Tuesday, April 24, 2007

24/04/07

Ni un minuto después de colgar el teléfono móvil ayer a Jordi ya sabía cómo iba a ir la aventura de este sábado por la noche. Tres treintañeros casados deambulando por un bar con música demasiado alta para los oídos ya escacharrados de los tres, perdidos sin rumbo fijo, mirando a la juventud pasearse con la risa puesta de las primeras salidas nocturnas a un bar de diseño o a una discoteca con luces de colores y pinchadiscos que ahora se hacen llamar DJ´s o algo así. Un par de cervezas en su caso y yo quizá me atreva a tomar un combinado con alcohol fuerte “para hacerme un poco el hombre” y disimular al primer trago con lo malo que estará el maldito combinado de alcohol y coca-cola, fanta de naranja o de limón. Nos cansaremos del primer sitio al que vayamos y buscaremos otro más acorde a nuestra edad. Menos juventud y alguna cara conocida de cuando nosotros éramos jóvenes. Los mismos que antes no ligaban seguirán yendo semana tras semana a los mismos tugurios en busca de una media naranja que debe estar acostándose la mar de a gusto con uno de sus amigos. Otro combinado para el dolor de cabeza y así intentar combatir el sueño que a las dos o las tres de la madrugada (si es que llegamos a una hora tan lejana) estarán a punto de hacernos volver a casa. Hablaremos de los viejos tiempo, de lo mucho que nos “divertíamos” haciendo exactamente lo mismo que haremos esa noche. Deambular por sitios a los que detestamos para ver al resto de la gente divertirse. Nos gritaremos al oído para intentar escucharnos, pero nos daremos cuenta que echamos de menos nuestra vida de casados. Llegar a casa a una hora decente, todavía con luz y poder cenar tranquilo, ver la televisión en un sofá mientras en el otro esta tu querida mujer leyendo una revista, o dándole de comer a los niños o jugando al mayor…qué sé yo. Echaremos de menos nuestra vida matrimonial en menos de lo que hayamos entrado en un par de bares o discotecas de moda. Luego vendrá lo mejor de la noche; cuando nos quedaremos sentados dentro del coche a hablar sin ruidos molestos de todo lo que pudimos ser y nunca seremos, de lo bien que se vive sin tener que salir cada fin de semana en busca de una media naranja ya medio podrida, y de las ganas que tenemos de darles un beso como Dios manda a nuestras mujeres (cada uno a la suya, por supuesto), y decirles al oído que las queremos mucho.

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