30/10/06
Por la mañana me cuesta escribir una sola frase que tenga un poco de sentido. Mientras estoy en la cama, dos minutos antes de que suena la vibración del móvil, ya estoy pensando qué frases escribirte para arañarte un poco el corazón. Me levanto con los ojos medio cerrados y suelo mirar al suelo para no pisar ningún juguete del Brus. Suelen pasar pocos minutos hasta que escucho los pasos divertidos de Brus sobre el parquet. Sé que se estirará en la puerta de la entrada y esperará a que yo le coloque el arne alrededor del cuerpo. Mientras todo eso sucede yo ya me he vestido, he sacado tu pavo, el pan y un trozo de tomate si es necesario; me he bebido un vaso de zumo y voy hasta el cuarto de la caldera para coger la correa del Brus. Mi cabeza sigue pensando una frase bonita solo para ti. Muchas mañanas me digo: “Esta ya se la has escrito; estará aburrida de leer siempre el mismo Te Quiero”, pero me repito porque es lo que siento. Siento que te quiero más que ninguna otra época en mi vida. Más que cuando te regalaba bombones envueltos en escritos adolescentes que tenía el título compartido del libro que íbamos a escribir: “¿Te acuerdas?”: Diario de un soñador loco. Muchas mañanas escribo la frase de la manera que la pensé metido todavía en la cama. Otras mañanas espero al paseo por el parque, no es que haga falta inspirarme lejos de ti. Ya sabes que tú eres mi única inspiración, pero la mente se enfría lo suficiente en el paseo como para escribir algo original y nuevo. Ya sabes, algo que te arañe el corazón. Hoy iba pensando un cuento sobre la luna y el sol. Un cuento en donde la luna y el sol fueran personas que viven en el cielo y que tienen el trabajo de decirnos a los mortales si tenemos que levantarnos o acostarnos. El cuento empecé a pensarlo en la cama. Luego el frío del paseo ha hecho que las ideas se vayan. Tendré que llegar a casa, besarte el cuello hasta que sientas esas cosquillas de alergia para seguir con el cuento. Aquí te dejo una idea tonta de lo que pensaba metido en la cama, sintiendo el calor de tu aliento en mi espalda.
Entonces la Luna estiraba el cuello para asomarse a la terraza del Sol. La casa del siempre daba a las mejores vistas. Fuese donde fuese, la Luna se encontraba de vecino al Sol, asomaba su cuello por la ventana de su casa y desde allí veía las mejores playas, los edificios más bonitos, las más bellas mujeres que dormían en camas de matrimonio a punto de quedarse vacías. En una de esas camas, el marido arropaba a la bella mujer, que le preguntaba qué tiempo hacía y qué hora era. El marido sonreía feliz. Una noche más durmiendo junto a su amada. Luego se fue al trabajo y pensó durante todo el día en el momento en que el sol y la luna buscaban la mejor posición para ver dormir a la bella esposa…”
Tendré que mejorar mi escritura, pero estando a tu lado todo es sencillo.

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