06/10/06
Reescribo un cuento un poco macabro pensando en los días malos dentro de una oficina. No hace falta que tú seas la protagonista, solo lo reescribí para sacarte una sonrisa de humor negro. Aquí va.
Estáis tú y la jefa solas en el despacho. Os lleváis mal. Muy mal. Ella bebe agua directamente de la botella de plástico y se empieza a ahogar. Te mira con los ojos desorbitados pidiéndote ayuda.
- Tranquila, respira poco a poco- le dices.
- Ah... ah…- es lo único que consigue decirte ella.
Por la cabeza te pasan tantas cosas a la vez, que lo primero que haces es sacar un papel en blanco de la impresora y se lo haces firmar con la siguiente declaración de exculpación por si le pasase algo a tu jefa.
"Yo, Fulanita de Tal, jefa del departamento de compras, reconozco que mi empleada Menganita de Cual, con número de DNI: 38454548-N, no ha tenido nada que ver en mi muerte. He sido yo misma, Fulanita de Tal, que al intentar beber agua a morro de la botella me he atragantado y he muerto asfixiada por un mal trago de agua. Y para que así conste en acta dejo mi firma y consentimiento.
Firmado a 06 de octubre de 2006".
Le obligas a que firme la carta, escrita rápido, con bolígrafo azul y con no demasiada buena letra. Ella no puede firmar. Notas que le quedan dos minutos de vida como mucho. Mueve los ojos al mismo ritmo que los brazos, se arrodilla y te suplica con la mirada angustiada que hagas algo. El papel lo dejas encima de la mesa de trabajo. Ella agoniza estirada en el parquet del despacho.
Cuando llames a la ambulancia, le habrás tocado la cara, le habrás echo el boca a boca, le habrás desabrochado la camisa de Chanel que le sienta tan mal y todos te verán como a la nueva heroína de la empresa. Además, si se salva te estará eternamente agradecida, subirás en la empresa hasta los puestos más altos de dirección, serás su mano derecha y tu sueldo se llenará de ceros a final de mes.
Mientras tienes todas estas elucubraciones en la cabeza, ella sigue agonizando en el suelo del despacho. Respira como un pez sacado fuera del agua. Eso te hace recordar aquel pez naranja que tuviste de niña y cómo se murió, agonizando, en la pica de la cocina de mamá. Con los ojos desorbitados y la boca abriéndose cada vez más despacio.
Lloras al recordarlo y le acaricias el pelo a la jefa. Esta azul, casi morada. "Ese no era el título de una película reciente de cine que quería ir a ver", te lo preguntas justo en el momento exacto en que tu jefa fallece.
Decides no ponerte nerviosa. Coges las llaves del despacho, te pones la chaqueta blanca y te vas al bar de la esquina a tomarte un cortado.
- Ahora vuelvo- le dices a la difunta, intentando que todo sea lo más normal y rutinario posible. No tocas nada para que parezca que se murió cuando tú ya no estabas allí.
La jefa tiene los mismos ojos de hiena asquerosa con lo que te miraba antes de morir y tú sigues acordándote de tu pobre pez naranja.

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