Friday, March 16, 2007

16/03/07

Las feromonas que desprendimos ayer por la tarde todavía se deben notar en el ambiente de la habitación. Es mejor que mantengamos siempre la puerta de la habitación cerrada para que el pobre Brus no se vuelva loco y siga buscando a su amor en la forma ligera de la cortina. Esas feromonas son las que hacen que una persona reconozca a su amor a mil kilómetros de distancia. Tu ahora, mientras escribo esto, estás a 16 minutos y medio del ordenador desde el que te escribo. Estarás desayunando el bocadillo de pavo que te habrás echo esta mañana, impregnado con alguna feromona que se escapó de la habitación y consiguió llegar hasta la cocina para darse un respiro, tomarse un vaso de agua fresca y descansar de tanto ajetreo amoroso. La gente se conecta a los ordenadores para buscar esas feromonas que no se pueden tocar. La gente es rara y solitaria. Nos encontramos con el olor que nos vuelve locos y lo degustamos hasta que se desgasta. Tres meses de pasión desenfrenada para desgastar a todas las feromonas de las que esa pareja nueva puede llegar a tener. Nosotros racionamos nuestras feromonas con inteligencia. Cada vez que abrimos la caja de los truenos en nuestra cama se abren millones de feromonas que se desparraman por el aire de la habitación. Brus se queda con muchas dentro de su olfato y busca a su novia en forma de cortina colgada, pero las auténticas feromonas, las que vana durarnos toda la vida, todavía están dentro de nuestros cuerpos. Yo no quiero repartirlas con nadie que no seas tú. Mis feromonas son tuyas y espero que las tuyas sigan siendo mías hasta el día que se agoten, que espero sea dentro de millones de años. De momento, por la habitación de casa seguirán desperdigadas un montón de esas feromonas agarradas a cualquier sitio para volverse a pegar a nuestros cuerpos en el momento en que nos volvamos a meter a la cama y que no sea para dormir. Ya sé que hoy no es un buen día para recordarte eso de no dormir, después de la noche que te ha dado la saliva de Brus; pero ten en cuenta que cada movimiento de su boca era una feromona nuestra que estaba perdida y se metía en su hocico para volverlo más loco y seguir buscando a su novia que él ya no quería que tuviese forma de cortina.

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