de bofetadas por idiota: “Cómo se te ocurre marcharte sin darle un beso a la mujer más maravillosa de la tierra, a la mujer de tu vida, idiota, más que idiota”, parecía decirme la mano que sujetaba el escrito. La otra mano seguía saludando estúpidamente sin parar a todo lo que se cruzaba delante de mí, como si fuera un príncipe recién casado paseando por las calles de su ciudad el día de su boda. Todo mi cuerpo se arrepentía de no haber bajado del coche y salir corriendo por las escaleras de la fábrica para darte un gran beso. Un beso que te debo y tendré que darte esta noche antes de que te duermas y yo llegue a la cama pensando en abrazarte, en besarte con pasión y me de cuenta de que estás dormida. Entonces la mano que sujetaba el escrito si que me dará una buena paliza por haber visto otra de esas series de médicos o de mujeres desesperadas que hacen que al llegar a la cama ya estés tan dormida que sea imposible besarte como te mereces. Antes de que termine un nuevo día. Un nuevo día en el que la vida será mejor si sigo estando a tu lado; con beso y sin manos malas que me den bofetadas por volverla a fastidiar.

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