Corriendo por la playa de Mataró 55 minutos
1
Viernes en la piscina.
La lesbiana llega pasadas las 13 horas, mientras Krusty sigue perdiendo el tiempo para irse a las tres de la tarde y no volver a venir por la tarde. Yo no me pongo nervioso porque tengo que terminar el diario y trabajar solo es lo mejor del mundo. En éstas ocasiones no me iría del agujero negro, pero ya no soporto el olor a mierda de conejo de mi alrededor. Cuando llega la lesbiana, escucho su discurso de sufrimiento al apuntarse a su nuevo trabajo y yo me sigo apuntando a miles de ofertas en Infojobs. Una de técnico de laboratorio en la que piden inglés alto y HPLC me pone en proceso, pero sé que ahí no entraré. Salgo del agujero negro para comprar los regalos a Gemma. Entro en el Media Market y veo la cámara de fotografías digital con curso completo, trípode, mochila para llevarla y tarjeta de 2 GB de memoria adecuado para ella. Son 669 euros para su 33 cumpleaños, pero vale la pena que aprenda a hacer buenas fotografías y que retrate a nuestra futura chinita en millones de situaciones.
Tarde un poco más de media hora en comprar todos los regalos y me voy a la piscina. La están arreglando. El operario apesta a sudor y los guapos del gimnasio no han dejado de mirarse las abdominales en el espejo y de machacarse para estar en verano irresistibles. Yo hago mis 67 piscinas en poco más de 21 minutos con la tarima flotante nueva bajo mis pies. Sin separaciones estoy mejor que con niños a mi alrededor.
2
La tarde en casa.
Llego para comer bien el arroz junto a acelgas y dos trozos de ternera. Como bien y saco a Brus a pasear después de dejar los regalos en la habitación de arriba. Una tarde apacible jugando el mundial en el ordenador y ganándolo por octava o novena vez. La final contra Italia gano 7 a 0 sin despeinarme. Con un Guti descomunal.
La noche es tranquila y vemos un programa de televisión impactante con las emergencias que tienen que sufrir los trabajadores de un hospital de urgencias. Al final, el parto de una portuguesa viéndose todo perfectamente, me hace replantearme seriamente tener un hijo, o hacérselo a mi mujer.
3
La mañana en la playa.
Las previsiones más malas han dicho que llovería hoy y sobre todo mañana. Como tengo que hacer la carrera larga entre hoy y mañana, decido hacerla hoy en la playa de Mataró, aprovechando que tengo que trabajar. Corro como si fuese un atleta preparando una maratón, dando dos vueltas al puerto por arriba y otro par por la arena. En total corro exactamente 55 minutos a buen ritmo. Me apunto 9.5 kilómetros, pero seguro que he pasado de los 10 kilómetros a los que tendré que acostumbrarme cuando empiece la temporada de verdad de carreras. Hago estiramientos junto a un seguidor periquito que me saluda al marcharme y dejo empapada la camiseta de sudor para ir al agujero negro, afeitarme y ver como se estropea la máquina de afeitar y no puedo pelarme. Una buena ducha y toda la mañana haciendo Microtox, para llevarme donde mi mujer amada quiera.
4
La Noticia de El País
La molécula de la memoria
Identificada en ratas una proteína clave para recordar lo aprendido
Aprender no es sólo grabar estáticamente algo en el cerebro. Hay que mantener vivo el mecanismo, según acaban de demostrar científicos del Instituto Weizmann de Israel. De este trabajo se encarga una enzima -un tipo de proteína- llamada PKMzeta, que se encuentra en las sinapsis (uniones) de las neuronas del córtex cerebral, la región en la residen los recuerdos. Los resultados han sido publicados en la revista Science.
La investigación, hecha con ratas, es sencilla. Primero, se enseña a los animales a odiar gustos. Para ello, cuando el roedor degusta el alimento, recibe una descarga eléctrica. Los animales enseguida aprenden la lección, y dejan de acudir al reclamo del alimento. Una vez que los roedores han aprendido a rechazar el cebo, viene la segunda parte. Se toma a las ratas y se les inyecta en el cerebro otra molécula que actúa acoplándose a la enzima e impidiéndola actuar. Después, se les vuelve a someter a la misma tentación. El resultado es que la rata se olvida de que no debe ir a comer; pica, y recibe de nuevo una descarga eléctrica.
El efecto de este tratamiento para perder la memoria persistía un mes después de que las ratas recibieran la inyección -el equivalente a un año o más en la vida de un ser humano-.
El trabajo permite explicar algunas claves del aprendizaje. Y abre la puerta a muchas posibilidades. Por un lado, a hacer que la gente olvide algo -lo que puede resultar útil en psiquiatría-. Por otro, a reforzar la memoria, una capacidad que se pierde en muchas enfermedades o con el envejecimiento, señala Yadin Dudai, director del trabajo.
Crónica con buganvillas
António Lobo Antunes 18/08/2007
El escritor portugués dice no asociar el placer con la escritura de libros, pero lo cierto es que no hay ninguna otra cosa que prefiera más en el mundo. Hubo un tiempo que sufría por no ser capaz de crear. Descubrió el verdadero dolor de la impotencia. Se refugió en los casinos. Un nuevo mundo. Conoció las estrategias secretas de mujeres y hombres para seguir jugando. Tanta porquería a la vista. Y el arte de escribir volvió.
Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta
"Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas"
(nunca me gustó la ruleta)
sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso
(y todo lo demás)
a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.
Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre
(que hace que yo)
mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.
En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero
(buganvillas, buganvillas)
en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche
(un pobre coche siempre sucio)
olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:
-Quita esa porquería de mi vista.
Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?
El perro y el doble
Juan José Millás 18/08/2007
La gente se creía que lo de llevar una doble vida era un chollo, de ahí el éxito que tuvo al principio Second Life. ¿Cómo renunciar a la posibilidad de crear una versión alternativa de uno mismo? De hecho, las avenidas de ese sitio se llenaron enseguida de gente guapa, dinámica, con un poder adquisitivo que sólo estaba a la altura de su poder de seducción. Los bancos, las grandes firmas de moda, incluso Coca-Cola, se dieron cuenta de que había que estar allí y adquirieron los locales comerciales situados en los mejores barrios. Ahora, apenas unos meses después, todas esas empresas han huido del lugar y el 85% de quienes crearon un doble lo han abandonado porque no podían con él.
Lo del doble es como lo del perro: al principio hace mucha ilusión y todos los miembros de la familia se ofrecen para sacarlo a pasear y darle de comer. Lo difícil es mantener esa ilusión durante toda la vida del animal (o de la tuya). Por eso hay tantos perros y tantos dobles abandonados en medio de las calles. Y es que se es dos cuando no se puede ser uno, nunca al revés. En cualquier caso, lo lógico es que esa gente que dedicó tantas horas a la creación de un álter ego, a la hora de renunciar hubiera renunciado a la versión analógica de sí, que es la más sucia.