Piernas cansadas el último lunes
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Domingo tranquilo.
Después de la comida borrachera en el hotel de Cardedeu, toca descansar en casa y dormirse en el sofá recordando los 10 kilómetros corridos en Ripollet. Corriendo voy a conocer muchas ciudades de Catalunya y quizás de fuera de ella. Las piernas están cansadas y las ganas de volver a correr están intactas. Jordi me ha contestado que sí para ir a comer con él el lunes, y mi hermano ya esta apuntado para el sábado por la tarde a una carrera en Sant Quirze del Vallés. 5 kilómetros en memoria de un chico que murió en accidente.
Nos vamos a dormir y por una noche soy yo quien duerme más tarde. Resuelvo el Brain Training para dejar mi edad cerebral en 2 años y me arropo sin frío para la vuelta del calor al final del verano.
Las piernas cansadas hacen el resto. Mis ojos se cierran.
2
Lunes último en el agujero gris.
Llego con ganas de trabajar. Unas dérmicas, unos pirógenos y a dormir. Pinchar 6 cobayos y esperar que llegue la hora de comer con Jordi. Uno de los vasos que le iba a regalar con el Txacolí se ha roto. Miro las clasificaciones de la carrera de ayer. Sigo en un meritorio 114 a 46:19. Miro otras carreras para principios de septiembre y ya hay tres posibilidades en menos de tres días: Matadepera el 8; Poble Nou el 9 y Mataró el 11. Tres carreras de las que me gustaría hacer 2. Además, estas ya están en la Liga de Internet. Saco toda la información de la de 5 kilómetros del sábado y me espero a los primeros días de trabajo en Ferrer para ver a cuál me apunto. El loro esta agobiado. Y eso que todavía estamos aquí.
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La Noticia de El País.
Una depresión merecida
Juan José Millás 27/08/2007
Escribió un lector para informarme de que la vida era absurda, aunque sin precisar con relación a qué. El caso es que hace un año, según relataba en su correo, decidió atravesar Canadá en bicicleta. Hasta aquí, todo normal. El mundo está lleno de gente que hace el Camino de Santiago a pie, cruza el Atlántico en barca de remos o se bebe una caja de cervezas sin respirar: hay constancia de todo ello en el Libro Guinness de los récords, cuya lectura le sume a uno en profundas reflexiones. Lo que le ocurrió a nuestro comunicante es que a mitad de camino se cruzó con otro individuo que estaba llevando a cabo la misma hazaña, pero en patinete.
El hombre comprendió entonces, como en una revelación, lo absurdo de su proyecto y volvió a casa en avión. Desde entonces no encontraba placer en nada, no era capaz de fijarse objetivos ni de ilusionarse con nuevos propósitos. Le pedí que tratara de imaginar que Dostoievski y Flaubert se encontraban (al modo en que él se había cruzado con el del patinete) cuando uno trataba de escribir El idiota y, el otro, Madame Bovary. ¿Habrían sentido la misma sensación de absurdo? Quizá sí, me respondió, pues en el fondo no es más disparatado pretender cruzar Canadá en bici que intentar escribir una obra maestra. Le contesté que merecía estar deprimido y eso fue todo, porque dejamos de escribirnos.
Aldea total
Xavi Sancho 27/08/2007
"El viajero ve lo que ve. El turista ve lo que ha venido a ver" (Chesterton).
Exterior noche: las chicas con minifalda (o cinturón ancho, desde aquí no se distingue bien) y tocado con forma de pene corren despavoridas hacia un coche negro y amarillo. Tres tipos las interceptan y empiezan a pegarles patadas. Tras dejarlas en el suelo aspirando el dylaniano viento idiota, huyen con sus bolsos de Top Shop. Un hombre mayor se baja los pantalones para orinar junto a una cabina averiada y tropieza con su cinturón. Parece Andy Kauffmann tratando de empujar un elefante escaleras arriba, como cantaban REM. Cae al suelo. Se le acerca una prostituta nigeriana, que en otra vida fue plusmarquista olímpica de triple salto, y le quita las gafas. Una pareja de americanos gordos se acerca a un contenedor. Él vomita sobre sus sandalias con calcetines blancos y ella le grita: "¡Te dije que ocho platos de paella eran suficientes!". ¿La franja de Gaza con barra libre? ¿Bagdad con tiendas de Zara? No, las Ramblas barcelonesas una noche tonta cualquiera.
Cultura, alienación, aburrimiento, desesperación. Lanzaban este eslogan los galeses Manic Street Preachers cuando aspiraban a ser la única banda que jamás importó. De los tres últimos andamos sobrados. Lo primero sigue siendo, como el sexo, una cosa que le pasa a los demás. Algo totalmente erradicado de nuestra sociedad, una suerte de Second Life capaz incluso de lograr que un evento antaño elitista como la Copa América se convierta en una fiesta mayor con charanga y torito. Es que somos como Bush, llevamos la democracia allá donde vamos. Amancio Ortega juega y gana. En este afán por igualarnos por abajo, que es más cómodo, da menos vértigo y, sobre todo, nos hace sentir más listos de lo que realmente somos, decidimos acercarnos al centro de la ciudad a ver qué hacen por las noches esos turistas que vienen aquí porque les sale más barata una semana en España que dos días en su piso de protección oficial en Glasgow. Esto es taaan de los ochenta, nos recuerda Victoria Beckham.
Ahora suena: Holyday hymn; 1985 y este ex punk jibarizado, el hombre más airado de Bristol, editaba esta perla. Otra muesca en la cama del genio, otro tratado de rock low cost aplicado al legado del Rat Pack. Últimamente, viene mucho por España. No se lo pierdan.
La ruta es ciertamente espástica, casi posmoderna. Empieza en un pub irlandés, sigue en un local de kebabs y se muestra en todo su esplendor en una discoteca donde suena house y todo el mundo parece que trabaje en una peluquería. Acaba en la calle. Por cierto, con la pasta que gana, ¿por qué se pasa Amaral toda la noche en la calle? La crisis de la industria del disco es más profunda de lo que creíamos. En fin, que en el pub nos sentimos como la versión cutre de Gary Oldman en ese clásico que es El clan de los irlandeses. En el local de los kebabs no nos agachamos porque nos acordamos de Ana Belén en La pasión turca. En la discoteca recordamos a Gang of four (otra vez) justo a tiempo: "A veces pienso que te quiero, pero sé que es sólo lujuria". Al final va a resultar que no hacemos nada que no hagamos normalmente, que los guiris no hacen nada diferente, que se integran en el armagedón con extrema facilidad y que aquella extraña idea que tenemos de que los turistas son idiotas es cierta. Son tan idiotas como nosotros, porque todos somos turistas, que dirían los libros de autoayuda y las novelas de Isabel Allende. Como Tom Petty, pensamos que hacemos las cosas por las razones correctas, pero tal vez deberíamos pensar que, como Valmont, lo hacemos, "mas no podemos evitarlo".
Exterior noche: "¡¡¡Riégueme!!!". Calla, idiota, que no te gusta Almodóvar. La brigada de limpieza llega para borrar las pruebas físicas del delito, del mismo modo que mañana el Alka Seltzer y The Marvelettes borrarán las metafísicas.
Ahora suena: That's entertainment, de The Jam. La mejor canción
de la historia. Escrita por Paul Weller, borracho, en vacaciones y
en 15 minutos. Los genios, como Putin, sacan petróleo del desastre. Los demás, como Bukowski, sacamos sólo arrepentimiento.
Si es infiel: ¡cuidado con el móvil!
Las llamadas y los mensajes de texto son ya la primera prueba de engaño en la pareja
Cuidado: no olvide nunca su móvil en casa o en la oficina. No porque vaya a recibir una llamada importante o un aviso de vida o muerte. Mucho peor aún: su pareja podría probar por fin que le es infiel. Como la estadística es la más frívola de las ciencias, permítaseme citar una de dudosa verosimilitud pero muy a tono con el título de este artículo: un estudio realizado en Italia certificaba que en 9 de cada 10 infidelidades estaba la telefonía móvil de por medio. Y si extrapolamos los datos del peligro del telefonino (en Italia lo llaman así, como a un pariente entrañable) al resto del mundo, podemos estar ante el comienzo de una verdadera pandemia de rupturas sentimentales y divorcios, sobre todo si se tiene en cuenta que la mitad de la población mundial dispondrá ya de un móvil cuando acabe 2007.
El informe fue encargado por Tomponzi Investigation, una firma de detectives italiana especializada en destapar infidelidades, que tal vez para purgar el daño que ha causado en decenas de parejas rotas ofrecía de forma altruista algunas reglas de oro para no ser pillado. La más obvia era la de borrar inmediatamente todos los mensajes y el registro de llamadas recibidas. La más original, la de aprender a fingir una conversación de trabajo cuando el amante o la amante nos llama por sorpresa con nuestra pareja oficial de cuerpo presente.
Pero si en la cuna de Romeo y de Julieta el móvil empieza a ser un quebradero de cabeza para muchas parejas (nótese la gracieta que encierra la cursiva), en China puede alcanzar niveles catastróficos. Se trata simplemente de una pura cuestión numérica. En el país de los mandarines hay más de 400 millones de enganchados al móvil. Por eso no es de extrañar que el shouji (móvil en chino) deje notar allí más que en ningún lado sus efectos perniciosos para la estabilidad conyugal. Hace unos años, una película local titulada El móvil provocó más peleas matrimoniales que un Mundial de fútbol. La obra abordaba en clave de comedia las infidelidades de un presentador de televisión al que, pese a su pericia, los mensajes y las llamadas continuas de sus amantes le acaban delatando. El filme desató una verdadera pasión nacional por controlar lo que llegaba a los móviles de las respectivas medias naranjas y las consiguientes disputas. La más grave fue protagonizada por un marido en la ciudad de Tianjin, que golpeó con el terminal a su mujer, que tuvo que ser hospitalizada, por la insistencia de ésta en espiarle los mensajes.
En el patio nacional, las revistas llamadas femeninas se hacen cada vez más eco del fenómeno y empiezan a incluir casi como una sección fija consejos para ligar por el móvil o "cómo pillar a tu marido con el SMS en la masa". Pero ojo con los consejos. Algunos pueden volverse en su contra, como el de borrar los mensajes o los registros de llamadas. ¿No despierta las mayores sospechas que el móvil de la pareja siempre esté vacío?
La criptomovilogía aún está dando sus primeros pasos, pero ya hay ciertas reglas básicas para los iniciados. Una de las más trascendentales para evitar meter la pata pero pocas veces puesta en práctica es que nunca hay que crear SMS "nuevos" para el amante, sino pinchar en uno que haya enviado previamente el apaño y elegir la opción "responder". Se evita así el error fatal de remitir el SMS a un destinatario equivocado, que casi siempre resulta ser la esposa o el marido.
Las compañías de móviles también se han dado cuenta de que los cuernos celulares no sólo no tienen los efectos perniciosos de las antenas, sino que pueden ser un buen filón de negocio. No se entiende de otra manera que hayan lanzado los llamados servicios de localización. Por una pequeña cantidad mensual, cualquiera puede localizar en cualquier momento el lugar donde se encuentra la persona elegida siempre que ésta tenga encendido el móvil. De forma que el recurrido "estoy en la oficina acabando un trabajo urgente. Llegaré tarde. No me esperes despierta, cariño" tiene los días contados. Mensajito al servicio Localízame de Movistar, y sale: "Manolo está en Sitges, en el paseo marítimo. Precisión + / - 50 metros". Y la parienta que lo lee airada, remite un SMS a su querido esposo: "Manolo, o tu empresa se ha mudado hoy de Barcelona a Sitges, o ésta es una petición de divorcio, pedazo de capullo".
Por eso, la opción preferida por los adúlteros sigue siendo la de tener un móvil alternativo al oficial, con tarjeta de prepago, por supuesto, y cuyo número e incluso su existencia sea un secreto celosamente guardado salvo para el affaire. La primera pega es que hay que llevarlo siempre encima, porque si se olvida alguna vez encima de la cómoda no habrá otra oportunidad. La segunda es que en el hogar hay que utilizarlo a escondidas, y tantas visitas al baño, sin patologías oficialmente reconocidas en la vejiga, serían delatoras.
¡Ah!, y no sea iluso. Apelar a la confianza mutua de la pareja no es solución. El pitidito de aviso del SMS despierta siempre desconfianza. Y los amantes no tienen ningún rubor en pillar en un descuido el móvil ajeno para comprobar si hay delito. Una encuesta del diario británico The Independent revelaba que el 72% de las mujeres casadas no tenían reparo moral en espiar los SMS de las parejas, y el 34% lo hacía, efectivamente.
Los españoles hablamos por el móvil una media de 25 horas al año y mandamos casi 300 SMS (Informe de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones 2006). Si tenemos en cuenta que hacemos el amor unas 72 veces al año (Informe Durex 2007), a 15 minutos de media por relación: 18 horas. Sí, en efecto, hablamos más por el móvil que lo otro. Así que, con la venia de las autoridades eclesiásticas y de las operadoras de telefonía, me permito un consejo: más acción y menos mensajitos, señores amantes.