Thursday, October 05, 2006

05/10/06

Llevo toda la mañana tocándome un grano de la nariz que no deja de sangrar. Me acerco al espejo del baño del laboratorio y aprieto hasta que los dedos duelen incluso más que el propio grano. Entonces sonrío. Parece estúpido sonreír mirándose al espejo con un círculo de sangre y pus alrededor de la nariz, pero me río de la situación de muchas noches en casa.
Te veo a ti mirándote al espejo haciendo lo mismo que yo hago ahora. Aprietas fuerte cualquier grano de tu preciosa cara y noto en tus manos la fuerza que estás haciendo para sacar toda la porquería que lleva dentro. Ya sé que no es muy poético hablarte de granos, pero cualquier cosa que haces se convierte en una inspiración para mí.
Anoche me puse un poco de la crema que tu llevas últimamente en la cara para curarte los granos. Olía a adolescencia. Me hizo volver a los años en que mi cara sufría los alborotos de las hormonas. Olía igual que muchas de las cremas que no servían para nada y a las que encomendaba toda mi suerte en aquellos años. Me hizo pensar que tú también utilizabas las mismas cremas que yo en esos años en que nuestro hilo rojo estaba unido pero todavía no se había encontrado. Ahora me duerme oliendo esas cremas de adolescencia junto a la inspiración de mi vida. Mi grano en la punta de la nariz sigue sangrando y acabo de oír tu voz por el teléfono. Mientras me hablabas de las cosas que habías comprado en el kiosco, con la misma ilusión que hablas de todas las cosas de nuestra hija chinita, me venía el aroma de la crema antiacné que utilizamos ahora, como si fuéramos dos adolescentes que duermen juntos con la prohibición de sus padres. Nuestra cama es el pecado de adolescencia de una pareja que se va a querer toda la vida oliendo a una crema antiacné.

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