17/03/07
El grito de una mariposa me ensordece las dos orejas. Muevo la cabeza como un poseso que no sabe quien demonios está gritando con tanta fuerza. La mariposa se posa en la palma de mi mano y me mira a los ojos. Tiene la cara de una persona desconocida, pero es el rostro humano. Me dice algo con esa voz chillona que le imagino y me hace una señal con unos dedos minúsculos para que me acerque a ella. “Si supieras todo lo que deseas serías un hombre desgraciado”, entiendo esa frase algo borrosa, porque mis oídos siguen lastimados por el grito anterior de la mariposa. “Perdona, pero no te he oído bien”, le digo a la mariposa, que pasa de la palma de mi mano derecha a mi hombro izquierdo, en un vuelo súbito que no consigo retener en la cabeza. “Me puedes repetir lo que me has dicho”, le digo a la mariposa que esta en mi hombro. Ella silba una canción de un grupo muerto que hace siglos que dejó de tocar ante gente porque el guitarrista, el guapo del grupo, cogía miedo a la gente y se negaba a que le viesen más la cara. La mariposa silba la canción y me dice otra frase, que esta vez entiendo mucho mejor. “Nunca sabrás de lo que eres capaz de hacer hasta que lo intentes”, me dice una y otra vez la mariposa. Qué demonios quiere decir la mariposa con esa frase. “Ya sé que si no intento algo no seré capaz de lograrlo...”, intento decir hasta que la mariposa me interrumpe y me dice. “La mujer de tu vida esta a tu lado; no hay más que eso. La belleza de esa mujer esta por encima de la novedad de una máquina pasada. No sé si me entiendes”, me dice la mariposa. “Creo que te entiendo, pero no hacía falta que me lo dijeras, eso ya lo sé, y no hay nadie mejor que mi mujer y es con quien voy a estar hasta el último de mis días”, le digo a la mariposa, que cuando escucha eso me guiña un ojo y levanta el vuelo de mi hombro hasta el cielo infinito. Vuela como si estuviera realizando una labor imprescindible por el mundo y me deja un papel minúsculo en el hombro con una frase que leo con dificultad. “Cierra los ojos. Todo lo que ves, es tuyo”. Doblo el papel minúsculo y me lo guardo en el bolsillo del pantalón. En la inmensidad del cielo se vuelve a escuchar el grito agudo de la mariposa inquietante.

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