25/07/07
Deseos de apuntarme a la Liga Champioship
1
El aceite del coche.
La perdida de aceite me hace despedirme del agujero gris y pasear bajo el sol de julio hasta el mecánico. El mismo que me cogió el coche esta mañana me dice que me queda una hora hasta que le cambien la pieza quem estaba mal: un sensor de presión del aceite. Lo entiendo a la primera y llamo a Gemma. Ella me aconseja que vaya a comer algo en vez de quedarme esperando como un tonto muriéndome de hambre. Voy hasta Ca La María y pido su famoso bocadillo de fuet. No esta nada mal, y mientras como voy repasando las cosas que tengo que hacer para apuntarme al campeonato por Internet llamado Champioship; me tengo que comprar un Chip Amarillo que lo venden en la tienda de Granollers L´Aire, apuntarme vía Internet a la Liga y empezar a correr como un loco. Me entusiasma este nuevo entretenimiento deportivo. Lo dejé cuando era un niño de 14 años por culpa de que a mi padre no le gustaba ir a recogerme después de los entrenamientos, y casi veinte años después vuelvo a mi deporte para convertirme el resto de mi vida en un atleta de maratones, medios maratones, carreras de 10 kilómetros y cursas populares.
Recojo el coche a las 4 y pocos minutos con 28 euros menos y la seguridad al 50% de que el problema esta solucionado. Demasiado barato para ser verdad. Llego al gimnasio y me voy a correr por los campos de La Roca.
7 kilómetros con cambios de ritmo que me matan. 36:50 en 7 kilómetros y 16 minutos en los 3.5 kilómetros primeros. Me encuentro cansado pero bien. Me ducho y estiro los músculos que mañana me dolerán como si fuese un principiante.
2
La tarde en casa.
Gemma se preocupa y me llama para ver dónde estoy. Nos enfadamos un poco por culpa de mi egoísta forma de ver la vida. Parece que esté antes el deporte que ella, pero no es verdad. Le convenzo de que esa hora que estoy fuera la compensaré con el resto de vida a su lado y parece dar el brazo a torcer.
Paseo largo con Brus para encontrar las molestias en todo mi cuerpo. La sensación de cansancio se vence quedando con Jordi para comer para mañana y cuando le envío el mensaje de texto por el móvil, él me contesta llamando por teléfono justo cuando llego a casa. El calor es soportable, pero la pájara que llevo es decente. Los pies cansados y el cuerpo dolorido. Una cena ligera de arroz pasado y pollo rebozado demasiado frío para irse a dormir con ganas de que llegue el viernes por la mañana y pueda ser libre para correr por las mañanas.
3
La mañana del miércoles
Me levanto antes de las seis. El cuerpo esta reventado por dentro. Ya no me duelen los tobillos; ahora me duelen la pierna derecha, el glúteo derecho y la rodilla izquierda. Cada día después de una carrera un poco fuerte tengo dolores. Sigo esperando el martes para (mientras pelan a Brus en su peluquería) pueda ir a comprar el chip amarillo a la tienda L´Aire de Granollers. Cuento los días, veo fotos de carreras, miro números de los atletas que están apuntados a esa liga por Internet: Molinero, Izquierdo, Padrosa, Moreno padre e hijo… Gente que han coincido conmigo en la vida y que espero compartir carreras y sufrimiento. Me caen mejor todos éstos corredores de maratones que me he cruzado por el camino.
4
La Noticia de El País.
A la luz de las velas en La Dama
E. Moliner 25/07/2007
Anteayer y ayer el Eixample estuvo a oscuras, así que a la hora de cenar estuve llamando a distintos restaurantes para ver cómo seguía la cosa. En La Dama, que está en la Diagonal haciendo esquina con Enric Granados, no cerraron a pesar de estar a oscuras, porque tenían reservas. Me contaron que estaban iluminando los comedores con velas. Los camareros servían la comida con linternas y en el pasillo que conduce al baño también habían dispuesto velas por los rincones. Era, pues, el día de permitirse la alegría de ir. Sería la primera cena romántica de mi vida.
No sé si conocen el edificio de La Dama; si no, les recomiendo que vayan a verlo. Sólo les digo que como se entere Woody Allen de que existe un lugar como éste, ambientará media película allí (de hecho, siempre que he ido a cenar estaba lleno de extranjeros). El edificio es del año 1918 y es obra del arquitecto Sayrach. Imaginen un vestíbulo gigante, con un portero tras su mesa, y unas escaleras señoriales que conducen al principal. Ese principal es un piso modernista con salones y más salones. Allí está La Dama, un lugar en el que los camareros tienen oficio, vocación y alegría. Yo lo conocí porque una vez, la periodista Àngels Barceló, a la que doy todo el crédito del mundo, escogió el lugar para una entrevista televisiva. Pensé que un día, cuando cobrase, tenía que ir.
Mi acompañante (que esa noche cumplía 33 años) y yo llegamos a las 21.30 y el recibimiento fue único. Subimos las oscuras escaleras y el chef Teo García nos abrió la puerta de la mansión con un candelabro en la mano. Era la primera vez que un señor vestido impecablemente nos recibía en una mansión con un candelabro. Le seguimos por los salones llenos de velas y nos sentamos a una mesa también iluminada con el mismo sistema. Como les digo, iba a ser mi primera cena con velas (ya que yo sólo ceno con velas si se va la luz).
Demostrando su profesionalidad, Teo García nos trajo una linterna para que viésemos la carta y también para que después viésemos la comida. Para el señor García, que compagina su trabajo en La Dama con el de escultor (firma sus trabajos como Garmaz), es muy importante que sus clientes vean lo que comen. Si ustedes van al restaurante, se maravillarán viendo trabajar a un profesional. Le hemos visto trinchar un faisán y le hemos visto pelar una naranja y hace las dos cosas como un doctor. Empezó a trabajar en el año 1964 en Madrid. Luego estuvo en el hotel Duran, de Figueres, donde conoció a Dalí. "Yo allí era el último mono", explica. "Dalí nos pedía siempre la mesa de la bodega. Era la época en que no estaba con Gala y venía siempre con sus amigos transvestidos". Luego, Teo trabajó en Via Veneto durante 18 años y ya lleva 20 en La Dama. Se queja de que los camareros jóvenes salen de la escuela sin saber nada y con poca vocación. "Pero comprendo que no les guste", explica. "En este trabajo vas al revés...".
A golpe de linterna vemos la carta, aunque, siendo como es esto una cena romántica y lujosa, pedimos algo que teníamos muchas ganas de comer: un filete chateaubriand. Da gusto ver a los camareros haciendo su trabajo, cortando la carne a la luz de las velas, disponiendo las verduras y la salsa bearnesa, que es la que suele acompañar a este plato (se llama así por François-René de Chateaubriand, que, según dicen, fue el primero en servirlo a Napoleón).
A nuestro lado, una pareja disfruta de la extraña situación tanto como nosotros. Venían a cenar y se han encontrado con un palacete iluminado con candelabros. Sí, claro, si alguien quiere velas no tiene más que ir a un restaurante de los de El Born. Pero allí las velas son de dos centímetros, como las votivas, y están destinadas a que el comensal no distinga el plato de fusión que se lleva a la boca. No son un elemento útil, son una tendencia. Esto es distinto. En la mesa del salón contiguo hay un grupo de extranjeros. Creo que son alemanes. Piden gazpacho y también jamón serrano. El anfitrión, que es catalán, les está intentando explicar lo que es Andorra. Les habla de Arantxa Sánchez Vicario, de los copríncipes y de los quesos de bola. Pero a la luz de las velas todas las conversaciones tienen otro aire, entre conspirador y picante.
A pesar de la falta de luz, en el restaurante tienen hielo y pueden preparar dry martinis. También pueden cocinar y hacer funcionar los hornos. Hasta pueden cobrar la cuenta con tarjeta (cuenta que también te traen con una linterna para que lo puedas repasar). Pero, entonces, a las 23.10 vuelve la luz. "Desde las 10.30 que estamos así...", se queja don Teo García. (Todos los helados, el pescado o la carne que guardaban en las cámaras se les han echado a perder). El aire acondicionado empieza a funcionar, lo que es una gran alegría. Las luces se encienden y las velas se apagan. Vuelve el hilo musical. El volumen de las conversaciones sube y pierde su tono íntimo. Así que pienso en un cuento de Boris Vian (cómo les gustará si le leen) en el que la ciudad se ve envuelta en una niebla intensa. Los ciudadanos no ven nada y tienen que aprender a funcionar a oscuras. Eso propicia gran concupiscencia. A causa de la niebla, todos fornican con todos con gran alegría. Pero un día, sin embargo, la niebla desaparece y todos ellos, por unanimidad, deciden sacarse los ojos.
La ciudad del bien y del mal
El apagón trazó una extraña geografía urbana de luz y tinieblas, mientras los vecinos protestaban o tomaban el fresco
Desde el Tibidabo, a las cuatro de la madrugada de ayer, se divisaban dos ciudades a izquierda y derecha de Montjuïc. Al sur, la Zona Franca y el curso bajo del Llobregat, radiantes. En medio y hacia levante, una gran mancha oscura. Más allá, en el litoral y en las márgenes del otro río, el Besòs, de nuevo la luz.
Unos vecinos protestaban, mientras otros tomaban el fresco En la plaza del Sol las velas crearon un ambiente relajado
Era extraño, no había ninguna lógica en la sucesión de claroscuros, ni sociológica ni de otro tipo. Las sombras cubrían un barrio popular y de copas como Gràcia, una zona de clase media-alta (más media o más alta según la distancia del paseo de Gràcia) y suburbios trabajadores como Sant Andreu o parte de Nou Barris.
El corazón de las tinieblas se hallaba en el paseo de Maragall, donde ardió la subestación eléctrica que causó más problemas. Unos 200 vecinos ocuparon la calzada a medianoche y con pitos y consignas ("Esto es un atraco", "Fuera policía, dadnos la luz") ante efectivos de la Guardia Urbana y de los Mossos d'Esquadra, que no llegaron a intervenir. Las protestas arreciaron cuando un camión tráiler arrastró hasta el cruce de Maragall con Escornalbou un enorme transformador que, sin embargo, no entró en servicio hasta el día de ayer.
A varias travesías de distancia, el presidente de la Generalitat, José Montilla, el consejero de Interior, Joan Saura, y la concejal de Seguridad, Assumpta Escarp, tomaban a esa hora el pulso a la situación. Montilla recibió en ese momento una llamada del ministro del Ejército, José Antonio Alonso, ofreciéndole grupos electrógenos militares que ayer entraron en funcionamiento. Los rostros eran graves, acaso recordando el revés político que supuso, hace ahora un año, la ocupación de las pistas del aeropuerto de El Prat. Al cabo de poco, la comitiva política subía a los coches y tras dar otra vuelta por el lugar se dirigía a la Generalitat para seguir la evolución de la noche desde el puente de mando.
Los vecinos se tomaban la cosa, por su parte, con una mezcla de rabia muy temperada, fatalismo y hasta indolencia veraniega. Los más combativos, armados con cacerolas, hallaban en efecto el contrapunto en pacíficos observadores en camiseta imperio que simplemente tomaban el fresco en los balcones, visto que se habían quedado sin televisión, y otros que ironizaban cáusticamente sobre quién les pagaría el solomillo estropeado en la nevera o quién les explicaría el capítulo de Ventdelplà que se habían saltado por causa de fuerza mayor. "Ponga a ver si TV-3 lo puede reemitir. Es que soy de Breda, ¿sabe?", suplicaba una vecina al periodista con indisimulado cachondeo.
Otros activistas contra el oscurantismo aguzaban el ingenio para incorporar tecnología punta a la protesta. De repente, en la pared de la subestación de Maragall apareció proyectada desde una terraza cercana la frase "Queremos luz". Nadie confundió esta justa demanda con una torcida consigna de una secta religiosa.
El clima era de complicidades y de cierto hastío por la precariedad de las infraestructuras en Cataluña. "Montilla, enciende la bombilla", sintetizaba un ciudadano, mientras otro vociferaba desde una ventana que Clos se fuera a su casa, no reparando en el detalle de que el ministro se hallaba, en esos momentos, a más de 600 kilómetros de distancia. Nadie se metía de forma explícita con la empresas causantes del desastre que llevaba de cabeza a los responsables políticos.
En Gràcia, barrio progre de gente joven, más que indignación el apagón había creado un "ambiente superenrollado" a la luz de las velas y de la bonita media luna que lucía en el firmamento, según un noctámbulo de la plaza del Sol. Un revival de los sesenta que apenas duró hasta las 00.45 horas, cuando quedó restablecido el suministro eléctrico. Media hora después aparecían tres tiparrones de la Guardia Urbana pidiendo amablemente a la gente que se levantara del suelo porque había que limpiar el mar de latas de cerveza. Ni la más leve resistencia: el buen rollete observa leyes muy suyas. La secuela más visible del apagón en el bar de la plaza era que las medianas de cerveza estaban tibias, por lo que no se servían. En cambio, las cañas, enfriadas por gas a presión, volaban de la barra en dirección a las gargantas sedientas.
La ciudadanía se comportó en general con un alto sentido de la dignidad. El tráfico se autorregulaba con prudencia en los cruces del Eixample. Olvidadas las reglas de preferencia de paso del código de circulación por efecto de la proliferación de semáforos, surgía entre los conductores un tácito sentido de superioridad por parte de las vías principales frente a una curiosa subordinación de las secundarias. La emergencia había calado hondo en los ánimos y no pareció que nadie quisiera aprovecharse de ella. Además, era un lunes de las postrimerías de julio, con mucha gente ya de vacaciones.
En el cruce de la Diagonal con el paseo de Sant Joan la estatua del poeta Jacint Verdaguer, también conocido como el cuervo, se encaramaba más siniestro que nunca a su columna y como nunca evocaba la Isla de los muertos de Böcklin. Junto a la base del ominoso monumento, policías armados con porras luminosas rojas y amarillas ejercían de caballeros jedi distribuyendo el tráfico a mandobles. Por la parte oscura de Gràcia, el faro de la motocicleta animaba fugazmente las fachadas de las casas, suscitando con viveza el recuerdo de la última escena de la Roma felliniana. En el Eixamble -calle de Indústria, por ejemplo- el haz del faro creaba un insólito y espectral arco luminoso que rebotaba en la bóveda de los plátanos.
A última hora de la madrugada del martes, la fotógrafa y el redactor enfilaban la Arrebassada dormida para contemplar desde el Tibidabo la ciudad iluminada y la ciudad opaca, el bien y el mal bailando azarosamente el rigodón en el llano. El gran Cristo del templo se abría de brazos como diciendo "qué quieren, a veces se va la luz". A sus pies, tres simpáticos y escuchimizados jabalíes hozaban entre los desperdicios dejados en las papeleras por los visitantes. Mala cosecha: el parque de atracciones, el lunes, permaneció cerrado al público.

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