Monday, March 19, 2007

19/03/07

No hacía falta moverse mucho de la tumbona de la terraza de Sandra para comprobar lo que ya sabía. Tú eras la más guapa del mundo. Y como ayer solo había tres mujeres más para poderte hacer sombra, el resultado era evidente y claro. Seguirás siendo eternamente la más guapa del mundo. No hacía falta ir muy adentro o muy afuera en las personalidades o en el físico de las demás comparado con el tuyo. Tú ganas de goleada a dos quinquis y a tu amiga del alma. El resto fue viento y sombra molesta que no dejaba pasar los rayos de sol que elevaban todavía más los rasgos de tu belleza. Por muy apestoso que fuese tu aliento después del terrible eructo de vuelta a casa, seguías siendo la más guapa. No importaba que en mi vida hubiese olido algo tan extremo salir de una chica, pero era lo de menos. Seguías teniendo los ojos más azules y bonitos; el pelo más suave y perfecto, aunque oliese al humo del carbón o de los restos de carne que ayer impregnaba todo. Tu cuerpo esculpido con los moldes de la perfección dejando salir un par más de “rots” de allioli que eran peor que armas nucleares apuntando al centro de cualquier ciudad del mundo. Todo eso era lo de menos. Tu belleza y saber estar lo ganaban todo. Las voces de las quinquis también apestarían a allioli, y sus maridos tendrían que aguantarlas al llegar a casa, pero lo malo para ellos es que no tenían a la máxima belleza del universo a su lado. Yo si que la tengo y por eso lo demás no importa.
Tampoco importa que no me hagas caso cuando llevas poco tiempo durmiendo. Yo intentaba terminar de leer el periódico de los domingos, que siempre suele llevar más hojas de las que debería. Sentado en tu sofá iba contando los minutos que faltaban para llegar a la cama para besarte y notar el aroma a allioli cerca de tu cara. Pero lo que no esperaba eran los ronquidos de sueño que todavía te hacen más bella. “Ahora apago la luz”, me decías con los ojos entreabiertos (o mejor dicho, entrecerrados del todo), para menos de un segundo después escuchar tus ronquidos leves y suaves como tu pelo, que llenaban toda nuestra habitación. Me lo dijiste tres veces, y tres veces se cerraban tus ojos y se abrían las fosas nasales de los ronquidos. A la cuarta te giraste y apagaste la luz. Entonces mi sonrisa no desapareció el resto de la noche en mi cara; además, el aroma a allioli empezaba a desaparecer también de tu boca, cosa que tampoco me importaba, porque seguía estando con la mujer más bella del universo.

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