04/05/07
Esa pose de diablillo que esta a punto de escaparse de la mano de su madre, que la sujeta para la fotografía diciéndole: “Espera un momento, Gemma, que nos hacen la foto y ya te puedes ir a jugar con tus amigas”, y el pelo liso y tan rubio que parece pintado con rayos de sol. Sueltas la mano de tu madre y sales como un terremoto a seguir los juegos en la calle sin coches del barrio. En otra fotografía, cuando todavía eras demasiado pequeña, te aguantas las lágrimas subida en un mueble marrón, pensando en tu cabecita de niña pequeña, que para qué demonios tienen que hacerte tantas fotos, que se contenten con verte, que estarás toda la vida así. Pero creces y juegas; siempre juegas. Ahora en la playa, estirada en la arena, sobre una toalla de la época que es el último grito en moda de toallas playeras, pero que ahora nos harían sonreír de lo mucho que han cambiado los gustos en ropa. Estas nerviosa por volver al agua; tu hermano mayor te espera con una pala y un cubo, en la orilla del mar, que hoy tiene la temperatura ideal para estarse todo el día metido dentro. Pero acabas de comer y toca hacer la digestión: “Tienen que pasar dos horas antes de que te puedas volver a meter en el agua, cariño”, te dice tu madre, que quiere aprovechar esas horas para hacerte alguna fotografía en bikini, haciendo top less para que los niños de tu edad se empiecen a frotar los ojos de lo que les espera ver en el futuro. Estiras la pierna y juegas con tu madre, que aguanta como puede tus energías y mira el reloj con ganas de que pasen las dos horas y puedas volver al agua a desfogarte. La fotografía no se verá hasta que se termine el carrete, pero es una de las mejores fotografías de tu infancia. No es tan moderno como ahora, que casi a la misma vez que haces la fotografía ya ves el resultado. El encanto de las cosas del pasado. Viajas en el tiempo y sigues manteniendo esos ojos enormes de sorpresa delante de una botella de fanta de naranja de hace mucho tiempo. Una comida familiar y los mofletes enrojecidos por el sol de la playa de esas vacaciones que no quieres que se acaben nunca. Sigues creciendo y vienen los novios, los futuros maridos que se quedan en el camino y los viajes por Catalunya para conocer cada rincón bonito que valga la pena fotografiar. Un paisaje espectacular detrás de un primer plano de tu cara. Los pómulos marcados, los ojos más azules que nunca, más grandes si es posible, la nariz que me parece la más perfecta del mundo; tus labios a punto de ser besados por mi. Ahora que las fotografías estarán dentro de la pantalla de un ordenador, dejaré más de una vez mis labios marcados en la pantalla con la forma de los tuyos.

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