23/07/07
Sin El País pensando en correr
1
Domingo de resaca carrera.
Sigo teniendo el regusto dulce de mi primera carrera. Ese puesto 47, esos 22:37 en hacer los 5.5 kilómetros del barrio de Poble Sec, esos 4.06 minutos el kilómetro me hacen sentirme bien. Recupero fuerzas viendo un par de episodios de El Nan Roig que me vuelven a hacer reír. Me duermo viendo el episodio en el que se meten en un agujero negro y entran en la Tierra pero al revés. Todo lo que les sucede es al revés. La cerveza se devuelve a la jarra y la comida se deja en el plato sin haberla tocada, intacta. Una magnífica serie que me ocupa demasiada memoria en el ordenador y que voy despejando a medida que lo veo. Música en la cadena y cena de pollo revuelto con pimientos amargos. Brus se come hasta las moscas que le molestan al vuelo y yo me duermo con la sensación placentera de una carrera para enmarcar.
2
Lunes por la mañana.
Sigo recordando la carrera. El iPod no me marca la hora y voy perdido. La Cadena Ser esta mejor escucharla durante el otoño, pero en verano siguen sucediendo cosas que me tienen que interesar. Saludo al vecino chancletero con intención de esconderme y sigo pensando en mi tiempo de corredor. Pasarán días hasta que no se me quite de la cabeza. Puesto 47; 22:37; 4.06 minutos el kilómetro. La cursa del Poble Sec. Las piernas están relajadas y solo tengo un pequeño dolor en la articulación del brazo derecho. La prima italiana ya en su casa con mi abuela y el recuerdo de tener la mejor esposa del mundo.
No encuentro El País, y después de muchos años comprándolo a diario, decido que hoy no me lo voy a comprar. Leeré las noticias por la Red en el ordenador del trabajo y nada más. Lo decido y lo hago. Una buena columna de Moliner, otra buena de Mendoza y noticias sin masticar. El ambiente en el agujero gris es positivo. Me descartan de una oferta y sigo en proceso de la oferta del Hospital Clínico de Barcelona. Sigo pensando en quedar mañana con Jordi para comer y poco más. Me quedan pocos días para terminar el trabajo y solo pienso en correr por debajo de los 4 minutos el kilómetro. Estoy echo para correr. “Correr me hace libre”.
3
La Noticia de El País.
"Necesito desconectar", dijo Carod
E. Moliner 23/07/07
La noche del viernes al sábado, sobre las dos y media de la madrugada, al volver de cenar y ya disponiéndome a introducirme en el sobre, pongo el canal 3/24. Mientras dan una noticia sobre los nuevos fichajes del Barça, leo un kairon que me deja pensativa. Dice así (traduzco): "Esquerra Republicana de Catalunya prepara una hoja de ruta para aplanar el camino a la desconexión de España".
El verbo desconectar se usa hoy para todo excepto para lo que sirve y tiene gran prestigio. Los anuncios de bífidus, por ejemplo, suelen estar protagonizados por una mujer vestida de blanco, descalza y que se sienta en un sillón de diseño mientras dice: "El trabajo, los niños, mi jefa... Necesito desconectar". Estos días, si preguntas a alguien dónde pasará las vacaciones te cuenta que se irá a Formentera a desconectar unos días". Cuando vuelve, por cierto, te explica que ha "recargado las pilas". Y hasta en las novelas sentimentales modernas, los protagonistas "conectan" entre ellos. Pero usar el verbo desconectar para hablar de independizarse me parece un paso de gigante en el campo de la filología. Supongo que el autor de la frase debió de pensar que le hacía un favor al partido usando este eufemismo necesario, teniendo en cuenta que todo lo que suene a "soberanismo" tiene muy mala prensa. Decir que ERC quiere aplanar el camino para la independencia de Cataluña suena demasiado fuerte. Decir que quiere aplanar el camino a la desconexión es mucho más correcto. Igual que es más correcto rescindir un contrato que despedir y tener una discapacidad visual que ser ciego. Despedido, ciego e independiente son palabras que asustan.
Aunque, imaginemos por un momento el panorama. Imaginemos que el verbo desconectar usado para hablar de secesión, prospera. Imaginemos, pues, una celebración de las juventudes de este partido (una vez elaborada ya la hoja de ruta). El resultado es que ya no corean la consigna "In-de...Inde-penden-cia!" como solían (porque esa consigna gritada por los nacionalistas catalanes pone nerviosos a los nacionalistas españoles). Ahora ya gritan "Des-co... Desconexió!". En sus pancartas y en sus pintadas, el verbo también está presente. "Volem la desconnexió". O "Catalunya no és Espanya, desconnexió". Pero no sólo los jóvenes de ERC se apuntan a desconectar. A todo el mundo le apetece más usar este verbo en lugar de los que se habían usado antes para expresar la misma idea. En los libros de texto, no se habla, pues, de la Guerra de Independencia. Se habla de la Guerra de Desconexión. Y se habla también de la Declaración de Desconexión de Estados Unidos. Y naturalmente nos referimos a los desconexionistas en lugar de referirnos a los independentistas.
El único problema que yo le veo a todo esto de no llamar a las cosas por su nombre es que un día haya que cambiar una bombilla y haya, de verdad, que desconectar la luz general. "Por favor, desconecta cuando te diga", nos dirá nuestro churri o, en su defecto, nuestro lampista, subido a la escalera metálica. Y no sabremos si apretar un botón o invocar el espíritu de Thomas Jefferson.
Ángeles con la cara sucia
Un grupo de indigentes hace su vida en el aeropuerto de Barajas. Uno de ellos fue tiroteado el jueves pasado por dos policías
"Son los ángeles custodios de Barajas". Isabela baja del carrito con el que está barriendo la terminal 1 para esgrimir su pormenorizado conocimiento de todos los rincones del aeropuerto. Y sobre todo de las personas que allí pasan sus vidas. Duermen en los bancos, se lavan en los aseos, comen de lo que les regalan en las cafeterías o en el McDonald's. Isabela habla de ellos como si fueran fantasmas: "Son esquivos, silenciosos, amontonan cosas que la gente olvida o tira a la basura, guardan su casa en los carritos para las maletas. No molestan. Simplemente están".
"Las terminales son zonas públicas. Ellos no molestan", afirma el comisario de la zona
Cada día es un reto. Comen de las sobras de las cafeterías y de los regalos de viajeros
Dos de sus colegas, empeñadas en fregar un baño al lado de las salidas de la misma terminal, se atreven a hacer un cálculo de cuántos son estos fantasmas de Barajas. Los enumeran según la nacionalidad y un pequeño detalle físico: "El portugués de los tatuajes, el rumano dulce, el negrito afro, el indio de la cafetería...".
"El negrito" es Govrage Washington, el indigente que el jueves pasado fue tiroteado por dos policías. Secuencia: los agentes acuden de paisano a Barajas para comprobar un aviso sobre una maleta sospechosa. Ven a Washington, gritando y gesticulando. Le piden la documentación. Él saca un cuchillo e intenta apuñalarles. Los policías disparan al aire dos veces. El hombre saca lo que parece un arma. Los agentes le meten tres tiros en brazo, tórax y abdomen. La pistola era de juguete.
¿Se extralimitaron los policías al disparar a Washington y no intentar primero reducirle? Pregunta incómoda. Nadie se quiere mojar. Un tema espinoso que no hizo reaccionar ayer a ningún partido político. "No podemos opinar sin conocer exactamente las circunstancias del suceso. No es nuestro papel...", repiten desde la Consejería de Presidencia e Interior hasta organizaciones humanitarias como Cruz Roja. Los sindicatos y la Jefatura Superior de Policía cierran filas con los dos agentes. "¿Cómo se reduce a un hombre que está intentando apuñalarte?", defiende Juan Carlos Álvarez, portavoz de la Unión Federal de Policía. "La comisaría de Barajas enviará la información al juzgado y tendrá que ser el juez el que determine si hubo delito o no", agrega. "Los policías actuaron correctamente. Primero intentaron disuadir al hombre y luego tuvieron que defenderse", justifica un portavoz policial. "Los agentes tienen que tener suficientes medios para reducir a una persona antes de disparar. Habría que estudiar este caso en concreto: si uno de los dos policías se puso nervioso, lo que han dicho los testigos...", concede Álvaro Librán, experto en seguridad y director de Consultoría Internacional de Eulen.
Washington continúa ingresado con pronóstico reservado en el hospital Ramón y Cajal. Ayer los médicos le intervinieron por segunda vez. Está intubado y nadie ha ido a verle.
Como él hacía hasta que fue tiroteado, los indigentes de Barajas viven suspendidos en este lugar de tránsitos y encuentros. Hilvanan cada jornada buscando un lugar para lavarse, comer, taparse, dormir. Sus vidas son un misterio.
Flo es uno de los jóvenes con chaqueta verde fluorescente que ofrece información a los usuarios del aeropuerto. Desde hace unos meses, él, de 26 años, y su compañera Cristina, de 24, han hecho buenas migas con otro chaval, que tiene más o menos su edad, pero con una historia muy diferente. Mikel es checo y vive en Barajas desde el 31 de agosto de 2006. Cada tarde charla un rato con sus dos amigos de chaqueta verde. Se mueve entre la terminal 4 y la 1 con el autobús gratuito. No es un mendigo, ni lo parece: "Siempre llevo algo de dinero", cuenta, y pone 40 céntimos en la máquina para comprarle agua a su "amiga".
Es un chico guapo y musculoso, con el pelo bien cortado, camiseta deportiva y sonrisa enigmática. Mikel esquiva las preguntas, no quiere contar por qué se queda aquí, sin despegar y sin aterrizar. "No puedo volver a mi país. Pero tampoco tengo una razón para irme de aquí", contesta misterioso.
En la comisaría del aeropuerto explican que los indigentes no incumplen ninguna ley, ni molestan: "El aeropuerto es una zona pública. No podemos hacer nada con ellos, salvo ponerlo en conocimiento de los servicios sociales", explica el comisario.
Como todos los días, Feld está sentado en un banco de la T-1. Muerde sosegado su bocadillo de tortilla. Hay que esperar para sus contestaciones, no quiere hablar con la boca llena.
Feld Carlos I, indio de 51 años, deletrea pomposo su nombre y deja de comer. Lleva cuatro años viviendo en la zona de personal del aeropuerto, "el sitio más tranquilo de todo el palacio", como llama él al aeropuerto. Sus ojos negros han construido un mundo suspendido entre delirio y realidad. Un mundo del que él es el "emperador". "¿Ha llegado mi limusina?", pregunta salpicando la mirada por todos los rincones, sin mirar a la cara. Con sus dedos de aceituna, hojea un catálogo de hoteles de Madrid. De repente se para y parece como despertarse: "Me esperan aquí", el dedo índice acaricia una foto del hotel Ritz. La audiencia termina.

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